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| Henry Agudelo | Una mancha de tiza blanca,
sueños y sangre, tras un levantamiento. |
El levantamiento del cadáver
Anatomía patológica de la calle 65.
Por
Germán
Antía M.
Colaboración especial
Medellín
La calle 65 es una amplia avenida que en su trayectoria recorre Medellín
de sur a norte y atraviesa los municipios de Itagüí, al
sur y Bello, al norte. En su recorrido, de norte a sur es un convulsionado
escenario de diversas actividades. En cada uno de los semáforos
que regulan su tránsito vehicular se observan vendedores ambulantes,
contorsionistas y malabaristas que en la noche vomitan bocanadas de
fuego a cambio de una moneda.
Entre los sectores que cruza la vía 65 se encuentran barrios
residenciales, sectores con grandes superficies comerciales, bares
y cantinas, talleres de mecánica, bodegas de reciclaje de
desechos industriales, templos, los parques verdes del Cerro Nutibara
y el Volador, cementerios, industrias, colegios y universidades.
Quizás los sectores más convulsionados socialmente
que cruza la 65 son los barrios Antioquia, Córdoba y el Doce
de Octubre. Sin duda lo convulsionado y congestionado de la vía
se puede deducir por el ruido y desorden que hacen las motocicletas
de alto cilindraje. Los narcotraficantes contrataron, en su época,
a algunos de los jóvenes que poseían este tipo de
vehículos para hacer sicariato; mientras uno conducía
el pasajero acompañante (llamado “parrillero”)
hacia de “gatillero” (en el argot del hampa esto significa
el que dispara el arma) y disparaba contra la víctima.
Es común escuchar en este callejón vial el sonido
de ambulancias que presurosamente tratan de esquivar el denso tráfico
para llegar con pacientes en condiciones críticas hasta los
hospitales cercanos a esta agitada vía, donde también
está la morgue judicial.
Dicha vía va paralela al río Medellín, es
cruzada por varias quebradas que descienden de las laderas occidentales
y son sus afluentes. Entre ellas están, entre otras, La Picacha,
La Ana Díaz, La Iguaná. En las riveras de esta última
esta un barrio subnormal que recibe el nombre de la misma y que
como muchos otros sitios de la ciudad es escenario de homicidios.
Los hechos
En uno de los callejones que permite el acceso al barrio La Iguaná,
desde una motocicleta unos hombres han disparado contra una persona
que se encontraba recostada al muro de una modesta casa. Se han
escuchado nueve impactos de proyectil. Los sicarios actúan
y huyen en la moto tan rápidamente que quedan pocos testigos
de lo ocurrido allí.
Inmediatamente después de los disparos todo es silencio.
Los curiosos van llegando poco a poco; automóviles de transporte
público de color amarillo son los primeros en parar a verificar
personalmente lo ocurrido, poco a poco el lugar se congestiona con
autos, el tránsito de hace denso. Los transeúntes
empiezan a preguntar: ¿Qué paso? Y, los curiosos,
responden y pasan la voz: “Un muñeco”, esto significa
en el lenguaje popular un cadáver.
Los amigos del occiso (“parces”) al enterarse de la
noticia huyen del barrio (“se abren”), porque según
ellos “el parche se calentó”, es decir corren
peligro inminente por haber sido asesinado uno de los integrantes
de la banda.
Los curiosos alrededor del cadáver aumentan y crecen como
una gran audiencia en torno al mismo, permanecerán hasta
que lleguen los agentes del Estado encargados de la diligencia judicial,
mientras eso sucede, hacen de detectives, indagan quien era la victima,
hacen conjeturas en torno al porqué lo mataron, reparan su
figura y hasta analizan las lesiones del proyectil y el posible
calibre del arma.
Entre el momento del homicidio y la llegada de los organismos de
seguridad transcurrirán varias horas. Tiempo vital para la
indagación y las pesquisas. Mientras tanto los curioso se
acercan al cuerpo, a veces recogen los casquillos de proyectiles
para curiosearlos así las cosas la escena del crimen se va
alterado poco a poco y la cadena de custodia se hará mías
difícil para las autoridades judiciales.
La diligencia judicial
Un vehículo policial, de color blanco, destinado a transportar
cadáveres -conocido como la nevera- llega a las dos horas
y media a la escena del crimen, difícilmente logra acceder
al lugar de los hechos, los curiosos quieren estar lo más
cerca al cadáver para observar las diligencias que adelantarán
los organismos judiciales.
Del vehículo que tiene un aviso que dice: “Laboratorio
móvil de criminalística” descienden unos hombres
que visten overol negro unos, otros una blusa de laboratorio de
color blanco, ambos empiezan a cubrir sus manos con guantes de látex,
del vehículo sacan cámaras, cintas métricas
una camilla y bolsas de plástico y papel, alrededor del cadáver
colocan una cinta plástica amarilla para asegurar la zona.
