Cultura

Un día para descubrir el Macondo que Netflix montó para Cien años de soledad

EL COLOMBIANO estuvo en Alvarado, Tolima, recorriendo el set de la serie Cien años de soledad, de Netflix, que estrena su segunda temporada este 5 de agosto.

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hace 5 horas

Al pisar el set de Macondo me ocurre algo extraño: me paro frente al castaño sembrado en el corazón de la Casa de los Buendía y digo para mis adentros:

–¿Entonces fue ahí donde Úrsula amarró a José Arcadio para cuidar su locura?

En ese momento olvido que estoy parada en un set de grabación. Me siento cómo si fuera una amiga cualquiera de Úrsula Iguarán que pasa de casualidad por la casona y entra a saludar para ver dónde fue que se produjo el trágico final del patriarca.

Y es que es fácil perder el sentido de realidad al pisar este monumental Macondo que Netflix construyó para poner en escena Cien años de soledad. A diferencia de otras adaptaciones de relatos legendarios convertidos en parte del imaginario nacional de sus países —Como agua para chocolate en México, o La casa de los espíritus en Chile—, en este caso se levantó un pueblo entero cargado de significados. Macondo es protagonista estelar.

Ahí está el hilito de sangre de José Arcadio que todavía corre hasta la cocina donde están las ollas de cobre. También está el taller de Melquíades, intacto, como si hubiera acabado de pulir los pescaditos dorados. Y se puede ir hasta la estación de tren, donde en 1928 reprimieron a bala a los trabajadores bananeros. Si uno se deja ir, si se deja envolver por la magia, termina siendo un extra más en este metaverso del realismo mágico.

La magia hecha pueblo

Estamos ante la producción más grande de una serie realizada en América Latina. El pueblo es en sí mismo una obra monumental: construido sobre un terreno de 56 hectáreas —casi la extensión completa de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot—, levantado en nueve meses pero en permanente remodelación desde hace tres años. Para mantener el pueblo vivo y en movimiento hay 1.200 personas trabajando cada detalle: 500 solo en el equipo de arte, 60 sastres creando 70.000 piezas de vestuario, y un equipo de “greens” que sembró más de 20.000 plantas. El único árbol que no fue trasplantado es el de la plaza central; todo lo demás —hasta el pasto de las orillas de las calles— se sembró y regó a mano para evitar que la sequía acabara con todo.

Las calles tienen nombres inspirados en miembros de la familia de Gabriel García Márquez: la calle Mercedes, en homenaje a su esposa, viene siendo como la Quinta Avenida de Macondo. La calle Sara Emilia, en memoria de la prima de la mamá de Gabo que hizo de celestina llevando y trayendo cartas de amor. La calle Margot en honor a la hija natural del abuelo que comía la cal de las paredes e inspiró el personaje de Rebeca en Cien Años de Soledad.

Las fachadas de cada tienda o cada casa son un juego de referencias cruzadas entre la obra, la vida del escritor y la producción de la serie. Está la Fotografía Mora, en alusión a Laura la directora; o la copia exacta de la que fue la casa de García Márquez en Riohacha, y la tienda de Ultramarinos Vesubio, donde Gabo conoció al italiano que fue el que inspiró al personaje Pietro Crespi.

Catherine Rodríguez, encargada de vestuario, dirige un equipo de sesenta sastres y trabaja con cerca de treinta talleres colombianos. El reto, dice, no fue tanto la escala como la fidelidad: reconstruir un Caribe “que se perciba real y auténtico” con fuentes históricas que a veces simplemente no existen. El carnaval de Macondo, por ejemplo, se inspiró en el de Barranquilla, y sus máscaras —una primera aproximación a las marimondas— se asemejan a las máscaras de elefante de los Bamileke, en Camerún: una clave etnográfica que conecta el Caribe colombiano con sus raíces africanas.

Cuando le preguntan si las descripciones minuciosas de García Márquez facilitan el trabajo, Rodríguez responde que muchas veces son ambiguas, y “hay que negociar constantemente entre lo que el libro sugiere, lo que los directores imaginan y lo que el cuerpo real de una actriz permite vestir”.

