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| Henry Agudelo | San Pedro, fundado como Cementerio
de San Vicente de Paúl, es uno de los más tradicionales
de Medellín. |
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| Henry Agudelo | El desaparecido cementerio
de San Lorenzo fue el primero que hubo en la Villa. |
Crónica de tradiciones, costumbres
y otros mitos fúnebres | Primeros cementerios
La ciudad de los muertos
Hasta 1806 los cadáveres en Medellín se enterraban en
los atrios de las iglesias, lo que conllevaba a agravar los problemas
de salud pública tropical que azotaban la Villa. El manejo
de los mismos estaba a cargo de la iglesia. Eran considerados campos
santos y en ellos no se podían inhumar suicidas, niños
sin bautizar, ni herejes.
Por
Germán
Antía M.
Colaboración especial
Medellín
El crecimiento de la Villa conllevó en 1809 a la construcción
de un cementerio en el sector llamado de San Benito. El desarrollo
urbanístico de ese entonces, obligó a las autoridades
a atender las demandas de los vecinos de San Benito, que aduciendo
razones sanitarias, presionaron para que se edificara un cementerio
en un lugar alejado de la Villa.
En efecto, en 1828 se levanta en el Alto de las cruces, cerca del
camellón de la Asomadera (hoy calle Niquitao), el Cementerio
de San Lorenzo. Los vecinos de este sector permitieron la construcción
del mismo a cambio de la merced de las aguas que por allí
pasaban. Sin embargo, para 1864 ya amenazaba ruina, atentaba contra
la salubridad de la vecindad y las bóvedas eran profanadas
por animales de rapiña.
San Pedro, un mito
La anterior problemática de salud obligó a una junta
de 50 honorables ciudadanos presididos por Pedro Uribe Restrepo
a fundar en 1842 en el Camellón del llano -un sector alejado
al nororiente de Medellín- el cementerio San Vicente de Paúl,
cuyas obras se concluyeron en 1844. Después pasó a
llamarse de San Pedro. Existieron en la Villa otros cementerios
como los de Belén y Hatoviejo.
La arquitectura de los primeros cementerios de la Villa se caracterizaba
por la construcción de bóvedas en adobe cocido formando
un arco inglés, otras con arcos de medio punto romano. La
distribución de las mismas era en galerías o pabellones
cuya nomenclatura recordaba nombres del santoral católico.
Todo el conjunto se pintaba en cal de color blanco.
La entrada o pórtico de "la ciudad de los muertos"
estaba adornada con una cruz y un ángel, que invitaban al
silencio. Una leyenda en latín recordaba a los visitantes
que en ese terreno sepulcral resucitarían los muertos el
día del juicio final, al sonar una trompeta cuyo implacable
sonido se esparciría como trueno hasta la última grieta
sepulcral.
El Cabildo de la ciudad acordó en 1933 la construcción
de un cementerio Laico, para lo cual abrió un concurso para
el diseño del proyecto titulado Cementerio Universal. La
convocatoria fue ganada por el artista Pedro Nel Gómez. La
finalidad de este cementerio era recibir todo tipo de cadáveres
sin importar su credo religioso o causa de la muerte. La obra se
inauguro el 20 de julio de 1943.
Y, en cercanías del Cementerio Universal, en 1934, la comunidad
judía de Medellín, que en ese entonces llegaba a la
provincia huyendo de los horrores de la guerra y del exterminio
que se vivía en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, construyó
su cementerio donde se hace el tratamiento de cuerpos e inhumaciones
de los miembros de la comunidad conforme a sus milenarias tradiciones.
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