Venezuela reconoce que su economía se desplomó un 75% entre 2014 y 2020
El país confirmó que su economía se redujo a la cuarta parte entre 2014 y 2020. Hoy sigue con señales de agotamiento.
Comunicador social - Periodista de la UPB Bucaramanga. Magíster en Estudios Políticos de la Universidad de Caldas. Especialista en Comunicación Digital. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2023. Miembro de Consejo de Redacción.
Por décadas, los venezolanos supieron que su economía se desmoronaba en medio del régimen chavista. Lo vivieron en los supermercados vacíos, en los apagones, en los hospitales sin medicamentos y en las filas interminables para conseguir gasolina. Ante esto, el Banco Central de Venezuela (BCV) guardaba silencio porque las cifras oficiales simplemente no estaban disponibles.
Eso cambió este año, cuando en mayo, el BCV publicó los datos del Producto Interno Bruto (PIB) que cubren desde 2008 hasta el primer trimestre de 2026, incluyendo el período más oscuro de la economía, los años de contracción entre 2014 y 2020.
Por eso, el economista Mario Valdivia Reyes analizó las nuevas cifras del BCV y concluyó que la contracción acumulada de la economía venezolana entre 2014 y 2020 fue del 75,12%. En términos prácticos, eso significa que el país que producía bienes, servicios y riqueza en 2013 quedó reducido a apenas una cuarta parte de sí mismo, siete años después.
Para dimensionar la magnitud de ese colapso, el tamaño de la economía venezolana en 2020 fue incluso inferior al que tuvo en 1964. “En siete años, el país borró todo el crecimiento acumulado en los 50 años previos”, remató Valdivia.
Así le fue a la economía
De acuerdo con los datos del BCV, analizados por Valdivia, la construcción registró el desplome más severo, con una contracción acumulada del 95,90% entre 2014 y 2020. “Estamos hablando, en la práctica, de la paralización casi total de la construcción, reparación y reforma de viviendas, edificios y obras de ingeniería civil como carreteras, puentes, líneas ferroviarias”.
Y lo más revelador es que ese colapso no lo provocó la pandemia del covid-19, aunque 2020 estuvo marcado por casi diez meses de cuarentena. Según el análisis de Valdivia, ya en 2019 ese sector acumulaba una contracción del 90,09%, lo que demuestra que el deterioro fue estructural, no coyuntural.
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En segundo lugar está la manufactura, que en 2013 representaba el 14% del PIB y era la actividad económica más importante del país, acumuló una reducción del 85,01% en esos siete años. “Una contracción del que fue el principal aparato productivo, fabricación de alimentos y bebidas, tabaco, productos textiles, de madera, de metal, químicos, caucho, plástico”. Solo en 2019, ese sector cayó un 43,04%, el peor desempeño anual registrado en todo el período analizado.
Luego está la actividad financiera, que no corrió con mejor suerte porque su valor en 2020 representó apenas el 8,22% de lo que fue en 2013. La razón, según Valdivia, la hiperinflación que se desató con fuerza desde finales de 2017 que destruyó el valor del bolívar y obligó a dos reconversiones monetarias. La masa de dinero en manos del público al cierre de 2020 solo alcanzaba para comprar el 7,02% de lo que se podía adquirir con todos los bolívares que circulaban en 2013. “En otras palabras, a pesar de que el BCV emitía cada vez más bolívares que eran inyectados al mercado, la verdad es que valían cada vez menos”.
Por su parte, la actividad petrolera confirmó la tendencia de los otros sectores. Venezuela llegó a producir 3,34 millones de barriles diarios en 2001. Para 2020, esa cifra había caído a 558.000 barriles. La pérdida de divisas fue proporcional, ya que las reservas internacionales pasaron de 21.500 millones de dólares en 2013 a apenas 6.400 millones en 2020, una caída del 70,36% en siete años.
