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| Henry Agudelo | El drama de los desaparecidos,
otro de los problemas sociales que padece Colombia. |
¿…A dónde van los desaparecidos?
“…Cuántas veces me mataron,
Cuántas veces me morí
Sin embargo estoy aquí resucitado…”
La cigarra. M.E. Walsh.
Por
Germán
Antía M.
Colaboración especial
Medellín
Uno de los dramas que se viven en las morgues del Área Metropolitana,
a la que pertenece Medellín, es el de los familiares de personas
desaparecidas que semanalmente recorren las oficinas donde se llevan
registros fotográficos de los cadáveres no reclamados
que dejan en la morgue y de restos anatómicos de víctimas
fatales del conflicto armado que llegan de lugares apartados.
La desaparición de personas con fines criminales, se conoce
en Colombia desde la época de la violencia política.
Existen versiones que los cadáveres de los adversarios políticos
eran tirados a los ríos, se les abría el abdomen y
se les rellenaba de piedras para que no flotasen y no pudiese tener
noticias de las víctimas.
Para atender esta problemática, el Estado implementó
en 1990 las oficinas de NNs y desaparecidos. A ellas acuden los
familiares para registrar la desaparición y diligenciar formularios
con la mayor cantidad de datos posibles que permitan la identificación
del desaparecido. Después, dichos datos son compartidos por
una red nacional.
Servicio a la comunidad
Las experiencias vividas en aquellas oficinas de ayuda humanitaria
y de contención del fenómeno de violencia generalizada,
apenas si refleja el conflicto nacional. Allí se mezclan
sentimientos encontrados de frustración de no poder encontrar
el ser querido; de rabia y dolor por las heridas que la violencia
deja en el cuerpo del ser querido; en otras por la tristeza y descanso
por encontrar el ser tan infatigablemente buscado.
En las menos de las veces la alegría de retirar la tarjeta
de la red de búsqueda de personas desaparecidas, porque después
del pago de recate, el ser querido llega al seno el hogar. Las víctimas
de las desapariciones forzosas eran desde entonces líderes
sindicalistas, activistas políticos, líderes populares
y estudiantiles.
El delito de la desaparición forzosa tenía en la
década de los setenta connotaciones exclusivamente políticas.
En la década de los ochenta los narcotraficantes se valieron
de este delito para ajusticiar y combatir a sus detractores y a
sus propios esbirros, y quienes sepultaban a sus víctimas
en apartados rincones de las selvas. Muchas de esas víctimas
aún permanecen sin poder ser encontradas.
Más recientemente la desaparición es utilizada por
grupos armados ilegales y hasta por la delincuencia común
para deshacerse -inhumanamente- de secuestrados que fallecen en
cautiverio. La sociedad también conoce de la desaparición
de personas sin móviles que puedan asociarla con la delincuencia
o grupos armados ilegales.
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| Henry Agudelo | En el Cementerio Universal
se entierran muchos de los N.N. del Valle de Aburrá. |
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| Henry Agudelo | Los forenses tratan de encontrar
cualquier detalle que revele la identidad del N.N. |
El ritual
En el sepelio de las víctimas de la desaparición forzosa
-cuando aparece el cadáver- es común observar pancartas
y pasacalles con consignas contra el Estado. El cofre cubierto con
la bandera de su movimiento político o social es llevado
en hombres por sus copartidarios. Es decir su colectivo social tiene
otra manera de elaborar el duelo por la pérdida del compañero,
a través de consignas que reivindican la presencia del desparecido
en su movimiento.
En vez de cantos fúnebres sus copartidarios entonan canciones
de protesta como La cigarra, de M.E. Walsh y estribillos
por la vida: “...A la muerte no le daremos nada, a la
vida le daremos todo…”. También la canción
de León Gieco que dice: “…Sólo le
pido a Dios que la muerte no me sea indiferente, que la reseca muerte
no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente..”
Las cafeterías universitarias, a su vez, son el lugar donde
se reúnen los compañeros a recordar la vida y obra
del difunto.
Así mismo, la solidaridad de los estudiantes universitarios
suele expresarse en los sepelios de estas víctimas con fuertes
aplausos como un homenaje y postrer adiós a los caídos
por reivindicaciones políticas. Solo hasta entonces el aplauso
se introdujo en los rituales fúnebres como un acto que indica
dignificación del cadáver y señal de memoria
en el colectivo social.
El caso que más ilustra el drama de las familias de las
víctimas de desaparición forzosa es el de la Familia
del Profesor de Sociología Sr. Luis Fernando Lalinde. La
persistencia y tenacidad de su madre, Gabriela Lalinde, quien después
de sortear inerrables dificultades como gastar su capital y llevar
el caso hasta una comisión internacional de Derechos Humanos
de las Naciones Unidas, pudo encontrar el lugar donde los torturadores
habían enterrado los restos de su hijo, rescatarlos y cotejar
su identificación con la técnica del ADN mitocondrial;
esa huella indeleble que la madre nos deja en el único cromosoma
X que llevamos los varones en lo más recóndito de
nuestra anatomía.
Otros a pesar de la intensa búsqueda que despliegan los
familiares por todos los medios posibles, incluida la internet;
las víctimas de la desaparición forzosa no han podido
encontrase. Por desgracia desparecen para siempre del colectivo
social y sin que se logre saber jamás del paradero de sus
restos.
Con la muerte de un ser querido se debe elaborar el duelo psicológico,
y con el ritual fúnebre se mantiene viva la imagen del difunto
en la mentalidad del colectivo social. Aquí radica la diferencia
con los desaparecidos, pues al no tener certeza de la muerte ni
de la disposición final de los restos se dificulta la elaboración
del duelo para sus seres queridos y allegados. Es triste saber que
las víctimas de la desaparición ni siquiera quedan
como NNs en las cavas de las morgues o cementerios.
El drama de la búsqueda
Por causa de la desaparición forzosa es común ver
a diario en periódicos, calles, aeropuertos y demás
lugares públicos fotos de personas desaparecidas y en el
pie de foto, la información que dejan sus angustiados familiares
para que se les informe del paradero de la víctima.
Y es que los familiares y allegados de los desaparecidos no cesan
en la búsqueda. Otro medio de búsqueda son los graffiti
en las calles que gremios y sindicatos utilizan para difundir la
noticia y la protesta por la desaparición de sus compañeros.
Las madres de los desaparecidos en Colombia, en especial las de
Medellín, conforman una organización denominada “Madres
de la Candelaria”. Semanalmente realizan en el atrio del legendario
templo de La Candelaria, un acto público de demanda a los
captores por sus hijos desaparecidos.
En sus protestas, desde el tradicional atrio de La Candelaria,
las Madres de La Candelaria dejan saber al mundo que este es el
país con mayor número de personas desaparecidas y
secuestrados con mayor tiempo en cautiverio, ya sea por razones
políticas, narcotráfico, terrorismo y delincuencia.
El clamor de las viudas, madres e hijos de los desaparecidos emerge
como una sola voz desde la blanca cúpula de estilo mudéjar
que como una almenara emerge en el corazón de la capital
industrial colombiana.
Así, cada miércoles, al medio día, cuando
suenan las campanas y el sol brilla sobre la cobriza cúpula,
salen las Madres de la Candelaria para denunciar al mundo tan execrable
crimen que aquí perpetran torturadores, secuestradores y
terroristas.
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