Economía

Salario mínimo 2026: el error en las cuentas que enreda el debate sobre productividad

Dos economistas concluyen que la discusión sobre el salario mínimo en Colombia parte de un error metodológico al comparar productividad y salarios.

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Comunicador social - Periodista de la UPB Bucaramanga. Magíster en Estudios Políticos de la Universidad de Caldas. Especialista en Comunicación Digital. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2023. Miembro de Consejo de Redacción.

hace 3 horas

El debate por la fijación del salario mínimo volvió al centro de la conversación pública tras la suspensión temporal del decreto que lo aumentaba 23,7% para 2026.

En medio de discusiones políticas, técnicas y hasta conspirativas, los economistas Leonardo Urrea y Christian Gómez Cañón plantean que el problema de fondo no es ideológico, es metodológico.

En una columna publicada en La Silla Vacía, los autores sostienen que buena parte de la controversia se basa en un error de cálculo al medir la productividad y compararla con el salario mínimo.

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Urrea es economista y magíster en Economía de la Universidad Nacional, profesor auxiliar de esa institución y estudiante de doctorado en Economía de la Universidad de Pittsburgh. Gómez Cañón es economista del desarrollo y magíster en Economía de la Universidad de los Andes. Ambos advierten que la discusión sobre productividad merece mayor rigor conceptual.

Cómo se fija el salario mínimo en Colombia: inflación y Productividad Total de los Factores

En Colombia, el salario mínimo se ajusta desde hace años con una fórmula que combina inflación y variación de la Productividad Total de los Factores (PTF), calculada a partir del modelo de Solow.

La Ley 278 de 1996 estableció la productividad como uno de los criterios para fijar el salario mínimo. Luego, la Sentencia C-815 de 1999 añadió que debe tenerse en cuenta la inflación real del año que termina, garantizando que el salario mínimo no disminuya en términos reales.

Según los columnistas, la PTF tiene una base teórica sofisticada, pero está lejos de ser perfecta. Además, es abstracta, depende de supuestos difíciles de verificar y enfrenta problemas de agregación ampliamente documentados.

Como ha argumentado el economista Daniel Ossa, retomando trabajos de Felipe y McCombie (2013) y Shaikh (1974), la PTF no mide estrictamente avances tecnológicos o eficiencia, sino que es una transformación de la identidad contable del ingreso nacional.

Es decir, más que productividad “real”, refleja cómo se distribuye el ingreso entre capital y trabajo.

Productividad laboral y salario mínimo, una solución que también tiene fallas

Ante las críticas a la PTF, Ossa propuso reemplazarla por la productividad laboral, en otras palabras, el PIB dividido entre el número de trabajadores o entre las horas trabajadas.

Sin embargo, Urrea y Gómez, en su columna, advierten que pasar de “la PTF es imperfecta” a “usemos PIB/L para fijar el salario mínimo” requiere una justificación que no se ha ofrecido, ya que la productividad laboral también tiene limitaciones profundas.

Según los economistas, el primer problema es de atribución. La productividad laboral asigna todo el aumento de la producción al trabajo. Si una empresa produce más gracias a una nueva máquina, el indicador atribuye ese aumento a los trabajadores.

Bajo esa lógica, un incremento del PIB implicaría automáticamente que los trabajadores merecen un alza salarial equivalente, ignorando el papel de la inversión, la tecnología, la gestión o los recursos naturales, se lee en la columna

El segundo problema, para los dos economistas, es la distorsión por composición sectorial. No es lo mismo producir carbón en La Guajira que vender empanadas en Cali o atender una peluquería en Barranquilla. Cuando se promedia todo en un solo indicador nacional, el resultado refleja la mezcla sectorial más que la eficiencia individual.

Por eso, se preguntan: “¿Tiene sentido que el salario mínimo de un mesero, una profesora o una empleada doméstica se determine con base en un choque de precios internacionales que no tiene nada que ver con su trabajo?”.

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Para Urrea y Gómez, el tercer problema es la paradoja cíclica. En recesión, si se despide a más gente de lo que cae la producción, la productividad laboral sube en el papel.

Por ejemplo, en 2020, durante la pandemia, las horas trabajadas cayeron mucho más que el PIB y la productividad por hora se disparó, pasando de un índice cercano a 200 a casi 240, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Así las cosas, usar esa cifra habría sugerido un aumento salarial descomunal en el peor momento económico del siglo.

En recuperación ocurre lo contrario: al contratar masivamente, la productividad cae, lo que sugeriría menores aumentos salariales justo cuando hay mayor capacidad de pago.

Al calcular PIB/L surge la pregunta, como se lee en el texto de los dos economistas, ¿quién es “L”? Si se toma el total de ocupados, se diluye la productividad incluyendo millones de trabajadores de subsistencia. Si se usa solo el empleo formal, se infla el indicador. Un promedio nacional único puede resultar simplista y regresivo, especialmente para pequeñas empresas cuya productividad está lejos de la de sectores intensivos en capital.

El error de unidades: productividad por hora vs salario mensual

El punto más delicado del debate es técnico. Como señala José David Pulido, el cálculo difundido contiene un error de unidades. Se comparó la productividad por hora trabajada, según datos de la Ocde, con el salario mínimo real mensual.

De acuerdo con los columnistas, en Colombia el salario mínimo no se paga por hora, como en Estados Unidos, sino por mes y por trabajador.

Entonces, la comparación correcta es productividad por trabajador contra salario mínimo por trabajador. Solo así, si ambos crecen al mismo ritmo, el costo laboral unitario permanece estable.

Urrea y Gómez asegura que cuando se hace el ejercicio correctamente, usando la productividad por trabajador de la misma Ocde, la conclusión cambia. Hasta 2024, sin contar ajustes de 2025 y 2026, el salario mínimo real ha aumentado entre 15% y 19% por encima de la productividad laboral por trabajador desde 1994.

“Esto implica que los ejercicios contrafactuales que sugieren que el salario mínimo debería superar los dos millones de pesos también se basan en la comparación inconsistente y sus conclusiones cambian radicalmente al corregir la unidad de medida”, dicen los economistas.

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¿Por qué difieren tanto las dos mediciones? Urrea y Gómez explicaron que las horas promedio trabajadas han caído de forma tendencial en las últimas tres décadas y ha habido una reasignación hacia sectores con jornadas más cortas.

Así, mientras la productividad por hora se duplicó entre 1995 y 2024, la productividad por trabajador creció apenas 40%. No es que cada trabajador produzca el doble, sino que trabaja menos horas en promedio.

“El argumento de que existe una brecha creciente entre productividad y salarios se basa en comparar magnitudes que no son comparables. La unidad de medida importa y, en este caso, cambiarla transforma por completo la conclusión”.

Urrea y Gómez insisten en que la discusión no se resuelve reemplazando un indicador imperfecto por otro igualmente imperfecto. La normativa colombiana ya contempla un marco más amplio.

El debate sobre el salario mínimo en Colombia, concluyen, exige más que una batalla de cifras aisladas. Requiere rigor conceptual, coherencia en las comparaciones y honestidad con los datos, por encima de la conveniencia política.

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