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Claqueta
La Virgen de los Sicarios


Foto cortesía

Entregamos la iglesia de San Antonio más limpia de lo que jamás había estado". La escena del metro me parece divertida" (refiriéndose a la matanza que allí tiene lugar). Son frases del realizador francés Barbet Schroeder (convertido en "un perfecto director americano de cine de acción") tomadas de sus apuntes de rodaje de la película La virgen de los sicarios. Un diario escrito a la medida de quien observa una realidad, desde afuera, la juzga y le importa un bledo. O mejor sería decir, le sirve a sus propósitos para sentirse como una especie de héroe, de Indiana Jones.

"Todos llevábamos guardaespaldas", ha declarado a la prensa mundial. Realmente muy valiente este director, el único del equipo francés que pudo soporta este infierno. Una diferencia abismal con las notas de Víctor Gaviria sobre La vendedora de rosas, las cuales respiran humanidad y un gran amor por los niños-adultos de la calle. Gaviria ha tratado con la violencia y la crueldad de la ciudad de modo profundo y conmovedor. Con una mirada que se hace desde adentro, con los ojos de quien conoce y le duele Medellín.

Gracias a los medios y a la evidente intención de escandalizar de libro y película, se han inflado dos productos que no tienen un valor real. El libro es repetitivo hasta la saciedad y la película tampoco tiene méritos artísticos. La puesta en escena es acartonada, la trama se agota rápidamente ante la misma retahíla obsesiva, donde más allá de los insultos no hay nada; el guión está hecho con humor fachista y las actuaciones, son bastante dificientes (nada de la frescura de los actores naturales de Víctor Gaviria).

Además, resulta forzado el acento paisa del protagonista, quien es bogotano. Su personaje es un pedante que resulta más literario que humano y que deambula con actitud superior e inocente, aparentemente desde afuera, pero promoviendo y estimulando, desde adentro, el odio y la muerte. Frases como "pero niño que has hecho", después de un asesinato que él mismo ha provocado resultan cínicas.


Foto cortesía

Los que defienden la película hablan de una pretendida objetividad, de un estilo documental, pero no hay tal. Lo que vemos es una realidad que está deformada y burlada. Es una caricatura torpe y grotesca, donde nada ni nadie de esta ciudad se salva. Por ejemplo: la actitud de las personas en el metro y la matanza que allí supuestamente sucede como algo cotidiano, los comportamientos siempre beligerantes e irracionales de los taxistas, la total indiferencia o el "falso" dolor de los testigos de asesinatos.

Hay un deseo de querer mostrar a toda costa una violencia gratuita y libre de causas y motivaciones. La película presenta a Medellín como un "cadáver exquisito", para atraer moscas. Y entronca en este rentable negocio de volver la miseria humana objeto de consumo. La mirada de director y guionista es burla gratuita y cínica, caricatura vacía. A nosotros nos duelen nuestros muertos, aunque la película insista en lo contrario. Es fachismo desvergonzado la declaración de que los pobres deberían ser exterminados. Claro, no sin que antes los jóvenes le sirvan a los fines sexuales de quien los compra y los utiliza. Asimismo, la frase para acallar la conciencia del protagonista cuando dice: No importa que lo hayas matado, al fin y al cabo era un miserable que se lo merecía.

En una entrevista que la televisión francesa le hizo al iraní Klarostami, se esperaba que él hablara de las enormes dificultades para rodar en su país. El director respondió: "En Occidente cuando me preguntan sobre la censura en Irán yo me siento ofendido. Creen que somos algún país del Tercer Mundo con una censura increíble y que trabajamos bajo condiciones terribles (...) Nunca hablo de la situación política de mi país fuera de él y menos con un periodista extranjero". Se parece a lo que sucede entre nosotros, dónde permitimos, orquestamos y ayudamos a que nos juzguen, utilicen y maltraten. Donde en el preestreno de la película, la que se dice gente pensante, se reía y aplaudía, sin vergüenza, el humor truculento y fascista. Donde se alaba como obra maestra un producto ofensivo.

Quienes sí sabían de que se trataba este rodaje, tan secreto, se pueden comparar con los pordioseros arrodillados que esperan su pastel, en una de las escenas más estereotipadas del filme. A quienes vivimos en Medellín nos está costando mucho construir una mejor ciudad. Y en todo caso, nuestro dolor merece respeto. 

EL COLOMBIANO/ Literario Dominical/ Martha Ligia Parra



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