De las pestes medievales al sida

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Primero fue la Peste Bubónica, la siguieron la Peste Pulmonar, la Peste Negra... Ahora es el sida. Todas ellas, en su momento, han sido consideradas castigos divinos y sus portadores víctimas de los prejuicios sociales.
Destacada a principios de los años ochentas, la enfermedad del sida se configuró como uno de los problemas de salud más graves para el hombre del tercer milenio. Su gran capacidad de expansión, su elevada mortalidad y su cuadro clínico desolador ponen al Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, sida, como una de las amenazas más grandes para la especie humana.
Un temor que no da tregua
El sida nos convoca, nos crea expectativas y aviva nuestros temores. Pero ésta situación no es reciente; la humanidad se ha enfrentado durante su historia a enfermedades similares que, en su momento, produjeron un gran impacto en la sociedad.
Los textos medievales denominaban Pestes o Pestilencias a cualquier tipo de enfermedad contagiosa. Las sociedades medievales padecieron las Pestes bajo tres formas características: Peste Pulmonar, Peste Bubónica y Peste Negra; todas ellas muy contagiosas, encontrándose los principales focos de contaminación en Asia Central y en el Medio Oriente, desde donde se exparcían siguiendo las grandes vías de comunicación.
La Peste atacó a todos por igual. No obstante, causó más estragos en los estratos bajos, ya que estos vivían en deficientes condiciones higiénicas. Además de no contar con los recursos económicos para huir de los lugares que se encontraban contaminados.

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La larga noche de la historia
La multiplicación de sectas flagelantes, quienes intentaban alejar el castigo divino, porque así fue como muchos asumieron la enfermedad, abundaron en este período. Con ello entramos en la época de las virgenes dolorosas, de las danzas de la muerte y de las baladas de los ahorcados. La edad media crepuscular tropezó con el cadáver.
Aunque pensemos que actualmente esto posiblemente no sucede, nos equivocamos, ya que el Sida ha logrado desatar los mismos temores, prejuicios y tabúes que las Pestes medievales.
Ante el sida, un ser humano normal, que ama y sufre como cualquier otro, un día de pronto se despierta sin saber ¿qué será de su vida de ahí en adelante? Se enfrenta a la realidad con una crueldad indescriptible, con la certeza de que todo tiene un principio y un fin. Desde este momento la idea del fin siempre estará en su mente.
Esta convicción que muy en el fondo todos tenemos, no es nuestra cotidianidad, y menos una preocupación constante; como si lo es para una persona que sin importar su raza o condición social, es portadora del VIH.
Conocer éste diagnóstico no es fácil, y mucho menos lo es, el camino que deberá emprender a partir de esa realidad. Culpas, remordimientos, angustias, desorientación; soledad, autocastigo y el imprescindible: Si no hubiera..., se convierten en los únicos pensamientos posibles para este ser, que empieza a elaborar su duelo con la esperanza de la cura, de una droga prodigiosa que le devuelva la salud física, porque aunque la mayoría de las personas no lo creen, ese ser continúa amando, soñando y viviendo.
Pese a que parecería paradójico hablar de sida y vida, muchos
de los Cero Positivos empiezan a vivir de verdad cuando conocen
el diagnóstico. Inician una nueva etapa, en la que se aman
más así mismos y a los demás.
Infecciones
y muertes por sida aumentaron en 2003
Más
de 60 millones de personas infectadas desde el inicio de la epidemia
EL COLOMBIANO
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