“El periodo reseñado estuvo marcado por una cuestionada administración de empresas estatales, especialmente las expropiadas durante el chavismo, junto con desinversión en infraestructura, servicios públicos y petróleo. A esto se sumaron un gasto público insostenible financiado con emisión monetaria, distorsiones cambiarias, casos de corrupción y una creciente inestabilidad política y social”, detalló Valdivia.
Cinco años de crecimiento
Tras esta contracción, desde 2021, la economía venezolana comenzó a crecer. Por ejemplo, entre ese año y 2025, el PIB acumuló un aumento del 45,11%, con un promedio anual de 7,83%. Es un crecimiento que existe, que genera actividad económica y que en algunos sectores se siente. Pero Valdivia advirtió que ha sido “desigual entre actividades, regiones y niveles de ingreso”, y no ha estado exento de distorsiones fiscales, financieras y cambiarias.
El rebote lo protagonizó la construcción, que después de haber caído casi el 96%, cualquier recuperación se ve enorme en términos porcentuales. Sin embargo, en 2025 esa actividad todavía representaba apenas el 17,06% de lo que fue en 2013. La minería fue el único sector que logró superar en 2025 los niveles de producción de 2013, impulsada por exportaciones de hierro, aluminio y cobre.
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Por su lado, la manufactura acumuló un crecimiento del 75,27% en cinco años, liderada por alimentos, bebidas, químicos y el sector farmacéutico. Tres sectores, en cambio, quedaron rezagados, la agricultura, la electricidad y el agua, y los servicios empresariales, que apenas crecieron alrededor del 12% en todo el período.
El primer trimestre de 2026
En los datos recientes del BCV también hay del primer trimestre de 2026, pero estos encendieron alertas porque el PIB anual consolidado creció apenas el 2,51%, una desaceleración marcada frente a los ritmos de años anteriores. El PIB petrolero, además, se contrajo un 2,12%. Las actividades no petroleras crecieron el 3,11%, pero con una tendencia claramente descendente.
Según Valdivia, lo que explica ese freno es, en gran parte, la inversión. La formación bruta de capital fijo, que mide cuánto están invirtiendo empresas y Estado en maquinaria, equipos e infraestructura, se contrajo un 12,36% anual. El consumo privado, en cambio, siguió creciendo al 4,49%, señal de que los hogares todavía sostienen cierta demanda interna.
Por sectores la fotografía del primer trimestre es preocupante. La construcción volvió a caer, esta vez un 18,30%. El sector de electricidad y agua acumuló dos trimestres consecutivos de contracción. La minería, que venía creciendo al 29,18% en 2024 y al 23,12% en 2025, apenas avanzó 1,86% en el primer trimestre de 2026.
“Todo esto ocurre mientras la inflación anual alcanzó el 612% en abril de 2026, impulsada principalmente por alimentos y bebidas no alcohólicas, que subieron un 672%. El tipo de cambio se depreció un 461% al cierre de abril. La brecha entre el tipo de cambio oficial y el mercado paralelo supera el 30%, lo que genera distorsiones en precios y erosiona el ingreso de los hogares, especialmente los de menores recursos”, aclaró Valdivia.
La reactivación y las sanciones
Estos datos se conocen en medio de dos factores coyunturales, tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero por Estados Unidos; primero, la reactivación de la producción petrolera, ya que desde enero Venezuela ha enviado 10 millones de barriles de crudo a territorio estadounidense. El segundo factor es la flexibilización de sanciones, cuando el pasado 14 de abril, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos autorizó la negociación de contratos con el Estado venezolano y servicios financieros con bancos del país.
Ante esto, Luis Robles, profesor de Administración en Negocios Internacionales de la Udes, consideró que estos factores pueden impulsar el crecimiento en el corto plazo, pero con matices. “La flexibilización de las sanciones puede generar un impacto positivo en la economía venezolana, especialmente en el acceso al crédito, la llegada de inversión extranjera y la recuperación del consumo interno”. Pero advirtió que ese impacto “sería progresivo”, porque la economía aún funciona muy por debajo de los niveles de 2013 y enfrenta una baja capacidad productiva.
