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| Henry Agudelo | La evolución funeraria
en Antioquia ha sido constante, casi al mismo ritmo del desarrollo
urbanístico y social. |
Crónica de tradiciones, costumbres
y otros mitos fúnebres | Costumbres
Entre entierros de primera, coros y cirios
Por
Germán
Antía M.
Colaboración especial
Medellín
Las honras fúnebres en Medellín, otrora Villa de Nuestra
Señora de la Candelaria, erigida el 22 de noviembre de 1674
por la Reina de España Doña Mariana de Austria, viuda
de Felipe IV, se hacían conforme a la tradición medieval,
que las se estratificaba en tres categorías.
En la primera se incluían las personas de más rango
social, el sepelio se hacia con misa cantada y coros. En las otras
dos categorías las ceremenonias religiosas eran sencillas.
En los entierros denominados por los canónigos y el pueblo
“de primera”, los coros y agrupaciones líricas
interpretaban música fúnebre sacra del repertorio
universal W.A. Mozart, Pergolessi, cantatas de Bach y el
Ave María de Schubert, entre otros maestros.
Los clérigos asistían al encuentro del cortejo fúnebre
revestidos con capa pluvial de luto en procesión precedida
de una cruz romana y ciriales, entonaban rezos en latín en
que oraban para que el difunto fuera liberado de las puertas y las
llamas del infierno. La procesión iba desde la casa del difunto
hasta el templo.
El entierro
Terminada la ceremonia religiosa la sepultura se hacían en
tierra (el terreno y la ubicación de este denotan poder económico
y clase social) en el cementerio, llamado en ese entonces “de
los ricos” (San Pedro), las tumbas o mausoleos se adornaban
esculturas esculpidas en blancos mármoles importados desde
Carrara, Italia.
Cuatro siglos de convivencia entre culturas árabe e hispánica
legaron al idioma de Castilla la palabra de origen árabe
ataúd (at-täbút), para decir la caja
dónde se mete el cadáver. Uno de los sinónimos
de aquella es la palabra de origen latino féretro (feretrum).
Fueron estos los términos más utilizadas en Antioquia
para denominar la caja en que se enterraba el difunto.
Las cajas
Consistían los ataúdes usados en la Villa de la Candelaria
de cuatro tablas de chingale pintadas con barniz negro o gris y
forradas en su interior por una seda.
En la Villa de la Candelaria los ataúdes tenían la
forma de una caja cuadrilonga, generalmente elaborados en madera,
sobre la caja una tapa adornada con una crucifijo. Los primeros
ataúdes conocidos aquí por medio de obras de arte
referidas más adelante y de algunos observados en exhumaciones
recientes en el cementerio San Pedro dejan ver que la tapa se separaba
de la caja permitiendo ver en cadáver en su totalidad.
Después se evolucionó a un tapa seccionada en dos
-una proximal y otra distal- y unidas a la caja. Durante la velación
era costumbre levantar la parte proximal, con lo cual se podía
observar a través de un vidrio el tercio proximal del cuerpo,
esto es desde la cabeza hasta el pecho.
El ataúd de forma redondeado usado en Europa por aquel entonces,
cuya parte proximal es ancha y la distal -cercana a los miembros
inferiores muy angosta- por lo que el féretro tenia una forma
de cápsula y era utilizado para depositar los cadáveres
de personajes ilustres.
El coche mortorio
Las familias económicamente pudientes llevaban el ataúd
al cementerio en un carruaje tirado por caballos. El fotógrafo
Melitón Rodríguez, quien retrata todas las costumbres
y profesiones conocidas en la ciudad de ese entonces, registra en
una placa en sales de plata en 1908 (propiedad de la Biblioteca
Pública Piloto de Medellín y del archivo de la Familia
Rodríguez) los carruajes mortuorios y sus cocheros; en la
foto se observan briosos caballos enjaezados con mantas aterciopeladas
de color negro.
También, era costumbre en las familias "acomodadas"
publicar en la prensa local avisos de invitación a las ceremonias
fúnebres, o informar solamente del fallecimiento. La importancia
del óbito radica en el número de avisos e invitaciones
que los familiares , allegados y grupos empresariales hagan en la
primera página del periódico, en la sección
de obituarios o en la nota necrológica que se haga del difunto
en la sección social.