Cualquier simple prendedor que adorna uno de los miles de vestidos responde a una investigación y a una historia. “Hemos vaciado todos los anticuarios de Colombia. 85 por ciento son antigüedades y las que no las elaboraron los ebanistas”, dice Bárbara Enríquez, la diseñadora de producción argentina que llegó al proyecto en 2022 y que antes había sido nominada al Óscar por Roma.

Un acto de resistencia

En tiempos como estos de imágenes creadas con inteligencia artificial, Macondo es sin duda un acto de resistencia por parte de los simples mortales. Hasta la locomotora del tren, la Hunslet, fue construida únicamente para la serie y avanza sobre 180 metros de riel auténtico del Ferrocarril del Pacífico en una estación construida a imagen y semejanza de la que existe en Ciénaga.

¿Qué significa construir un pueblo verdadero cuando hoy todo podría hacerse desde un computador?

Tal vez la respuesta no está en la eficiencia sino en cómo producir la magia: así cómo a Gabriel García Márquez le costó veinte años aprender cómo escribir Cien Años de Soledad y un año y medio juntar las palabras sobre el papel; Netflix tardó cinco años en descubrir cómo construir a Macondo. Dos procesos distintos movidos por el mismo espíritu.

Recorrer las calles de Macondo –en Alvarado, Tolima– es descubrir que al equipo de producción se lo ha tomado la imaginación de García Márquez y tal vez se ha contagiado de la peste del insomnio, esa plaga que puso a todo el pueblo en una frenética tarea de etiquetar cada objeto para no olvidarlo y escribir manuales enteros como única defensa contra el olvido.

¿Qué trae esta segunda temporada?

La primera temporada de la serie Cien Años de Soledad se estrenó en Netflix en diciembre de 2024 y cubrió la fundación de Macondo, el matrimonio de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, y el ciclo de guerras del coronel Aureliano Buendía. Cerró con el asesinato de José Arcadio y con la célebre lluvia de flores amarillas que cae sobre el pueblo tras la muerte del patriarca fundador.

Ahora, los primeros siete capítulos de esta segunda temporada se podrán ver a partir de este miércoles 5 de agosto y cubrirá los cincuenta años restantes: incluida la Masacre de las Bananeras, la decadencia y el diluvio de Macondo, hasta el cierre con Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia. El gran final se presentará el 26 de agosto, un episodio especial de mayor duración, dirigido por Laura Mora, con proyecciones en cines de ciudades seleccionadas.

La casa, en esta nueva temporada, está ambientada en 1924, llega Fernanda del Carpio y, con ella, las imágenes católicas, las cortinas pesadas y ese frío simbólico del páramo que transformó por completo el ambiente. “Hemos aprendido la historia de Colombia entera –cuenta Enríquez con un evidente conocimiento–: en qué año llegó la electricidad, cómo se colgaba la luz, qué tipo de lámparas, cómo funcionaba el teléfono”.

La investigación llevó al equipo de producción a recorrer todo tipo de archivos con la misma paciencia con la que García Márquez investigaba cada dato para no dejar cabos sueltos al olvido. Para la moda de la época, por ejemplo, se inspiraron en las fotos de Melitón Rodríguez de la Biblioteca Piloto de Medellín. En las universidades de Tulane y Harvard encontraron los archivos más completos sobre la United Fruit Company, y un hallazgo casi novelesco: un libro de registros de la Santa Marta Railway Company Limited, activa entre 1906 y 1930, donde aparecen documentadas la locomotora y los vagones de los cuales se hicieron réplicas en Bogotá y se llevaron en camas bajas hasta el Macondo de Tolima.

¿Qué será de Macondo?

A Macondo se llega recorriendo 30 minutos de carretera desde el aeropuerto de Ibagué, lo construyeron en uno de los muchos Aracataca de Colombia y, como si fuera un capítulo más de la vieja serie Dimensión Desconocida, basta atravesar la pared equivocada para aparecer en otro tiempo.

Las productoras ejecutivas Carolina Caicedo y Juliana Flórez llevan cinco años trabajando en Macondo. Cuando terminaron el rodaje de la primera temporada tuvieron un año de preparación y siguieron, sin pausa, ajustando el backlot, como se le llama a estos estudios de grabación al aire libre.

