Crónica de tradiciones, costumbres
y otros mitos fúnebres | Transformaciones
Del réquiem a los mariachis
Las tradiciones fúnebres permiten hacer
una lectura y caracterización de la evolución histórica
y social. Más recientemente indican costumbres y fenómenos
de desadaptación social.
Por
Germán
Antía M.
Colaboración especial
Medellín
Las tradiciones fúnebres permiten hacer una lectura y caracterización
de la evolución histórica y social. Más recientemente
indican costumbres y fenómenos de desadaptación social.
La ciudad experimenta cambios sociales que trae el tiempo. En relación
a las fúnebres, los cementerios comienzan a experimentar
en los años 70 la transformación arquitectónica
hacia los jardines y parques cementerios, cuyo diseño consideraba
elementos paisajísticos como extensas zonas verdes para la
recreación de los dolientes, las inhumaciones en bóvedas
en galerías dejaron de ser una costumbre y predominan desde
entonces la uniformidad en las lápidas. No obstante, esto
en la actualidad sobre las bóvedas los amigos pegan los emblemas
de sus equipos de fútbol favoritos.
Al terminar el siglo XX estos jardines o parques cementerios, con
la masificación de la práctica de la cremación,
empezaron a conocer su ocaso para dar paso a panteones que guardaran
sólo cenizas, es decir de las bóveda y criptas se
pasó a los cenizarios.
El narcotráfico, en especial, introdujo cambios radicales
en las tradiciones funerarias de Medellín y su Área
Metropolitana con actitudes irreverentes, desafiantes y lesivas
a la sociedad que se podían observar en los sepelios de presuntos
criminales.
Todo transcurría muy calmadamente en la otrora Villa de
la Candelaria, entre el respeto, la solemnidad, el dolor y la tradición.
Luego, en la década de los 80 el narcotráfico irrumpió
en la sociedad medellinense y dejó sentir sus terribles tentáculos
en todos los aspectos de la vida social. Aparecieron signos y síntomas
que indicaron enfermedad social: clase emergente, dinero fácil,
aumento de las tasas de delitos y de la mortalidad violenta.
Con el auge del narcotráfico se observan comportamientos
atípicos en las costumbres fúnebres. El grupo californiano
de música tejana Exterminador, en su corrido Cruz de
Marihuana, ilustra claramente aquellos comportamientos:
“…Cuando me muera levanten
Una cruz de marihuana,
Con diez botellas de vino,
Y cien barajas clavadas…”
“…En mi caja de la fina,
Mis metrallas de tesoro…”
“…No quiero llantos ni rezos,
Tampoco tierra sagrada,
Que me entierren en la sierra
Con leones de mi manada;
Y que me toquen mis sones,
Ahí canten mis canciones…”
“…Y que con balas se diga
La fama de mi pistola…”
“...Que en mi epitafio se ponga: con llanto
Te ama Pola...”
Lo cantado en dicho corrido ilustra parcialmente las irreverencias
de los narcotraficantes en los cementerios. Fue frecuente observar
en algunos sepelios que sus amigos le introduzcan en la ropa del
difunto artesanales cigarros de marihuana llamados “puchos”
o rocíen su ataúd con hojas secas de esta hierba.
En otras ocasiones los “parces” (una jerga que indica
amigo) introducían en el sepulcro, al momento de la inhumación,
una radio grabadora que reproducía la música favorita
del “parce”, como postrer homenaje de los amigos al
difunto.
Y como lo dice el corrido, mientras más disparos haya más
“importante” era el difunto. Otra de los corridos famosos
con que se homenajeaba al narco fallecido era Pero sigo siendo
el rey.
En la época del recrudecimiento de la guerra del narcotráfico
la policía debió custodiar las salas de velación
y las ceremonias fúnebres, porque se conocía de la
amenaza de los asesinos de dinamitar los cadáveres. En la
ceremonia de inhumación, además de la balacera, se
observaron actos de histrionismo: gritos desgarradores, desmayos,
golpes al cofre o sacar el cadáver del féretro.
El difunto era sacado de la caja mortuoria y sostenido por sus
amigos para tomarse una foto con el finado. En ocasiones, esa toma
era exhibida en el salón principal de humildes viviendas
en medio de las fotos de bodas, cumpleaños y otros festejos
familiares.
En los cementerios durante los actos fúnebres puede leerse,
como en ningún otro escenario, el grado de agresividad y
de violencia que se vive en la ciudad
Así mismo, los narcotraficantes dejaron ver en los sepelios
su agresividad y la imposición del modelo de “hombre
duro” y mediante las armas el patrón de la “ley
del más fuerte”, que de ninguna manera se puede asociar
con lo que ocurre en el mundo animal en su lucha por la supervivencia,
el alimento, el espacio y la conservación de territorio.
La desmedida agresividad, violencia y criminalidad fueron hechos,
que con frecuencia se empezaron a observar como consecuencia del
narcotráfico y del fanatismo en actos mortuorios. Indican
la sicopatología de la sociedad actual y los desequilibrios
sociales y la incapacidad de adaptación a las normas sociales.
Con ella manifiestan no sentir, ni padecer dolor ni solidaridad
por el daño causado a sus conciudadanos.
De otro lado, los cortejos fúnebres de las personas de estratos
socioeconómicos bajos, en la actualidad, se desplazan en
buses de transporte público y sonando en sus equipos de sonido
música salsa, de origen etnoafricano, y el coche mortuorio
es escoltado por las motocicletas de los amigos del difunto.
Ante la incredulidad de la muerte del amigo o familiar, en grupos
sociales más deprimidos, los familiares acostumbran “examinar
que el pariente sí esté muerto”, pues aún
se tiene la falsa creencia que algunas personas son enterradas vivas,
durante un estado cataléptico, para lo cual prueban los reflejos
del difunto punzándole con una aguja en lugares sensibles
como el párpado.
En ocasiones, en los sepelios de jóvenes se cantan con alguna
frecuencia las siguientes canciones: Al otro lado del silencio,
del grupo roquero español Ángeles del Infierno y que
entre sus estrofas canta: “¿Qué hay amigo
al otro lado del silencio?”; y el son en ritmo de salsa
del puertoriqueño Cheo Feliciano titulada Tumba humilde,
que en algunos apartes dice: “…Sobre las tumbas
de gente humilde que se ama tanto, una flor de llanto quiero dejar…”
Se tienen algunas creencias, después de la visita al cementerio,
entre ellas: sensación de cansancio, porque el cementerio
roba fuerzas; la tierra del cementerio sala el cuerpo y trae malas
energías.
Así, después de llegar del cementerio los “parces”
y familiares llegan “cansados” del cementerio, deben
tomar una ducha de agua tibia con alcohol, para limpiar el cuerpo
de malas energías. Finalmente, el ex visitante del cementerio
debe echarse azúcar en los pies para exorcizar así
todo atisbo de malos presagios.
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