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EL COLOMBIANO.COM | CRÓNICAS DE LA MORGUE POR GERMÁN ANTÍA

Henry Agudelo | El esplendor del cementerio de San Lorenzo terminó con el paso de los años.
Henry Agudelo | Los restos de San Lorenzo fueron llevados a otros cementerios de la ciudad.
Henry Agudelo | San Lorenzo cayó rendido ante el desarrollo urbanístico de la zona.
Henry Agudelo | San Lorenzo fue uno de los principales cementerios de Medellín.
El San Lorenzo, un cementerio sin noches
de plenilunio

Por
Germán Antía M.
Decano Facultad de Ciencias Forenses y de la Salud
Tecnológico de Antioquia

La enorme estructura del Cementerio de San Lorenzo fue una herencia que el medioevo dejó en Medellín. Para ese entonces, los cementerios debían estar lejos de los centros urbanos. La idea de que estos emanaban putrecinas y cadaverinas hacía creer que los mismos eran la causa de las epidemias que azotaban la humanidad.

Y es que, en ese entonces, quienes hacían las veces de autoridades sanitarias y expedían los códigos de salubridad pública tenían la firme convicción que al ubicarlos en lugares alejados, los poblados estarían protegidos de las plagas.

Así las cosas, los cementerios fueron sinónimo de fetidez, pudrición y desprecio por el cuerpo. Idea contraria para los estudiosos de la medicina y de la anatomía humana.

Las Ciencias Forenses y El San Lorenzo
Antes de la construcción de la morgue judicial de Medellín, la actividades forenses se realizaban en el cementerio parroquial de San Lorenzo. La Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia, en 1892, apenas se consolidaba en estas artes. Los estudiantes de medicina realizaban sus prácticas académicas en éste, el cementerio más importante de la ciudad.

Se reseña que, desde los principios de la anatomía, las clases magistrales se desarrollaban en cementerios. Así fue también como se desarrollaron dichas prácticas en la Villa de Aburrá de finales del siglo XVIII, tal como indicaban los cánones de la escuela francesa y de un incunable llamado Sepulcretum.

Ubicado, en El Colón, el barrio de los ricos de aquel entonces, El San Lorenzo, fundado en 1826, era el cementerio donde las comunidades religiosas arraigadas en la ciudad tenían los panteones para la inhumación de los cuerpos de las monjas.

En 1892, el fotógrafo antioqueño Meliton Rodríguez captó, en una placa de vidrio de 20 por 25 centímetros y conservada en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, lo que puede considerarse como el primer registro de las actividades forenses en la Villa de Aburrá.

Para la época, el procedimiento de la necropsia era conocido por los lugareños como “la anatomía”. En la mencionada placa, los estudiantes de medicina, asistidos por el profesor y observados por el sepulturero, practican una necropsia sobre una mesa de madera. Los mismos visten delantales y manipulan el cadáver con las manos desprovistas de guantes de látex o caucho; tiempos en los que la infectología tenía otros cánones y no se conocia el virus del sida.

Cuando el Cementerio de San Lorenzo dejó de recibir cuerpos quedaron abandonados allí algunos restos óseos. Los estudiantes de anatomía y las escuelas de medicina encontraron en este lugar una importante fuente para proveerse de elementos anatómicos.

Sin duda, en todos aquellos osarios podía verse todo un arsenal de historias que contaban los huesos a estudiosos de las ciencias forenses: macrocefalias, tuberculosis, sífilis, y otros traumatismos inflingidos con armas corto contundentes y escopetas de fisto. Las exquisitas descripciones que se hicieron entre aquellos rojos adobes macizos, fraguados en las ladrilleras aledañas, se transformaron en las más bellas páginas de la historia de la Medicina Legal de Medellín.

Los mitos y el pillaje
En los restos de lo que queda de la fábrica del San Lorenzo, se puede ver una sólida estructura de ladrillo bermejo cocido. Los arcos, columnas y capiteles evocan una vieja ciudadela romana que emerge en lo alto de la calle Niquitao como una ruina pompeyana.

En contraste con las bóvedas en arco, sobresalen en el piso las ruinas de lo que fuera el sepulcro en tierra de un príncipe gitano, quizá miembro de alguna tribu Romaní que habitó el territorio de los indios Bitagües, hoy Itagüí.

Muchos mitos y leyendas gitanas se idearon los vecinos sobre aquella tumba que hasta hace poco fue asediada por la creencia de que allí había enterrado, con el príncipe Romaní, un ajuar de ollas de oro y peroles de cobre. Los parroquianos también esperaban encontrar la calavera del gitano con sus dientes calzados en oro.

Entrado en desuso por el abandono y víctima del pillaje, el San Lorenzo y sus muertos, ubicados en lo alto del entonces Cerro de las Cruces y del camellón de Guanteros, fueron mudos testigos del crecimiento de la ciudad, de sus conflictos y de las bombas que azotaron la ciudad.

Las tumbas del San Lorenzo fueron, desde sus inicios, víctimas de profanaciones. En 1834, una carta enviada por los vecinos a la autoridad eclesiástica dejó entrever que hasta las aves de rapiña y fieras “profanaban” los sepulcros.

Desde entonces, los viejos cementerios de la ciudad no escapan a la acción de los vándalos que día y noche profanan los camposantos, algunos con la creencia que en su suelo se esconden bienes escondidos por los capos. Las imágenes dejan ver extensas fosas excavadas en noches de terror por cazadores de imaginarias fortunas dejadas allí por alguno de los narcotraficantes.

Para adelantar las infatigables jornadas nocturnas de excavaciones, las bandas y pandillas criminales tomaron en algún momento control absoluto del cementerio y, encubiertos por la sombra de la noche, escaparon a la acción de la vigilancia de los custodios del lugar.

La paz de los sepulcros
Pasaron los años, el avance de la urbanización irrumpió la paz de los sepulcros. Obreros armados de piquetas destruyeron las tapias del cementerio y pronto el rugir de las máquinas retroexcavadoras violentó el silencio sepulcral para dar paso a nuevas avenidas.

Cientos de restos humanos fueron retirados de las tumbas, donde habían sido sepultados con la firme convicción de que allí reposarían para siempre, y llevados a grandes crematorios cuyas rugientes llamas esperaban ávidamente restos esqueletizados para reducirlos a cenizas.

Los hierros que defendían la entrada del cementerio y adornaban las torres de camposanto, apenas lograron sobrevivir ante el aplastante paso del urbanismo y la acción de los vándalos.

Sin embargo, la historia del San Lorenzo aún permanece viva ante la acción de la maquinaria pesada que rasga sus entrañas para dar paso a nuevas calles y ante el accionar de los profanadores de la paz de sus sepulcros.

Mientras el urbanismo hace una transición del cementerio del medioevo a los jardines, mausoleos y panteones del siglo XXI; otros camposantos de más rancio abolengo, pero de la misma estirpe que el San Lorenzo, apenas si han logrado sobrevivir al urbanismo y, gracias a su categoría de museo y a la historia de los blancos mármoles de Carrara y Pietra Santa, sobre las cuales cinceles prodigiosos grabaron la memoria fúnebre de la ciudad.



 
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