Por su parte, la clase media realizaba las honras fúnebres
de sus familiares en un ambiente discreto, el cuerpo era llevado
al templo no por un carruaje tirado por caballos sino por un “carga
muertos”, un personaje corpulento que cargaba el ataúd
con la sola ayuda de una faja de tela que cubría el ataúd
y llegaba hasta la cabeza del cargador. El cuerpo era sepultado
en los pabellones del cementerio de los ricos
Los más pobres, apenas si merecían un entierro de
tercera categoría, sinónimo de la sencillez y carente
de la pompa.
Los cadáveres que venían de las zonas de montaña
más apartadas se transportaban en una barbacoa o parihuela,
un artefacto compuesto de dos varas gruesas con unas tablas atravesadas
en medio donde se colocaba el cadáver amortajado en una sabana
de blanco color y sujetado por cuerdas de fique, todo esto, cargado
por dos personas o tirado por mulas.
La frase “entierro de tercera” quedó acuñada
para referirse a la clausura de cualquier episodio de la vida social
y política que se concluye en el anonimato y carente de prestancia.
En este punto, vale la pena recordar que en esta Villa era más
utilizada la palabra latina “mortuorio, ría”
para referirse al muerto o las honras fúnebres a los preparativos
y actos convenientes para enterrar los muertos. En consecuencia
se decía: carro mortuorio, y la casa funeraria se le denominaba
también mortuoria.
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| Henry Agudelo | San Pedro fue uno de los primeros
cementerios en Medellín. |
La tumba
Así mismo, las palabras: tumba, túmulo, sepultura, sepulcro,
fosa y mausoleo tienen connotaciones de estratificación social.
En el Diccionario de sinónimos castellanos de Roque
Barcia, se encuentran las siguientes definiciones a los citados vocablos:
“...Toda fosa en que es enterrado un cadáver se llama
sepultura. …Todo ser humano tiene derecho a una sepultura…
(Sepultura quiere decir profundidad, excavación, enterramiento).
Tumba es la sepultura que está en lo alto.
Esto explica que antiguamente se llamase tumba la parte superior
de la sepultura, la losa. Propiamente hablando, tumba es la piedra
funeraria en que el cariño, el deber, el respeto o la fama
ponen un epitafio. .La tumba es un monumento de la familia.
Túmulo es una tumba que supone mayor elevación,
más riqueza, más gala. Es una tumba artística.
Los ricos y los héroes tienen túmulos.
Mausoleo fue el túmulo que la reina Artemisa
levantó a su esposo Mausolo, rey de Caria en el Halicarnaso,
hoy Turquía, y fue una de las siete maravillas del mundo
antiguo. Los reyes, los magnates, los poderosos tienen mausoleos,
es decir, denota maravilla.
En esta temática, la lengua griega aporta a la lengua castellana
la palabra sinónima de féretro: cenotafio, -Formada
por las raíces kenos que significa vacío y taphos
que significa sepulcro. Aunque la griega poco o nada se usa aquí
popularmente en las costumbres fúnebres, la palabra Tafonomia
es usada por los científicos forenses para referirse a lo
relacionado de esta ciencia con el manejo técnico-científico
del cadáver.
Cifras
Las estadísticas y crónicas indican que los fallecimientos
en el departamento de Antioquia del siglo XIX (2.535 en 1834) y
de mediados del siglo XX (6.470 en 1970) eran, por lo general, atribuibles
a muertes por causas naturales, popularmente conocidas como “muerte
repentina.” La tasa de mortalidad entre 1914 y 1918 es de
23.5 por cada cien mil habitantes.
"Arreglo del cadáver"
En aquel entonces, la preparación del cadáver se hacía
en casa del difunto, de manera rudimentaria, a veces impregnando
el cadáver con cal para evitar su descomposición temprana.
Lo mismo la velación, que duraba por lo menos tres días,
hasta que fueran evidentes los signos de descomposición.
Así, los deudos se cercioraban de la muerte y de no enterrar
“vivo al difunto”, pues se creía en que algunas
personas eran enterradas vivas y se temía encontrarles boca
abajo el día de sacarle los restos.
Es común la creencia que el “rigor mortis” pueda
semejar una cataplexia o catalepsia, especie de estupefacción
que se manifiesta sobre todo en los ojos y en la incapacidad súbita
de sensibilidad y reducción de las pulsaciones cardiacas
y de la frecuencia respiratoria. Esta es una condición de
índole histérica que inmoviliza el cuerpo; pero no
se presenta la verdadera rigidez cadavérica.
El hábito
El cuerpo se revestía con un traje a la manera de hábito
talar de color café, que simulaba el de un monje franciscano,
dicho hábito se denominaba escapulario de la Virgen del Carmen,
que en la religión predominante en Medellín-católica-romana-
era la santa patrona de las ánimas del purgatorio, a quien
se le encomendaba el alma del difunto en su paso al más allá
El cadáver se adornaba con flores y fue costumbre fotografiarle,
en especial cuando era infante. La historia de la fotografía
en Colombia ilustra esta tradición fúnebre como puede
verse en las tomas de Demetrio Paredes, de 1870.
Era costumbre enterrar los niños en las iglesia de San Juan
de Dios, El Carmen y San Benito. Su entierro tenia características
especiales.
Las crónicas de Medellín entre 1830 y 1844 relatan
lo alegre de la ciudad en de ese entonces. En “Las Vejeces”,
una crónica antioqueña de Eladio Gónima, y
rescatada por el profesor Jorge Alberto Naranjo en su programa radial
“Letras antioqueñas” se lee de las costumbres
funerarias con infantes:
“…Moría un niño, lo adornaban lo mejor
que podían, le ponían alas de papel o limón
para que pudiera volar al espacio, le ajustaban zapatos para que
no se entunara en el camino y luego se invitaba a los amigos para
el velorio el que se reducía a bailar la Guabina y las Vueltas,
hasta el día siguiente, que los espantaba el sol. Luego una
amiga o una vecina prestaban el cadáver del angelito y lo
llevaba a su casa y nueva noche de jolgorio. Y así, iba pasando
de casa en casa hasta que la descomposición obligaba a los
padres a tomar el camino del cementerio.
Generalmente, las gentes estaban imbuidas en la preocupación
de que el alma del angelito no entraba en el cielo sino se le bailaba
muchísimo.
La llevada al camposanto era otra fiesta; se conducía
el cuerpo con tambor, chirimía, algo de música y cohetes…”.
Imágenes para la memoria
En Antioquia, los fotógrafos Benjamín de la Calle,
Melitón Rodríguez registraban en sus placas de sales
de plata las costumbres en materia fúnebre. Son celebres
en la historia fotográfica de Antioquia registros como el
de Benjamín de la Calle: “Clementina Duque y su hija
muerta” (1914), una foto en tono sepia y conservada en la
Biblioteca Pública Piloto de Medellín, donde puede
verse a la madre con un ramo de azahares blancos en su mano y sentada
al lado del cadáver de su hija, adornado con una corona de
flores en su cabeza, de fondo un telón que deja ver un torrencial
aguacero.
Así mismo, el esplendor del protocolo fúnebre de
la naciente ciudad fue registrado por el fotógrafo Jorge
Obando, propiedad del Centro Visual Faes, quien en 1937 captó
en la Catedral Metropolitana el catafalco, en una especie de mesa
alta, elaborada en comino crespo con fina talla de madera y cubierta
con manteles sobre el cual se colocaba el féretro y la ofrenda
floral y fue expuesto el cadáver del entonces Arzobispo Metropolitano
de Medellín, Manuel José Caicedo, revestido con sus
ornamentos ceremoniales, mitra y báculo, para consagrar e
ilustrar la memoria del ilustre prelado.
En aquella foto puede apreciarse toda la pompa y ceremonial fúnebre
de la época: el clero metropolitano vistiendo sobrepelliz
en el pulpito de la catedral unos, otros sentados haciendo guardia
al féretro, la guardia militar en traje de campaña,
religiosas luciendo capas negras, asociaciones de damas católicas,
autoridades civiles y el pueblo.
