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El encanto del jean

Por
Silvia Tcherassi
Diseñadora de Modas


Desde su estreno en las minas del oeste americano, el denim se ha consagrado como la tela universal. Su primera y única connotación estuvo en su resistencia para el ejercicio de oficios forzados y rudos.

Con el correr de los tiempos y debido, tal vez a su durabilidad, la clase trabajadora lo adoptó como su uniforme de diario y como prenda para la cotidianidad.


Después vinieron los hippies y con ellos el jean adquirió estatus de juventud rebelde entre hombres y mujeres por igual. Pero la verdadera revolución del jean se dio cuando las mujeres lo mitificaron al convertirlo en una prenda para resaltar sus atributos.

Los grandes confeccionistas especializados en la producción a escala masiva del jean, han ajustado e ideado cortes y pinzas escondidas con el fin de destacar las curvas traseras del cuerpo femenino, porque saben bien que todos los esfuerzos en los procesos de lavandería, desteñidos, manchados, desgarrados, etc..., se pueden perder en el momento en que la mujer se mide el jean y se mira en el espejo.

A mi modo de ver, es en este punto donde se centra toda la atención al momento de decidirse por un "vaquero", como lo llaman las españolas. El otro gran encanto del jean está en su sorprendente efecto rejuvenecedor.


El denim parece que tuviera esa varita mágica capaz de hacernos sentir con ese aire de juventud tan eterno y esforzadamente buscado. El uso del jean es un medidor de la juventud, no sólo del cuerpo, sino de la mente y de la actitud. Karl Lagerfeld, el sexagenario diseñador de la Casa Chanel rebajó una buena cantidad de libras, tras una larga y estudiada dieta alimenticia.

Como consecuencia de esto, y para lucir su nueva esbeltez, dejó a un lado sus grandes y holgadas batas diseñadas por Yamamoto, para lucir jeans ajustados que, obviamente, él ha diseñado para su propia marca y que ahora luce con orgullo de quinceañero.

Fiel a sus raíces mineras, el jean no ha perdido sus características iniciales con sus costuras de resistencia, rotos, deshilados y manchados, porque, tal es su magia, que un jean nuevo, "intacto", sin ese aire desgastado y envejecido, no proporciona la misma sensación de juventud y de desaliñada irreverencia que ha logrado convertirlo en un fetiche de la moda.

Desaliño que los diseñadores hemos aprovechado para sofisticar de tal manera que, hoy por hoy, el jean no sólo es el uniforme de la clase trabajadora, universitaria y colegial, sino que el jean de "marca" brilla en las pasarelas y en el mundo del glamour, como símbolo de estatus y de vanidad. Algo muy lejano a la oscuridad de los socavones para los que fueron diseñados.


Silvia Tcherassi, diseñadora de modas

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