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De Pedernera a Lorenzo, estos son los técnicos que cimentaron la identidad del fútbol colombiano

La historia mundialista de Colombia ha sido escrita por técnicos que marcaron un modelo. El desafío en este 2026 será competir, evolucionar y sostener ese legado bajo las órdenes del argentino Néstor Lorenzo.

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Comunicador Social-Periodista bilingüe (inglés y español). He trabajado en Radio Bolivariana, RCN y Telemundo. Hago parte de EL COLOMBIANO. Recibí premios Ovations de la NBC. Lideré el sitio web hispano de NBCOlympics.com para los Olímpicos de Beijing 2008, edité y establecí el contenido de video original para la programación en web de la Selección Mexicana en Medios Digitales de Telemundo. Responsable de la gestión editorial de la portada de yahootelemundo.com. Enviado especial al Mundial de Rusia 2018, la Copa América en Chile 2015, los partidos de clasificación al Mundial de la Selección Colombia, la Asamblea General de la ONU en 2009, y el rescate de los 33 mineros en Chile.

hace 2 horas

La historia del fútbol colombiano no se puede entender sin la figura de Adolfo Pedernera, un hombre que dejó una huella profunda tanto en los clubes como en la Selección.

Antes de convertirse en el técnico que llevó al país a su primer Mundial, ya había revolucionado el fútbol local con Millonarios. Su llegada en 1949, en medio de una huelga de jugadores en Argentina, fue una apuesta arriesgada impulsada por Alfonso Senior, quien decidió ficharlo pese a las altas exigencias económicas del argentino. Desde su presentación en El Campín, que llenó el estadio incluso sin jugar, quedó claro que se trataba de una figura diferente. Con el tiempo, Pedernera cumplió y lideró la construcción del legendario “Ballet Azul”, un equipo que dominó el fútbol criollo, ganó títulos y alcanzó reconocimiento internacional, incluso venciendo al Real Madrid en Europa.

Tras esa etapa dorada y luego de dirigir al América de Cali, donde también dejó una buena impresión, Pedernera asumió en 1961 como entrenador de la Selección. Su conocimiento del jugador local y su visión del juego fueron claves para lograr un hecho histórico: clasificar al país por primera vez a una Copa del Mundo, Chile 1962. Allí, Colombia dejó una marca imborrable gracias a un estilo de juego valiente y ofensivo, poco común para un debutante.

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Tácticamente, Pedernera utilizó como base el sistema (3-2-2-3), una estructura clásica de la época compuesta por tres defensores, dos mediocampistas de contención, dos interiores creativos y tres delanteros. Sin embargo, su mayor aporte estuvo en la forma de interpretar ese esquema. Le dio libertad a sus jugadores ofensivos, promovió la rotación de posiciones y priorizó el toque y la creatividad, influenciado por la escuela argentina.

Esa propuesta tuvo su máxima expresión el 3 de junio de 1962, en la ciudad de Arica, cuando Colombia empató 4-4 frente a la poderosa Unión Soviética. Llegó a estar en desventaja 1-3, pero logró una remontada que quedó grabada en la historia del fútbol. Aquel partido fue un logro deportivo y una declaración de identidad. Enfrente estaba nada menos que el legendario arquero Lev Yashin, considerado uno de los mejores de todos los tiempos, quien nunca antes había recibido cuatro goles en un mismo partido internacional. Además, ese día se produjo el inolvidable gol olímpico de Marcos Coll, único en la historia de los mundiales.

Más allá de los resultados, el legado de Pedernera fue profundo: sembró una idea de juego basada en la técnica, la creatividad y la valentía.

Francisco Maturana, un antes y un después

El fútbol colombiano tiene un antes y un después con la llegada de Francisco Maturana, quien que no solo consiguió resultados históricos, sino que cambió la mentalidad y la forma de jugar. Nacido el 15 de febrero de 1949 en Quibdó, aunque criado en Medellín, Maturana inicialmente se formó como odontólogo, pero a partir de 1970 decidió dedicarse al fútbol. Como jugador, tuvo su etapa más importante en Atlético Nacional, donde fue campeón en 1973 y 1976. También pasó por Bucaramanga y Tolima antes de retirarse.

Su verdadero impacto llegó como entrenador. Desde 1986 inició una carrera que lo llevaría a la cima en 1989, cuando dirigió a Nacional a conquistar la Copa Libertadores de América 1989. Aquel equipo, recordado como el de los “Puros Criollos”, logró el primer título continental para un club colombiano e impuso un estilo de juego basado en la posesión, el toque corto y la inteligencia táctica. Ese logro marcó el inicio de una nueva era para el fútbol colombiano.