Los fotógrafos inician un continuo destello de disparos
de flashes, de otro lado, una video cámara registra toda
la escena. Sobre el cadáver y alrededor de este colocan unas
flechas de cartón y con grandes números que indican
los lugares donde están las heridas y los pocos casquillos
de proyectil que los curiosos dejaron en la escena el crimen. La
algarabía crece y poco pueden hacer los técnicos en
criminalística para hacer que los curiosos despejen el lugar,
todos reparan uno a uno los movimientos de los expertos llegados
en el laboratorio móvil.
Otros técnicos (planimetristas) dotados con brújulas
y cintas métricas hacen un complejo mapa donde se ve la silueta
del cadáver unida a unos ejes de referencia, en este caso
el número de la habitación de la residencia en frente
de la cual se halla el cadáver, un poste de energía,
una cabina telefónica y una lámpara semafórica.
Después que los fotógrafos y planimetristas hicieron
sus tareas, otros técnicos policiales vestidos de blusas
blancas y guantes de látex anotan en unos formatos el sexo
masculino y el color moreno de la tez de la víctima, describen
la camisa de su equipo de fútbol favorito y el pantalón
de media pierna y cuya cintura está debajo del hueso de la
cadera, así como los calzoncillos ensangrentados que se dejan
ver poco mas arriba del ombligo.
También han descrito los zapatos tenis de color estridente,
una cadena con una imagen religiosa alrededor del tobillo, el collar
de cuentas rojas y verdes que lleva al cuello, un tatuaje en región
deltoidea derecha a tres colores y que representa una hoja lanceolada
con cinco digitaciones, han descubierto su abdomen y registran una
cicatriz quirúrgica que va por la mitad de su abdomen.
Por las heridas que los nueve proyectiles dejaron en cara, cráneo
y cuello del cadáver ha manado tanta sangre que alrededor
del cadáver hay una laguna hemática, que explica lo
anémico que se ve el cadáver.
Examinan ahora sus miembros superiores y estos ya no son flexibles,
dejan ver la rigidez que se denomina rigor mortis, la apariencia
de esta rigidez es como la como la de la escultura de Miguel Ángel
“Cristo bajado de la Cruz”. Otro técnico registra
en la planilla que el cadáver tiene 34 grados centígrados.
Por causa de la anemia que le ocasionaron las heridas de los proyectiles
el hombre con corte de cabello etnoafricano y engominado que yace
en el pavimento ha perdido por cada hora de fallecido 1 grado de
temperatura.
Al concluir estas diligencias revisan los bolsillos de la ropa
del occiso, anotan en la planilla todos los objetos que lleva en
el bolsillo: unas monedas, un documento de identidad, dos papeletas
con marihuana y una “chicharra” (pipa artesanal para
fumar la hierba) etc...
Bajan del vehículo -que en vez de manchas de aceite las
tiene de sangre- una camilla en acero con forma de cubeta, mientras
tanto, unos técnicos toman el cadáver por las muñecas,
otros por los pies y la voz de uno, dos, tres lo depositan en esta
y lo pasan al vehículo que ahora emprende la marcha hacia
el anfiteatro municipal, donde adelantaran otras diligencias, como
tomarle fotos con mayores detalles, describirán una a una
las características técnicas de sus heridas-los orificios
de entrada y salida de cada proyectil-, examinaran su dentadura
y la registraran en una carta con un esquema odontológico,
después tomaran sus huellas dactilares, y en rigurosos turno
lo depositaran en una acerada mesa donde experimentados disectores
de la morgue lo prepararan para la necropsia que realizara un examinador
médico.
Pero con el levantamiento del cadáver para llevarlo a la
morgue, la tarea detectivesca de los curiosos callejeros no termina,
ahora indagan el por qué, el cómo, el quién,
el cuándo lo mataron y desarrollarán sus propias hipótesis
sobre los móviles, mientras unos afirman que fue un ajuste
de cuentas, otros dirán que fue un caso de limpieza social.
Así sucede en la ciudad, por lo menos unas once veces diarias;
sin que después se conozca de investigaciones que den con
los móviles y el paradero de los homicidas. Luego de un año
de transcurridos los hechos, las autoridades de policía judicial
cerraran el caso por no encontrar culpables.
Miles de asesinatos en la ciudad terminan en el anonimato, las
estadísticas dicen que la impunidad en el país es
de cerca de 90 por ciento y las cifras de delitos que informan alcaldes
y demás comandantes de policía señalan cada
día reducción de la criminalidad. Grave paradoja.
Ha culminado el levantamiento del cadáver y la Avenida 65
seguirá su convulsionada actividad, los vendedores de rosas,
los aseadores ambulantes cristales de los vehículos y los
voceadores de periódicos pornográficos en frente de
los templos continuarán con su vocinglería dándole
color a la vía donde consiguen su sustento y el de sus hijos.
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