En ese sentido, Helio Fernández, investigador de la Facultad de Administración de Negocios Internacionales de la UPB, anotó que la apertura financiera hará que Venezuela sea “visible nuevamente en el mapa del sistema financiero global”. Pero insistió en que el efecto no será relevante en el corto plazo, ya que “la economía venezolana funciona con menos del 25% de su pulmón económico, sumando períodos largos de hiperinflación, estanflación y marcada dependencia del petróleo”.
En ese orden, la académica María Fernanda Quintero, profesora de la EIA, advirtió: “La reactivación petrolera y un alivio de las sanciones al sistema financiero sí pueden convertirse en un motor coyuntural de crecimiento para Venezuela, aunque hablar de ‘motor’ puede dar una idea equivocada de recuperación sólida”. Por eso explicó que un mayor flujo de divisas y la flexibilización financiera podrían dinamizar sectores urbanos como comercio, servicios y construcción, además de facilitar pagos internacionales y atraer inversión extranjera.
Sin embargo, la investigadora insistió en que el país sigue enfrentando “niveles muy altos de pobreza, empleo informal, desigualdad y pérdida de capacidad adquisitiva”, por lo que el crecimiento económico sería más “un rebote desde un piso muy bajo” que una recuperación estructural.
Por su lado, Fernández destacó que en el actual contexto político hay un panorama más abierto a organismos como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, lo que puede facilitar acceso a financiamiento externo. Pero insistió en que la recuperación dependerá de reformas estructurales que hagan al país jurídicamente seguro y políticamente estable.
Más allá del optimismo que generan las licencias y la reactivación petrolera, los analistas identificaron riesgos estructurales que no se resuelven con decretos ni con precios altos del crudo. Robles enumeró la alta dependencia del petróleo, la inflación, la baja capacidad productiva y el deterioro de la infraestructura y los servicios básicos. “A eso se suma el bajo poder adquisitivo de la población, que limita la recuperación del consumo interno”.
Quintero añadió que una eventual recuperación podría ser “segmentada”, concentrada en Caracas y en sectores dolarizados, mientras buena parte de la población seguiría excluida. “Para que vuelva el crédito se necesita confianza, estabilidad macroeconómica, inflación controlada y reglas claras”.
Fernández agregó que cerca de 8 millones de venezolanos, el 22% de la población, abandonaron el país durante la crisis. Entre ellos, técnicos, ingenieros y trabajadores calificados cuya salida deterioró la capacidad productiva del aparato económico. El 58% de los ingenieros que trabajaban en el sector petrolero emigraron, según datos especializados. “Recuperar ese capital humano toma tiempo, y no siempre regresa”.
Por otro lado, Robles señaló que una mayor estabilidad venezolana impulsaría el comercio bilateral con Colombia y generaría oportunidades para empresas colombianas en sectores como alimentos, transporte, construcción, servicios y logística. Las ciudades fronterizas como Arauca, Bucaramanga, Cúcuta y Maicao serían las primeras en sentir ese impulso. A su vez, Fernández recordó que Norte de Santander tuvo durante la crisis tasas de desempleo superiores a la media nacional, y que la recuperación venezolana puede reactivar el comercio formal, los servicios financieros y el turismo en esa región.
“Nos mantenemos a la espera de que la banca privada de ambos países presente instrumentos concretos para mejorar las condiciones de inversión y comercio, lo cual sería el paso que terminaría de normalizar operativamente la relación bilateral”, indicó la Cámara Colombo Venezolana.
Además, la Cámara Colombo Venezolana, con base en estimaciones de analistas económicos, calculó que este año el PIB del vecino país crecerá al 8% y en los próximos años lo seguirá haciendo a doble dígito. “En esta nueva etapa vemos que el gobierno está enfocado en reactivar los negocios en el ámbito energético, de minería y de industrias básicas, que tradicionalmente han jalonado su economía”.
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