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El impacto de Maturana no se detuvo ahí. En 1990 clasificó a Colombia a Italia 1990 después de 28 años de ausencia. Bajo su dirección, el equipo devolvió la ilusión a todo un país y demostró que podía competir en la élite del fútbol mundial. En ese torneo, Maturana utilizó principalmente un sistema 4-4-2, caracterizado por una línea de cuatro defensores, dos mediocampistas de equilibrio, dos volantes creativos y dos delanteros. Sin embargo, más allá del esquema, lo que definía al equipo era su estilo: salida limpia desde el fondo, control del balón con el característico “toque-toque” y un eje creativo claro en torno a Carlos Valderrama.

A esto se sumaba la movilidad de jugadores como Freddy Rincón, quien llegaba desde atrás para sorprender. Este planteamiento permitió a Colombia competir de igual a igual, destacándose el histórico empate 1-1 ante Alemania.

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Cuatro años más tarde, Pacho volvió a clasificar al equipo nacional a Estados Unidos 1994, consolidando a Colombia en la escena internacional. Para este torneo, mantuvo su idea futbolística, pero introdujo variantes tácticas, alternando entre el 4-4-2 y el 3-5-2. El equipo buscaba mayor equilibrio defensivo, con volantes más comprometidos en la recuperación, y apostaba por delanteros más definidos como Faustino Asprilla. No obstante, a diferencia de 1990, el conjunto era más estructurado, pero menos sorpresivo, con menor fluidez ofensiva.

La Selección llegó al torneo bajo una enorme presión tras el histórico 5-0 frente a Argentina en las eliminatorias, lo que influyó en su rendimiento. Años más tarde, en 2001, alcanzó otro hito al consagrarse campeón de la Copa América, el primer y único título continental del país.

Hernán Darío “Bolillo” y la continuidad

La continuidad del proceso iniciado por Maturana encontró en Hernán Darío Gómez a su principal heredero. Conocido como “Bolillo”, Gómez fue un fiel escudero de su mentor y supo mantener la base futbolística y conceptual que este había construido en la Selección Colombia. Gracias a esa estabilidad y a una destacada campaña en las eliminatorias, logró clasificar al equipo nacional a Francia 1998.

Sin embargo, lo que prometía ser una nueva consolidación deportiva terminó marcado por circunstancias extradeportivas. En el Mundial, el ambiente interno del grupo no fue el mejor, situación que años después sería confirmada por varios jugadores. A esto se sumaron episodios polémicos, como el escándalo que involucró a Asprilla, lo que terminó afectando el rendimiento del equipo. En lo deportivo, Colombia cerró su participación con un balance discreto de dos derrotas y una victoria, quedando eliminada en la fase de grupos.

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Desde el punto de vista táctico, el equipo de Hernán Darío no utilizaba un sistema rígido como los esquemas modernos, pero sí contaba con una estructura base clara, generalmente un 4-4-2 que podía transformarse según las circunstancias. En defensa, el equipo se organizaba con una línea de cuatro, con laterales de proyección moderada y centrales fuertes en la marca, como Jorge Bermúdez. En el mediocampo se encontraba el corazón del sistema, con un doble pivote de contención —integrado por jugadores como Mauricio Serna, Rincón o Jorge Bolaño— acompañado por volantes mixtos por las bandas. El eje absoluto del juego era Valderrama, quien actuaba como un enganche libre y sobre quien giraba toda la construcción ofensiva. En ataque, Colombia solía jugar con dos delanteros: uno más fijo como Adolfo Valencia y otro con mayor movilidad y creatividad, como Asprilla o Aristizábal.

El estilo de juego de este equipo se caracterizaba por ser pausado y elaborado, con una fuerte apuesta por la posesión del balón y el toque corto, herencia directa del proceso anterior. Sin embargo, esa misma dependencia del juego asociativo y de la figura de Valderrama también evidenciaba limitaciones, como la poca presión alta y ciertas dificultades en las transiciones defensivas, que resultaban lentas frente a rivales más dinámicos.

Llegó Pékerman y todo cambió

La llegada de José Néstor Pékerman a la Selección Colombia marcó el inicio de una de las etapas más exitosas y transformadoras en la historia del fútbol nacional. Oficializado como director técnico el 5 de enero de 2012, el argentino asumió el reto en un momento complejo, con un equipo golpeado por fracasos recientes, una eliminación temprana en la Copa América 2011 y un inicio irregular en las eliminatorias rumbo a Brasil 2014. Sin embargo, desde su debut —con victoria 2-0 ante México— y su estreno oficial en Lima frente a Perú, comenzó a construir un proceso sólido que cambiaría para siempre la mentalidad del combinado.

Pékerman no era un desconocido para el fútbol colombiano. Durante su etapa como jugador había militado en Independiente Medellín, donde terminó su carrera prematuramente por lesiones. Toda esa experiencia, sumada a su exitoso trabajo en las selecciones juveniles de Argentina, le permitió llegar con una visión clara: reorganizar el grupo, devolver la confianza y construir un equipo competitivo.