El maestro Rafael Sáenz, en una de sus geniales acuarelas
titulada El velorio (1944) y propiedad del Museo de Antioquia,
ilustra una velación de un cadáver como era la usanza
aquí entre las familias de clase media: El cadáver
amortajado es velado en la sala de su casa, en ataúd de madera
sencilla y sin lacado, sobre una mesa en frente del cadáver
un crucifijo, una modesta ofrenda floral y las mujeres vestidas
con trajes de seda negra.
Adicionalmente, en la Sala Artistas Colombianos, del Museo de Antioquia,
pueden observarse otras obras del Maestro Sáenz relativas
al tema: la acuarela Entierro campesino (1948); un óleo
sobre tela titulado La marcha fúnebre (1959); y
la acuarela Asesinato (1953). Como puede apreciarse, por
estos registros artísticos, la cultura y tradiciones funerarias
en Antioquia interesan a diferentes estamentos de la sociedad y
permanecen en la memoria colectiva de la misma como baluartes artísticos.
Las flores
Las ofrendas se hacían en el pasado con grandes coronas de
flores las cuales llevaban una cinta de seda negra o morada con
el nombre del oferente grabado en letras doradas. En otras ocasiones
se hacia en soportes pajizos en forma de cruz adornados con narcisos,
lirios y azucenas.
El luto
La ropa de luto y morado se llevaba por cerca de tres años.
Las madres, viudas y demás dolientes expresaban con ropa
de esos colores su dolor. Los varones, sino llevaban vestido negro,
expresaban su señal de duelo con una cinta negra de raso
ceñida al antebrazo izquierdo.
Después del sepelio, las familias siguiendo una tradición
similar a la judía “caían en cama” durante
ocho días, los demás parientes y amigos les visitaban
y llevaban alimentos.
Los rezos en casa del difunto eran entonados por matronas ataviadas
con mantillas negras que en coro lúgubre y monótona
entonaban las unas en el lenguaje monacal, el latín: “Réquiem
Aeternam, dona eis Domine”, a lo cual otras respondían:”
Et lux perpetua luceat eis” y todas en conjunto:
”Requiescat in pace”, Amén.
La novena
Durante los nueve días siguientes a la inhumación
hacían un rezo diario denominado por el devocionario católico:
“Novena y padre nuestros por las benditas almas del purgatorio”.
En una cultura que no veía bien la práctica de la
cremación, la iconografía religiosa y los gozos de
la mencionada novena dejan entrever las ideas del medioevo tardío
sobre el terror del fuego a que se ven sometidas las almas de los
difuntos:
“…Aquí estoy en este purgatorio
Del fuego en cama tendido
Siendo mi mayor tormento…”
“…! Ay de mi ay Dios severo!
Ay llama voraz activa!
Ay bien merecido fuego!…”
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| Henry Agudelo | La sacada de los restos se
constituye en otro duelo. |
El pésame
Igualmente, las manifestaciones de condolencia eran expresadas en
lujosos pergaminos llamados sufragios, ilustrados con imágenes
religiosas que representan el dolor de la Pasión de Cristo.
En ellos se lee que por esa compra se ofrecerían misas diarias
por el eterno descanso del difunto. La comercialización de
los sufragios la hacían instituciones religiosas, de beneficencia
y de ayuda a la infancia y niñez desprotegida.
Los restos
La costumbre era enterrar en bóvedas de ladrillos cocidos
que formaban arco inglés o romano a las personas de clases
socioeconómicas media y baja y retirar los restos a los cuatro
años; después llevados a osarios donde permanecian
a perpetuidad. Los más pudientes eran sepultados en sus mausoleos
y depositados para siempre en éstos.
La cremación hasta la época no era tenida aquí
como una práctica común y además era mirada
con recelo. Esta se introdujo desde julio 1982, cuyo primer registro
fotográfico fue captado por el reportero Henry Agudelo Cano,
en 1985 en los crematorios que la administración municipal
instaló en su cementerio.
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