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Trump amenaza con demoler el Kennedy Center por no llevar su nombre y escala su disputa cultural a los museos

La administración Trump ha intervenido en exposiciones, obras de arte y juntas directivas de instituciones culturales de Washington. Ahora, el presidente amenaza con bloquear US$257 millones destinados a la renovación del Kennedy Center si no se agrega su nombre al edificio.

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hace 1 hora

La historia de Estados Unidos que se cuenta en sus museos se ha convertido en uno de los nuevos escenarios de confrontación para Donald Trump. Su administración cuestiona la manera en que varias instituciones culturales presentan la esclavitud, el racismo, la inmigración y la historia de los pueblos indígenas, mientras impulsa cambios en exposiciones, obras de arte y órganos de dirección.

La disputa alcanza a dos de los principales referentes culturales de Washington, el Smithsonian y el Kennedy Center. En el primero, la Casa Blanca ha puesto en discusión el contenido de algunas exposiciones. En el segundo, el enfrentamiento tiene además un componente personal, pues Trump quiere que su nombre quede asociado al edificio que lleva el de John F. Kennedy, un conflicto que lo llevó a amenazar con bloquear US$257 millones destinados a la renovación del complejo e incluso con plantear su demolición si no se resuelve el conflicto.

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Trump primero llevó su disputa cultural al Smithsonian y cuestiona cómo se cuenta la historia de Estados Unidos

Antes de que la pelea por el Kennedy Center llegara a este punto, la administración Trump ya había puesto su atención sobre el Smithsonian, una red integrada por 21 museos nacionales y un zoológico que conserva la memoria histórica de Estados Unidos.

En marzo del año pasado, la Casa Blanca publicó un decreto titulado Restaurando la verdad y la cordura en la historia de Estados Unidos, que instaba a realizar una “limpieza ideológica” dentro del Smithsonian. La presión continuó durante este año. El 4 de julio, cuando Estados Unidos celebró los 250 años de su independencia, se publicó un informe de 160 páginas dedicado al Museo Nacional de Historia Estadounidense.

El documento cuestionó que algunas exposiciones hicieran demasiado énfasis en las contradicciones de los Padres Fundadores, la esclavitud y el genocidio de los pueblos indígenas. También criticó la manera en que el museo aborda el cristianismo, la inmigración y asuntos relacionados con las personas transgénero.

De acuerdo con la recopilación de El País, el secretario de Interior, Doug Burgum, prepara otra intervención en el Museo Nacional de Historia Estadounidense con la instalación de una decena de carteles en la entrada. Los avisos advertirían a los visitantes que las exposiciones reflejan “los puntos de vista personales” de quienes participan en su programación, “adoptando explícitamente un marco ideológico que ya no considera la historia (de Estados Unidos) como un legado compartido, sino como un instrumento político para dividir, desmoralizar y desalentar” a sus compatriotas.

Cada cartel tendría un costo aproximado de US$7.000. La medida ha generado críticas por la intervención del Gobierno en decisiones que corresponderían autónomamente a los equipos de los museos.

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M. J. Rymsza-Pawlowska, historiadora pública de American University, cuestionó el informe de la Casa Blanca y las acciones de la administración Trump sobre las instituciones culturales. En entrevista telefónica con el diario, calificó el documento de “ridículo y absurdo” y describió los ataques de Trump a la cultura como “clásicas maniobras autoritarias”. Sobre el Smithsonian, añadió que estas acciones muestran “la ignorancia sobre su funcionamiento”.

La historiadora explicó que las exposiciones del Museo Nacional de Historia Estadounidense reúnen “una inmensa cantidad de puntos de vista ideológicos” y que, durante su preparación, pasan por revisiones de especialistas, comunidades y otros grupos relacionados con cada proyecto. Por eso, rechazó la idea de que las muestras respondan a decisiones individuales de los conservadores.

En el Kennedy Center la disputa tiene nombre propio

Cuando Trump regresó a la Casa Blanca, asumió el control de la junta del Kennedy Center y pasó a presidir la institución. El nuevo patronato quedó conformado por integrantes designados durante su administración. Después, la junta aprobó incorporar el nombre de Trump a la fachada junto al de John F. Kennedy.

En mayo, un juez federal determinó que el centro no podía instalar el nombre de Trump sin autorización del Congreso y ordenó retirarlo. Los trabajadores desmontaron las letras en junio y dejaron una lona cubriendo la zona.

De acuerdo con The Telegraph, en el fallo emitido el martes 15 de septiembre, el juez Christopher Cooper señaló que “en pocas palabras, los acusados no pueden instalar monumentos conmemorativos para el presidente Trump ni para ninguna otra persona o cosa en el Centro Kennedy sin la aprobación del Congreso”.

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El Departamento de Justicia apeló la decisión. Mientras el proceso continúa, el cierre de la institución se hizo efectivo esta semana. Trump sostuvo en Truth Social que la medida responde a la necesidad de realizar reparaciones para la seguridad del edificio y condicionó el uso de los US$257 millones asignados por el Congreso a que se resuelva la disputa por su nombre.

La necesidad de intervenir el complejo aumentó después de que, a comienzos de septiembre, se desprendiera parte del techo del gran vestíbulo. Brian Ballard, miembro de la junta directiva, afirmó que “Actualmente, el edificio no está construido para durar, y el presidente lo sabe porque es uno de los mejores constructores del mundo”.

El conflicto ha llegado incluso a la posibilidad de demoler el edificio. En un documento presentado ante el tribunal, abogados de la administración señalaron que, sin el reconocimiento a Trump, el Kennedy Center podría tener dificultades para recaudar recursos para las obras. Según ese argumento, si el deterioro continúa hasta convertirlo en una estructura insegura, podría ser necesario demolerlo y posteriormente decidir qué construir en el terreno, entre las opciones mencionadas un anfiteatro al aire libre con vista al río Potomac.

Trump impulsa cambios en el paisaje cultural de Washington

La intervención no se ha limitado a los textos de las exposiciones. Trump ordenó al Smithsonian sustituir Infinity, una escultura abstracta de 1967 realizada por José de Rivera y ubicada frente al Museo Nacional de Historia Estadounidense, por una estatua de George Washington de unos 10 metros.

También hubo cambios en el espacio público. A comienzos de septiembre, una escultura de arte moderno de Joel Shapiro fue retirada de la explanada del Kennedy Center, en línea con el rechazo de Trump a expresiones culturales que considera alejadas de una visión tradicional de Estados Unidos.

Lo anterior a impulsado a que artistas abandonan los museos. Durante décadas, el Kennedy Center ha sido un espacio de encuentro para presidentes, artistas, políticos y figuras públicas de distintas posiciones, pero la llegada de Trump a la dirección estuvo seguida de cancelaciones de artistas, bajas de abonados y protestas relacionadas con los cambios en la institución.

En medio de esta situación, también se produjo la salida de Lonnie Bunch III de la presidencia del Smithsonian, anunciada por “motivos personales” después de un año y medio de presión de la Casa Blanca sobre la red de museos. Para Toni Codinas, integrante del patronato del Washington Bach Consort, estos cambios han generado “incredulidad”, “rabia” y “tristeza” entre parte de la comunidad vinculada a la música clásica de Washington.

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Por ahora, ninguna de esas discusiones está cerrada. El litigio sobre el Kennedy Center continúa en los tribunales, mientras las medidas sobre el Smithsonian avanzan. Y en Washington, una lona que lleva 96 días cubriendo la fachada del Kennedy Center se ha convertido en la imagen más visible de la disputa cultural.

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