La peste ese terror
de vieja data
Inspiradoras de obras artísticas, las pestes siguen asaltando
al hombre.
El Decamerón,
un clásico que relata aspectos de la peste negra en Florencia.
Crónica
de cómo se perseguía a leprosos y judíos
en la Edad Media.
Hoy, la
neumonía atípica, aparte del sida, preocupa a los
investigadores.
Por
Reinaldo
Spitaletta
Medellín
Una inscripción de infamia se leía en el cementerio
de los Santos Inocentes, en París: "Guárdate
de la amistad de un loco, de un judío o de un leproso".
Transcurría el año de gracia de 1321, cuando el
rey Felipe V, mediante un edicto, autorizó una batida contra
los leprosos, acusados en los reinos de la cristiandad de intentar
matar a todos los sanos.
La segregación contra esos enfermos cobijó también
a sus hijos. Hubo reclusiones masivas, incendios de casas con
los leprosos y sus familias adentro. Un inquisidor, el dominico
Bernard Guy, advirtió que "los leprosos, enfermos
del cuerpo y del alma, habían echado polvos venenosos en
las fuentes, pozos y ríos" para transmitir la lepra,
porque, según él, aspiraban al dominio de ciudades
y campos. Se les acusó de conspiradores, a los cuales había
que destruir. A esa masa discriminada, a la cual ya habían
agregado a los judíos, se sumaron en la lista negra los
mendigos, los criminales y los locos.
A judíos y leprosos, que en la práctica era lo
mismo, les persiguieron y arrebataron sus bienes. Ya, desde antes,
por ejemplo, en el año 1215, a los judíos se les
obligaba a distinguirse con un círculo amarillo, rojo o
verde, en su vestimenta, y a los leprosos con una capa gris o
negra, una capucha escarlata y una matraca para anunciar su presencia.
Todo esto está narrado en el libro Historia nocturna, del
historiador italiano Carlo Ginzburg. Y mientras el aspecto del
enfermo era objeto de repulsiones discriminatorias, la lepra se
entendía como un signo de pecado carnal. Es más:
las comisiones eclesiales determinaban quién era leproso.
Por Europa se extendieron las creencias de castigos celestiales
y estados de culpa, que a su vez contribuyeron a la proliferación
de manifestaciones culturales como la Danza de la muerte, obras
teatrales, canciones que hablaban de la hora final del hombre.
Todavía, sin embargo, no había aparecido la peste
negra.
Llegó de Oriente. Según el cronista Michel de Piazza,
en octubre del año de la Encarnación del Señor
de 1347, "llegaron al puerto de Mesina doce galeras genovesas.
Los genoveses transportaban consigo, impregnada en los huesos,
una enfermedad de tal naturaleza que todo el que hubiera hablado
con alguno de ellos habría sido alcanzado por el mal. La
enfermedad provocaba una muerte inmediata, imposible de evitar".
El mal se esparció. En 1348 estaba en toda Italia, Francia
y los territorios de Aragón; después arropó
con su mortaja al imperio germánico, Inglaterra y Portugal.
La peste se presentaba de diversas formas. Se pensó que
era "obra de los seres superiores" o de la "iniquidad
de la gente". Así, por ejemplo, la describió
Giovanni Bocaccio en el Decamerón: "Al empezar la
enfermedad les salían a las hembras y a los varones en
las ingles y en los sobacos unas hinchazones que alcanzaban el
tamaño de una manzana o de un huevo. La gente común
llamaba a estos bultos bubas. Y en poco tiempo estas mortíferas
inflamaciones cubrían todas las partes del cuerpo".
Se creía que, como la lepra, era la peste otro modo del
castigo divino. Y que Satán triunfaba en un mundo destinado
a perecer.
En realidad, el vector de transmisión era la pulga de
las ratas, y el agente patógeno la bacteria "pasteurella
pestis". Las condiciones de existencia en los centros urbanos,
la falta de higiene, la promiscuidad (del latín promiscuare,
"violar la cuaresma"), facilitaban el contagio. Nada
semejante conocían los europeos que, como diría
otro cronista, apenas alcanzaban los vivos para enterrar a los
muertos. En Florencia, donde hubo cien mil muertos, tal como se
puede leer en el Decamerón, siete mujeres y tres hombres
huyen de la peste y se dedican a contar cien historias, en diez
días, llenas de picaresca, horrores, infidelidades y otras
exquisiteces. La peste, con sus muertes cotidianas, inspiró
a la literatura. Y, por demás, no disminuyó la pecaminosidad
de la gente, porque, según un cronista florentino, en "lugar
de ser mejores, más humildes, virtuosos y católicos
llevan una vida más escandalosa y más desordenada
que antes".
Igual actitud se aprecia en el Decamerón. Bocaccio insiste
en que mucha gente creía que la plaga se combatía
bebiendo y cantando en tabernas y satisfaciendo todos los apetitos,
incluidos los del bajo vientre.
