La historia de las hermanas Cañas Quintero: las tres se graduaron de la Universidad Nacional el mismo día
Las hermanas Cañas Quintero se consagraron como ingenieras de la Universidad Nacional sede Medellín en la misma ceremonia. Esta es su historia.
Periodista de la Universidad de Antioquia. Al igual que Joe Sacco, yo también entiendo el periodismo como el primer escalón de la historia.
Yuricik, Dansalyan y Luzarait son tres hermanas de 26, 25 y 24 años del barrio Robledo en Medellín que, aparte de nombres únicos —gracias a la originalidad de su mamá Patricia—, tienen otra particularidad: por azares de la vida terminaron graduándose como ingenieras de una de las universidades más exigentes del país, justamente el mismo día, el pasado 23 de abril.
Las tres son diferentes. Yuricik reconoce ser más bien reservada y siente una gran pasión por los idiomas, por el canto y el ultimate; Dansalyan dice ser más sociable y se considera muy activa en deportes; mientras que su hermana Luzarait comenta ser más analítica y preferir la lectura.
Pero cuando las tres hablan de sus estudios en la Universidad Nacional en Medellín —de donde se graduaron de Ingeniería Mecánica, Ingeniería Industrial e Ingeniería de Sistemas, respectivamente— parece que sus mentes se unieran y por ello la idea que empieza una la termina la otra.
Unidas desde pequeñas
Desde pequeñas, las hermanas Cañas Quintero compartieron casi todos los espacios de su vida. Estudiaron en la misma guardería, asistieron juntas a clases de música y más adelante ingresaron al mismo colegio. Incluso en detalles cotidianos su mamá buscaba mantener el equilibrio entre las tres.
Recuerdan que muchas veces las vestían igual para evitar discusiones o sentimientos de desigualdad. “Solo cambiaba las tallas”, cuentan entre risas al recordar su infancia compartida. Esa convivencia permanente fortaleció una relación que hoy podría ser más de mejores amigas que de simples hermanas.
Esa cercanía familiar también estuvo acompañada de un apoyo constante hacia sus proyectos académicos. Según explican, su familia siempre confió en sus capacidades y las animaron a perseguir cualquier meta que se propusieran. “Nos decían, ‘si usted quiere hacerlo, hágale, porque usted puede lograrlo’”, recordaron.
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Luzarait contó que desde pequeñas les enseñaron que estudiar era la mejor herramienta para construir independencia, abrir oportunidades y forjar su propio camino. En ese proceso, la influencia de su madre fue fundamental.
A diferencia de muchos entornos donde las matemáticas suelen generar miedo, en la casa de las Cañas Quintero se buscó convertir el aprendizaje en algo cercano y divertido. Por ejemplo, Patricia utilizaba frunas y dinámicas didácticas para que así aprendieran a multiplicar.
“Mi mamá hacía un esfuerzo muy grande por mostrarnos que las matemáticas eran divertidas”, recordó Yuricik, quien agregó que esta experiencia positiva terminó convirtiéndose en una motivación para ingresar a una ingeniería.
El ingreso a Unalmed
Ya grandes, la decisión de estudiar ingeniería fue un proceso que se dio poco a poco mientras descubrían sus intereses y afinidad con diferentes áreas del conocimiento. Aunque cada una eligió una rama distinta, coincidieron en que la ingeniería representaba un reto y una oportunidad para desarrollarse profesionalmente.
Yuricik fue la primera en ingresar a la Nacional, específicamente a ingeniería mecánica. Su experiencia terminó motivando a las demás. “Ella nos decía: ‘Esto está muy bueno, ustedes deberían presentarse’”, dijeron sus dos hermanas.
Para Dansalyan, el ingreso de su hermana mayor fue determinante. “Yo pensé: ‘ella es súper tesa, ¿será que yo también puedo lograrlo?’”. Con el tiempo encontró en la ingeniería industrial una carrera que le permitió explorar distintas áreas y descubrir aquello que realmente le apasionaba.
Eso sí, Yuricik recordó que debió enfrentarse a un entorno donde la presencia femenina era mínima –en su cohorte eran 30 hombres y solo dos mujeres–, lo que fue un asunto más complejo para una joven acostumbrada a estar rodeada de más congéneres.
“Si faltaba un compañero, nadie se daba cuenta, pero si yo faltaba, el profesor al otro día preguntaba qué me había pasado”, recordó.