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Desde el inicio tomó decisiones estructurales clave. Cambió la logística de entrenamientos llevándolos a distintas ciudades del país, limitó el acceso de la prensa para evitar filtraciones y dividió el trabajo táctico con su cuerpo técnico por zonas del campo. Estas medidas lograron algo fundamental: unir un vestuario que venía fragmentado y alinear a todos bajo un mismo objetivo: volver a un Mundial tras 16 años de ausencia. Con una base de jugadores talentosos como David Ospina, Juan Guillermo Cuadrado, James Rodríguez y Falcao, Colombia encontró rápidamente un alto nivel de rendimiento.

En Brasil 2014, Colombia firmó la mejor actuación de su historia en los mundiales. Bajo un sistema base 4-2-3-1, el equipo combinó equilibrio y explosividad. El doble pivote, generalmente conformado por Carlos Sánchez y Abel Aguilar, garantizaba solidez, mientras que la línea de tres creativa —con Cuadrado por derecha, James como eje central y jugadores como Ibarbo o Quintero por izquierda— brindaba dinamismo y talento. En ataque, delanteros como Teófilo Gutiérrez o Jackson Martínez complementaban el sistema. Más allá de la estructura, el equipo destacaba por su verticalidad, transiciones rápidas, laterales profundos como Camilo Zúñiga y Pablo Armero, y un James Rodríguez en estado de gracia, actuando como un “enganche moderno” con libertad total. Colombia ganó sus tres partidos de fase de grupos, venció a Uruguay en octavos y alcanzó por primera vez los cuartos de final, donde cayó ante Brasil en un partido polémico que no opacó la histórica campaña.

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Posteriormente, en una eliminatoria más exigente, Colombia volvió a clasificar al Mundial de Rusia 2018, confirmando la solidez del proyecto de Pékerman. Para este torneo, el técnico argentino mostró mayor flexibilidad táctica, alternando entre el 4-3-3 y el 4-2-3-1. En el 4-3-3, el mediocampo estaba conformado por Sánchez como volante de contención, acompañado por interiores como Uribe o Aguilar y un James más libre, mientras que en ataque aparecían extremos como Cuadrado, Quintero o Muriel, con Falcao como referente en punta.

A diferencia de 2014, el equipo de 2018 fue más equilibrado y ordenado, pero menos explosivo. Se priorizó el bloque medio, el control defensivo y una mayor disciplina táctica. Aunque Colombia logró superar la fase de grupos tras una derrota inicial ante Japón, fue eliminada en octavos de final frente a Inglaterra en una dramática definición por penales. Tras más de seis años al frente de la Selección, con 71 partidos dirigidos, 39 victorias y dos clasificaciones consecutivas a mundiales, la era de Pékerman llegó a su fin el 4 de septiembre de 2018.

El desafió de Néstor Lorenzo

Tras la dolorosa eliminación rumbo a Catar 2022, la Federación Colombiana de Fútbol se vio obligada a replantear su rumbo. Así lo reveló su presidente, Ramón Jesurún, quien reconoció que aquel episodio marcó un punto de quiebre, especialmente por la racha de siete partidos sin anotar gol que dejó a Colombia fuera de la cita mundialista.

Ese contexto llevó a tomar una de las decisiones más difíciles en el fútbol: cambiar de entrenador. En medio de la presión mediática y las voces que pedían un técnico de renombre internacional, la Federación optó por un perfil distinto. Más que la fama, el criterio principal fue el conocimiento del entorno y del jugador colombiano. En ese escenario, el nombre de Lorenzo ya era conocido dentro de la estructura del fútbol nacional, gracias a su trabajo previo como asistente de Pékerman.

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A pesar de las dudas iniciales por su limitada experiencia como seleccionador, con el tiempo, los resultados han respaldado esa decisión: la Selección ha mostrado cohesión, competitividad y una idea clara de juego, aunque el verdadero éxito se medirá en el Mundial 2026. Lorenzo ha construido un equipo con identidad definida. Su sistema base ha sido el 4-3-3, con variaciones hacia el 4-2-3-1. La estructura parte de una defensa de cuatro jugadores, con laterales de proyección ofensiva. En el mediocampo, el equipo se organiza con un volante de contención —habitualmente Jefferson Lerma— acompañado por Richard Ríos, con la posibilidad de adelantar a James Rodríguez como creativo.

En ataque, Colombia apuesta por extremos rápidos y desequilibrantes, con Luis Díaz como principal figura, y Jhon Arias por el otro costado, además de un delantero centro que puede variar entre Luis Suárez y Jhon Córdoba. Más allá del esquema, el equipo se caracteriza por su intensidad física, transiciones rápidas y un juego vertical. El uso constante de las bandas, la presión media-alta y un bloque compacto reflejan una propuesta más moderna.

Lorenzo dirigirá su primer Mundial, basado en la coherencia, el conocimiento del entorno y una idea clara de juego. Su desafío apunta a consolidar un equipo competitivo, con identidad y proyección internacional, que aspire a ser protagonista en el Mundial 2026.