A la peste negra, que asoló a Europa, también se
va a sumar, en la modernidad, la sífilis, que, tras el
Descubrimiento de América, unos llamarán el "mal
español" y otros el "mal napolitano". Seiscientos
años después de que la enfermedad de los bubones,
que también tuvo la variante de la peste neumónica,
apareciera en ese continente, el escritor francés Albert
Camus publicaría su novela La Peste, en la que la fiebre,
los bubones, las manchas, las ratas, se convierten en símbolos
de la fragilidad humana y de los estigmas de la culpa. "¿Qué
quiere decir la peste?", le pregunta un paciente al doctor
Rieux. "Es la vida, eso es todo", contesta el médico.
Antes, en 1722, la peste negra continúa, además
de sus mortales viajes , inspirando escritores y periodistas.
Ese año, Daniel Defoe, el de Robinson Crusoe, publica su
Diario del año de la peste, un reportaje novelado, en el
que describe la epidemia en Londres, en 1665, los comportamientos
humanos desde los más heroicos hasta los más mezquinos,
las víctimas, el drama de los sobrevivientes. Y también
al "prójimo" como enemigo del prójimo.
El terror, en todo caso, se pasea por las páginas de esta
obra; así como se "verá", a fines del
siglo XX, en la novela del Nobel José Saramago, Ensayo
sobre la ceguera, en la cual la epidemia será precisamente
de eso, de ceguera.
La enfermedad, infecciosa o no, ha impulsado el estro artístico.
Por ejemplo, la que alguna vez se denominó "enfermedad
de los poetas" o "peste blanca", la tuberculosis,
adquirió ribetes de romanticismo. Es si no leer, por ejemplo,
La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, hijo. Además,
la padecieron, entre otros, Baudelaire, Whitman, Bécquer,
Lord Byron y Kafka. Y así se pueden encontrar en diversas
obras el cólera (ah, sí, en García Márquez),
el insomnio, la locura, la epilepsia. Y más pestes en relatos
de Lovecraft, Edgar Allan Poe, Jack London... Y en la novela Perorata
del apestado, de Gesualdo Bufalino.
A su vez, la poesía, la literatura, el arte, tienen poderes
curativos, aunque, como todos saben, el hidalgo Quijada enloqueció
por leer libros de caballería. Decía don Gregorio
Marañón, galeno español, que si los médicos
fueran "no ya aficionados a la literatura, sino virtuosos
de su técnica, grandes poetas" estarían más
cerca de que los entendiera la gente y, por tanto, "de que
curásemos todos aquellos trastornos del organismo que se
curan, ante todo, con claridad".
De cualquier modo, siempre habrá cosas más terribles
que las pestíferas bubas esperando al hombre.
Implicaciones
Sólo incertidumbre frente
a la neumonía
La neumonía atípica o Síndrome
Respiratorio Agudo Severo (SARS, por sus siglas en inglés),
tiene en jaque a las autoridades médicas del mundo, y a
los ciudadanos con el rostro cubierto con tapabocas y mascarillas.
La cifra de muertos llega a 272, desde marzo 12, cuando la Organización
Mundial de la Salud (OMS) lanzó una alerta internacional
sobre una forma grave y atípica de neumonía en Vietnam,
Hong Kong y en la provincia de Guangdong (sur de China). Este
último lugar es el que los expertos consideran como el
origen de la neumonía, que se remonta a noviembre de 2002.
A tal punto ha llegado la inquietud de la OMS, que las recientes
advertencias oficiales piden evitar los viajes a Hong Kong, Pekín
y Toronto (Canadá), pues allí se ha detectado el
mayor número de infectados, que alcanza los 4.000. El 16
de abril, la Organización confirmó que un coronavirus
jamás observado en el hombre es el causante de la enfermedad.
Las investigaciones no se detiene y las muertes suman cada día.
El SARS se transmite a través del contacto humano, y a
través de droplets (las gotitas que se expulsan al estornudar
o toser). No hay pistas seguras sobre una posible vacuna, mientras
la economía se resiente, dadas las cancelaciones de negocios,
eventos deportivos y planes turísticos al Lejano Oriente.
Antecedentes
Otras epidemias en la historia
Diversas epidemias han sacudido al mundo en el transcurso de la
agitada historia de la humanidad.
La más
famosa es la peste negra que entre 1347 y 1360 arrasó la
cuarta parte de la población europea.
Se estima
en 25 millones las personas que fallecieron por esta enfermedad,
también conocida como peste bubónica.
Durante
los pasados 400 años, las epidemias de influenza causaron
la muerte de una gran cantidad de personas en muchos países.
En 1918,
un pandemia llamada "gripe española" provocó
más de 20 millones de muertes, principalmente en el continente
europeo.
Unos
40 años más tarde, otras dos pandemias afectaron
la salud mundial: la gripe asiática de 1957 y la gripe
de Hong-Kong de 1968.
A comienzos
de la década de los ochenta, comienza a detectarse en la
población africana y entre los homosexuales una extraña
enfermedad que será conocida como el Síndrome de
Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).
El progreso
de la enfermedad preocupa en todas las partes del mundo y en particular
en África donde se encuentran más de 30 millones
de las 42 millones de personas infectadas por el VIH/SIDA en todo
el planeta.
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