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Reportaje con dos protagonistas del "filme del año"
Rumba, gracias a la virgen


Llega al país el filme La virgen de los sicarios. Con dos de sus protagonistas, Anderson Ballesteros y Juan David Restrepo, conversó EL COLOMBIANO. Del sueño que para ellos fue el rodaje volvieron a la cruda realidad.



Ánderson Ballesteros y Juan David Restrepo, dos de los protagonistas de La virgen de los sicarios.
Foto Diego González

Fue un sueño: comieron a lo rey, vivieron en casas que les alquilaron en estrato cuatro, con paredes limpias y camas blanditas. Los llevaban, los traían, los invitaban, bebían champaña en vasos y vestían ropa de marca.

Anderson Ballesteros y Juan David Restrepo, protagonistas de La Virgen de Los Sicarios, nunca se habían sentido así, a sus anchas, sin afanes y admirados...

La modorra feliz duró cuatro meses, el sentimiento de ser importantes se acabó cuando terminaron de grabar, entonces la vida volvió al ritmo de los últimos quince años y el mundo fue, otra vez, estrecho y azaroso.

Lo bueno es que se heredaron, y el uno se volvió el mejor amigo del otro. Seguramente porque, además de compartir la misma infancia de tropeles y escasez, los unió ese sentimiento feliz de sentirse, por única vez y durante cuatro meses, en la Isla de la Fantasía.



Intimidades


Ánderson: (A) “Yo tengo 18 años y Juan David 21. Nos presentaron allá, cuando arrancó la película. Al principio nos separaban, como que no querían que nos juntáramos mucho. Incluso nos pillamos que los libretos que nos daban no incluían lo del otro y así no nos dábamos cuenta de lo que le tocaba.... Todo eso era porque como Juan David me mata a mí, ellos tenían miedo que nos cogiéramos bronca y nos cagáramos en la cinta”.

Juan David: (JD) “Sí, pero nada. A la semana ya éramos que parceros, andando por ahí para arriba y para abajo... A Ánderson se lo trajeron vivir por Prado y a mi por La Setenta. Al principio nos dijeron qué cuánto queríamos, que cuánto pensábamos cobrar. Yo les pedí seis millones y quedamos en que me iban a dar quinientos mil quincenales”.

A: ”Yo les pedí ocho millones y les dije que me dieran trescientos cada dos semanas”.

JD: “Eso no era mucho, pero era libre de casa, servicios y rumbas, porque, eso sí, nos sacaban a toda parte. ¿Te acordás, güevón? eso era vida... Yo aproveché y compré unas cositas, unos electrodomésticos y ropa. Cuando tenía ganas de algo entrábamos a donde fuera y pedíamos de todo, comíamos como reinas...”

A: “Es que yo antes vendía velitas de incienso en el Centro y Juan David tenía un negocio de comidas en Bello y se quebró. Esa platica que nos daban era una bendición... Después, a los cuatro meses, nos salieron como con dos millones larguitos para cada uno, de lo que todavía nos quedaba. Yo compré una moto y un carro para vender pizzas pero no me resultó... No tenemos nada y estoy vendiendo el entable por seiscientos mil”.

JD: “¡Jueputa! el día que terminamos de grabar fue un fiesta elegante. Imagínese que había una caneca con botellas de champaña y mucho hielo y este man y yo sacábamos de a una... Ese día quedamos en la calle, nos volvimos historia y por eso, borrachos, cantamos esa canción de salsa que dice .. todo tiene final, nada dura para siempre, tenemos que saber que no existe eternidad... Creo que la canta Rubén Blades”.

Familia


Foto Diego González/ EL COLOMBIANO

JD: “En mi casa ya vieron la película en un taco de VHS pirata. Mi mamá se vomitó con el final, cuando me muestran a mí en el Anfiteatro de Medellín desnudo y con mera costura en el pecho... Para ella eso fue más duro que las escenas homosexuales que me tocó hacer”.

A: “En Pereira, mi familia también ya la pilló y les gustó mucho. Mi abuela me dijo que todo le pareció muy bonito y todo, pero que lástima que me hubieran sacado en peloto por ahí”.

JD: “A nosotros nos importa un culo que la gente crea que somos homosexuales. Los dos estamos muy orgullosos de lo que hicimos, imaginate que el director, don Barbet Schroeder, nos felicitaba cada rato por el profesionalismo que le pusimos a los papeles. Por eso queremos una oportunidad en Bogotá, en alguna serie o novela. Donde le diga, nosotros dos, después de esta escuela, nos le medimos a los que sea”.

A: “Ah, pero es que fijáte, a los dos nos invitaron a la premier en Bogotá y quedaron de mandarnos los pasajes de avión, que valen casi medio millón y nosotros les estamos rogando que mejor nos manden el billete, que nosotros nos vamos en mi moto y aprovechamos para pagar unas culebras, ayudar en la casa, pagar el arriendo vencido y dejar algo para la comida”.

JD: “Mirá una cosa: yo tengo una bebé de cinco meses. De mi sólo tiene la nariz pero es igualitica a la mamá. Yo no le he podido colaborar con nada. Lo de esos tiquetes nos daría un empujoncito. Ojalá alguien nos llame para algo en televisión. Yo quiero que mi nena esté orgulloso de mi y de Anderson, que es como su tío”.


EL COLOMBIANO/ José Alejandro Castaño



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