Además, contó que, al igual que muchas mujeres en ciencias duras, tuvo que enfrentarse a profesores con actitudes más rígidas y, en algunos casos, machistas.
Según explicó, muchas veces sentía que debía demostrar más carácter para evitar ser subestimada dentro del aula. “Había situaciones en las que uno tenía que responder con firmeza para que no se la montaran”, añadió.
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Esa presión la llevó incluso a cuestionarse si realmente quería continuar en la carrera. Sin embargo, decidió seguir gracias a su perseverancia y al apoyo constante de sus hermanas, quienes la animaron en los momentos más difíciles.
A pesar de las dificultades, las hermanas coinciden en que la experiencia universitaria también les permitió encontrar profesores comprometidos con su formación.
Aunque algunas tenían formas de enseñanza más directas, ellas consideran que en la mayoría de los casos el objetivo era prepararlas para enfrentar el mundo profesional. “Uno termina entendiendo que quieren verlo crecer y darle herramientas para defenderse en la vida”, concluyeron.
Compartir en la U
Aunque ingresaron a la Nacional en momentos diferentes y nunca tuvieron una materia en la que coincidieran las tres, las hermanas se las arreglaron para organizar horarios similares y así aprovechar para estudiar juntas y apoyarse mutuamente.
“Una le decía a la otra: ‘Hay que estudiar porque viene un parcial’”, recordaron. También se explicaban temas entre ellas cuando alguna entendía mejor un contenido y aprovechaban los espacios libres para almorzar juntas, estudiar o compartir actividades extracurriculares. Una de sus favoritas era el tenis de campo, deporte en el que intentaban inscribirse en los mismos horarios.
Las hermanas aseguran que, aunque encontrar horarios libres para coincidir no siempre fue fácil debido a las exigencias académicas, eso nunca fue un impedimento para mantener activa su vida social.
Salidas a comer, reuniones de fin de semana y encuentros improvisados hacían parte de la rutina universitaria. Aunque cada una de las hermanas construyó su propio círculo social dentro de la universidad, con el tiempo y gracias a su cercanía y a las actividades compartidas, los compañeros de una comenzaron a relacionarse también con los de las otras, formando un grupo mucho más amplio.
“Tratábamos de, si teníamos el espacio, concordar en algunas horas para encontrarnos en las cafeterías, así fuera para comprar alguna bobadita como helados o salchipapas”, recordaron.
La emoción de los grados
El paso de los semestres dejó una coincidencia inesperada: las tres descubrieron que se graduaban con exactamente el mismo promedio académico: 4,3. “Nos dio mucha risa porque ni siquiera nos habíamos dado cuenta hasta el final”, contó Luzarait.
En el penúltimo semestre se dieron cuenta de que la posibilidad de graduarse juntas era muy plausible. “Mientras realizábamos las prácticas, nos preguntábamos cuánto le faltaba a cada una y ahí caímos en cuenta de que íbamos a salir en la misma cohorte”, rememoraron.
Lo que en principio parecía una buena noticia resultó en una pesadilla logística, pues cada una tendría una ceremonia distinta porque las graduaciones de cada ingeniería serían en días diferentes, algo que representaba también una presión económica para la familia. “Pensábamos en tres vestidos, tres cenas, tres tortas y en que nuestra mamá quería asistir a todas”, contaron entre risas.
Ante esa situación, hablaron con la universidad y lograron obtener un permiso especial para realizar una ceremonia conjunta el jueves 23 de abril. El resultado fue un acto de grado que recuerdan como uno de los momentos más emocionantes de sus vidas.
Al evento asistieron miembros de su familia, entre ellos su mamá y sus abuelos, quienes celebraron con orgullo ver a las tres hermanas alcanzar juntas uno de los logros más importantes de sus vidas.
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Para la familia, ver a las tres graduarse representó además un logro significativo, pues tanto sus padres como sus abuelos tuvieron limitaciones económicas que les impidieron completar estudios superiores. Por eso, acompañar a las hermanas en ese proceso académico se convirtió en motivo de felicidad.
Hoy, además de trabajar, las tres hermanas Cañas Quintero comentaron que quieren continuar estudiando y seguir formándose profesionalmente. Para ellas, la ingeniería no solo representó un reto académico, sino también una demostración de que el apoyo familiar y la constancia pueden derribar cualquier barrera.