La
virgen de los sicarios, filme escueto y revelador
La parábola del retorno
La película de Barbet Schroeder tiene más la frialdad de
un diario que el acento del melodrama. No hay escándalo ni desbordamientos
en su puesta en escena. Es el regreso a una ciudad caótica.
Son muchas las cosas que se han dicho de La Virgen de los sicarios antes
de su exhibición pública. La polémica que la ha
precedido, las versiones negras que corrieron acerca de su rodaje, las
declaraciones siempre urticantes del escritor Fernando Vallejo, en fin,
cuestiones circunstanciales que probablemente ayuden a la carrera comercial
del filme, aunque quizá al alto precio de que se nuble lo que
debiera ser mirada normal sobre simplemente una película llamada
La Virgen de los sicarios.
La obra de Barbet Schroeder merece verse con esa limpieza porque se
trata de un trabajo marcado por la desnudez y la sobriedad de su estructura
narrativa. Aquí radica una primera grata sorpresa, cuando se
encuentra al ahora veterano director regresando un tanto a su veta documental,
olvidándose por completo de los derroches de la industria norteamericana
en la que lleva instalado más de una década y en la que
maneja presupuestos superiores a los cincuenta millones de dólares
(Medidas desesperadas).
Ya en declaraciones públicas, Schroeder ha confesado el impacto
que le produjo la literatura de Fernando Vallejo, la emoción
que le despertó La Virgen de los sicarios y el proceso de la
adaptación a cargo del propio escritor. Algunos elementos de
la novela y en general de la literatura del antioqueño convertían
la labor de dirección en altamente peligrosa. Schroeder ha salido
muy bien librado del desafío, entregándonos una excelente
película en la que todos los elementos dramáticos y artísticos
están signados por la austeridad.
Contra lo que pueden mostrar las apariencias, La Virgen de los sicarios
no es una película sobre Medellín, ni sobre sus comunas
ni sobre el tenebroso personaje del sicario. La película trata
de un hombre que vuelve después de muchos años con la
muerte pisándole los talones, en una parábola del retorno
marcada como siempre por el cansancio y el escepticismo. El ser que
regresa es el mismo escritor y a las ruinas de todo retorno se une esta
vez el hallazgo de una ciudad en la que muchas cosas han cambiado, en
medio de un agrietamiento social y moral de vastos alcances.
El filme abre sobre la figura del escritor y termina con él,
en el momento de correr una cortina que es como una metáfora
sobre su mismo fin. En el recorrido de los meses que cubre la historia
Fernando se ha encontrado con una idea de la muerte por entero diferente
de la que le dictaba su propio cansancio. En Medellín la muerte
-y por tanto la vida- son algo diferente, con niños y adolescentes
que agotan su existencia con velocidad de vértigo, que viven
al día porque el mañana no existe para ellos ni tampoco
les importa.
El
gramático y la ciudad
El escritor camina con el peso de los recuerdos y con los ojos abiertos
para descubrir lo que ha pasado con la ciudad que a la distancia siempre
lo ha acompañado. El gramático encuentra cosas que lo
fastidian, que se le vuelven agobiantes y que son parte del deterioro
real de una ciudad que cambió irremediablemente. Los ajustes
de cuentas, las balas que cruzan cerca de la piel, los taxistas con
sus vallenatos a volúmenes infernales, el ruido ensordecedor
de la música de los muchachos.
El gran mérito de la adaptación que ha hecho Fernando
Vallejo de su novela es el carácter escueto, directo, con que
ha manejado su propio personaje. Si en el relato literario existía
el recurso de mostrar la evolución del protagonista a través
de la aceptación del lenguaje que poco a poco aprende, en la
película se crea un registro muy objetivo y casi físico
con el hombre que va de un lado a otro, que recorre calles y visita
iglesias, mientras su relación con los muchachos es una última
oportunidad que le brinda la vida.
La Virgen de los sicarios posee más la sequedad de un diario
que el énfasis del melodrama. La mirada que propone el director
sobre el mundo no es moral y se inclina a mostrar las contradicciones
de una ciudad en donde las apariencias sirven apenas para encubrir las
lacras de la realidad. No se llega gratuitamente a los extremos que
suceden en Medellín sin las equivocaciones criminales de quienes
la han gobernado y que ahora, a lo mejor, querrán escandalizarse
por imágenes que son apenas el reflejo del infierno que acá
se vive. Eso es lo que el personaje de Fernando encuentra al regreso
y lo que desata el fuego de su furia, un furor que a propósito
sólo puede ser resultado del amor. Todo lo que pasa en la película
cae bajo la mirada del escritor protagonista, al que como siempre en
los regresos le han robado la ciudad de sus recuerdos y sus sueños.
Barbet Schroeder ha manejado una puesta en escena que evita el escándalo
y los gestos desbordados. Las escenas de muerte o de amor homosexual
son resueltas sin énfasis, sin despliegues inútiles, sin
excesos. La Virgen de los sicarios es una pieza de ficción que
brota de fuentes reales, pero sin que sus secuencias puedan medirse
en términos de simple reproducción de hechos efectivamente
acontecidos. Hay algo universal en esta historia honda, que duele ante
todo por su carga casi desaforada de verdad.
EL COLOMBIANO/ Orlando Mora, colaborador especial
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