La construcción que han hecho del pueblo –que no ha sido uno sino cuatro Macondos para ir registrando los cambios– es como si se tratara de una secuela de la obra maestra de García Márquez.

El Macondo que ahora se recorre “tiene 50 años de historia” y, como cualquier pueblo, “entra en decadencia”, explica Bárbara Enríquez. “Lo que hace un año y medio era nuevo, ahora está invadido por la vegetación”. La naturaleza también entró en modo realismo mágico.

Al preguntar por el mayor desafío de estos tres años, Carolina Caicedo no duda en responder que “el paso del tiempo”: coordinar la construcción simultánea de varios Macondos. En la primera temporada las casas lucían perfectas. Ahora el pueblo es más caótico: llegan los gringos, los carros, la electricidad.

El cuarto Macondo, en el que se graba la segunda temporada, es más grande que los anteriores, tiene dieciocho espacios nuevos. Así como se inventaron una mezcla de cemento, jabón y cascarilla de arroz para dar la textura de la tapia, también se han tenido que dar mañas para envejecer un siglo sus paredes. Lo único que luce nuevo en el pueblo es la fachada de la United Fruit Company, la compañía bananera que “acaba de llegar a Macondo”.

Laura Mora y Carlos Moreno, los dos directores encargados de distintos capítulos de esta segunda temporada, coinciden en que la decisión de construir físicamente cada set, tomada durante la pandemia, hace casi cinco años —es decir, cuando la IA no existía—, sigue pareciéndoles la correcta.

“La interacción humana en un lugar físico es muy importante”, dice Enríquez. “Lo hace mucho más rico, mucho más fácil moverse.” Los planos secuencia larguísimos que hicieron célebre a la primera parte —entrando y saliendo de habitaciones sin cortes— habrían sido, según ella, casi imposibles de lograr con un Macondo generado por computadora.

Es una imagen poderosa el hecho de que en una época en la que basta escribir unas cuantas palabras para que una inteligencia artificial invente un castillo, una ciudad o un imperio entero, con Macondo ocurrió exactamente lo contrario: miles de personas decidieron construir un pueblo que solo existía en la imaginación de un escritor.

Resulta inevitable preguntarse si este Macondo podría sobrevivir convertido en parque temático. Si miles de lectores no querrían recorrer esas calles donde caminaron Úrsula, Aureliano o Melquíades. Nadie responde. Tal vez porque la pregunta parte de un malentendido. Este pueblo nunca fue construido para durar. Fue construido para contar una historia.

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Este Macondo es tal vez el backlot más grande construido en el mundo con destino a desaparecer. A diferencia de clásicos como Cinecittà, que pueden ser usados una y otra vez como ciudades distintas –Roma en Ben-Hur o Nueva York en alguna película de Scorsese–, Macondo se construyó con la vocación de desaparecer.

Tal vez ese sea el último guiño con la novela. Como escribió García Márquez, las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Y ahora tampoco los pueblos construidos para contarlas.

Bloque de preguntas y respuestas

¿Dónde está ubicado el Macondo construido para la serie Cien años de soledad de Netflix?
El Macondo de la serie fue construido en Alvarado, Tolima, a unos 30 minutos por carretera desde el aeropuerto de Ibagué. Se trata de un set de grabación de 56 hectáreas creado exclusivamente para la producción.
¿Cuándo se estrena la segunda temporada de Cien años de soledad en Netflix?
Los primeros siete capítulos de la segunda temporada estarán disponibles desde el miércoles 5 de agosto. El episodio final, de mayor duración y dirigido por Laura Mora, se estrenará el 26 de agosto y también tendrá proyecciones en cines de ciudades seleccionadas.
¿Qué hechos de la novela de Gabriel García Márquez aborda la segunda temporada de Cien años de soledad?
La segunda temporada recorrerá los últimos cincuenta años de la historia de Macondo. Incluirá acontecimientos como la llegada de Fernanda del Carpio, la Masacre de las Bananeras, el diluvio, la decadencia del pueblo y el desenlace con Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia.