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En La Estrella hubo lluvia de billetes por jugar Piedra, papel o tijera

Un empresario de la industria webcam lanzó su carrera como influencer regalando plata.

  •  256 Personas participaron a la convocatoria realizada por Camilo Camacho para jugar Piedra, papel o tijera Foto: Jaime Pérez Munévar
    256 Personas participaron a la convocatoria realizada por Camilo Camacho para jugar Piedra, papel o tijera
    Foto: Jaime Pérez Munévar
  • En La Estrella hubo lluvia de billetes por jugar Piedra, papel o tijera
  • En La Estrella hubo lluvia de billetes por jugar Piedra, papel o tijera
11 de febrero de 2023
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El campeonato de Piedra, papel o tijera más grande de Colombia ocurrió el domingo 5 de febrero en un estudio de fotografía en La Estrella. La cita era a las tres y media de la tarde. Participaron 256 personas. El primer lugar se ganó 8 millones de pesos, el segundo, 2 millones. En total, los premios sumaban 13 millones. Además, los dos finalistas concursaron —en un reto casi imposible— por un Mercedes Benz A 200 o un cheque por 88 millones.

El torneo lo hizo Camilo Camacho, un hombre de Medellín que a sus 29 años se ha hecho millonario gracias al negocio de las webcams; con ese evento empezó su carrera como influencer en redes sociales: su objetivo es llegar a 10 millones de seguidores en su cuenta de Instagram con una estrategia infalible: regalar plata. Así lo hace su ídolo, Mr. Beast, un youtuber gringo que tiene 133 millones de seguidores y regala cientos de miles de dólares, casas, carros y hasta islas.

El anuncio de la dinámica lo hizo el mismo Camacho en noviembre del año pasado. Para participar era necesario suscribirse a su recién creado canal de Telegram y también darle like, comentar y compartir un video de Instagram. Entre las casi 1.000 personas que participaron escogió 200. Los 56 cupos restantes los utilizó como incentivo para que las modelos de sus estudios aumentaran la facturación en el primer mes de este año: podían concursar las de mejor desempeño.

Eran casi las cuatro de la tarde. Afuera el sol todavía chispeaba, ardía. Adentro, las casi 300 personas sudadas miraban hacia el fondo del lugar: ahí, en una esquina, estaba el Mercedes Benz blanco con vidrios oscurísimos y un moño rojo que iban decididos a ganarse sin ningún esfuerzo. Al lado del carro, en una mesa larga cubierta con un un mantel blanco había cuatro maletas metálicas abiertas llenas de billetes didácticos de dos mil. También había un cheque simbólico firmado por el nuevo influencer.

Camacho apareció en un ascensor industrial a un lado de la bodega en medio de una algarabía. Estaba todo vestido de negro, recién motilado, los dientes muy blancos y una cadena de oro. En una mano llevaba un megáfono, también negro. Se paró en medio de los premios y empezó a dar un discurso sobre crecimiento personal que casi nadie alcanzaba a escuchar pero que nadie se atrevió a interrumpir.

Camacho arrancó en el modelaje webcam cuando tenía 20 años y no encontraba ningún trabajo que le gustara, estuvo como modelo casi seis meses. Le fue bien, se ganaba casi dos millones de pesos mensuales. Rápidamente inició su camino como empresario. Cuenta que la vida le cambió cuando empezó a leer sobre superación personal a comienzos del 2016, en un momento en el que su primer estudio estaba al borde de la quiebra y su padre acababa de dejar a su mamá y a su hermana menor. Ahora, seis años y varios miles de millones de pesos después, está convencido de que es un elegido, un diferente, un líder nato capaz de convertir en dinero cada negocio que toca, capaz de transformar la vida de sus empleados, que puede cambiar el mundo. “Yo soy como de otra dimensión” fue lo primero que me dijo un par de días después del concurso en su apartamento en Provenza.

A los concursantes del Piedra, papel o tijera les dijo en una de sus intervenciones que si querían hacerse millonarios lo único que tenían que hacer era caso.

En el piso de la bodega que olía a recién pintada estaban pegadas las cintas negras que marcaban el espacio para cada pareja. Eran tres filas con ocho puestos en cada una. Después del discurso de apertura, el equipo de logística llamó a los participantes en orden de llegada. Cada concursante tenía un número del 1 al 256 asignado y pegado en la parte derecha del pecho. El 1 contra el 2, el 3 contra el 4 y así sucesivamente.

Entre cada participante y su rival no había ni 30 centímetros. El brazo no alcanzaba a extenderse completo. Para avanzar de ronda había que ganar dos de tres partidos. Camacho era el que marcaba el inicio del juego con el grito de rigor: “Piedra, papel o tijera”, omitiendo el tradicional conteo previo hasta tres. Luego, si había empate, volvía a gritar hasta que el ganador levantara el brazo. No había árbitros ni supervisores. En el Piedra, papel o tijera no hay disputas ni injusticias.

Tal vez no exista un juego más democrático que ese: no se puede entrenar, no requiere ninguna habilidad, no hay distinciones de género o de edad, tampoco culturales o de lenguaje. Basta con tener una mano. Según la teoría de juegos —la rama de las matemáticas que estudia la toma de decisiones en situaciones donde se puede obtener un beneficio o un perjuicio en función de lo que decidan otras personas— la mejor manera para competir en un Piedra, papel o tijera es ser lo más aleatorio posible. El que piensa pierde. Por eso conviene que entre ronda y ronda no haya mucho tiempo para idear una estrategia, pero Camacho aprovecha las pausas para regalarle $200.000 a las cinco personas que primero le tomen una foto y la publiquen en Instagram con su nombre.

Con el paso de las rondas, el calor de la competencia subía. Al final casi nadie se miraba a los ojos. Cada uno, con las manos atrás, buscaba cualquier punto en la pared, como la cajera de un supermercado cuando el cliente pone la clave de la tarjeta. Las piernas flaqueaban, en ese punto, los jugadores, que antes se paraban firmes como boxeadores en la báscula, parecían futbolistas meneándose en el momento de los himnos.

En La Estrella hubo lluvia de billetes por jugar Piedra, papel o tijera

Según la leyenda, los primeros registros del juego aparecieron en China dos siglos antes de Cristo. De ahí pasó a Japón donde se popularizó en el Siglo XVII y donde todavía hoy es una actividad con una popularidad importante: se hacen campeonatos que se transmiten en televisión nacional y sus ganadores lloran como reinas de belleza. A comienzos del Siglo XX, el juego se expandió por Asia, Europa y Estados Unidos. Los gringos incluso crearon la Asociación Mundial de Piedra, papel o tijera, que organiza torneos en todo el mundo.

Ese día en La Estrella se jugaron poco menos de 255 partidos. Para ganar había que vencer en ocho rondas, una más de las que se necesita para ganar un mundial de fútbol. No hay registros de cuántas veces ganó la piedra o perdió el papel, pero un estudio hecho por la universidad china de Zhejiang en 2014 sugiere que en el Piedra, papel o tijera los jugadores tienden a seguir el orden lógico del juego: primero la piedra y de último la tijera. También es probable que después de haber ganado con cualquiera de los gestos los jugadores repitan la fórmula en la siguiente ronda, y es muy poco probable, dice el estudio, que un participante repita su elección tres veces seguidas.

Karen Escobar, una de las modelos que trabaja para Camacho, y Alejandro Muñoz, uno de sus seguidores en temas de inversiones digitales y crecimiento personal, llegaron a la final. Para quedarse con los ocho millones había que ganar tres de cinco enfrentamientos. Tuvieron que jugar ocho veces. Al final, ella, la concursante número 133, sacó piedra y ganó.

Luego participaron por el carro o por los 88 millones. Para ganar había que batear una pelota de béisbol y meterla en una cesta de baloncesto que llevaba toda la tarde ignorada en una esquina del escenario. Tenían tres oportunidades para encestar dos veces. Nadie estuvo ni siquiera cerca, pero nadie se quejó.

Karen tiene 26 años y lleva puesta una blusa blanca con la espalda destapada, un jean claro y unas botas negras. Es bajita, tiene el pelo negro y largo, los ojos grandes. No lleva casi maquillaje y a simple vista no se parece a sus compañeras de trabajo. Apenas empezó hace dos meses como modelo webcam, pero solo le ha contado a su mamá. A sus hijos —uno de 11 y otro de 3— y a su pareja les dice que trabaja creando contenido audiovisual.

Ella llegó al estudio de Camilo porque su hermana menor, que ya lleva dos años en el negocio, la animó. Ella, cuenta Karen, se hace hasta $7 millones de pesos quincenales y desde que empezó en el trabajo ha sido una estrella.

Pero llegar al estudio de Camacho no es fácil. La fila para entrar a Model Network —así se llama la empresa— es larga. Las condiciones de trabajo, dicen quienes conocen la industria, son diferentes al resto: a sus modelos no les impone horarios, no las multa por llegar tarde o por pararse varias veces en una transmisión para ir al baño. Les da capacitaciones sobre finanzas personales, las invita a leer libros de superación personal, les pone un psicólogo con el que hacen un plan de retiro, las motiva a que después de recoger un capital importante cambien de trabajo.

En La Estrella hubo lluvia de billetes por jugar Piedra, papel o tijera

Pero el que tal vez sea el principal valor agregado de los estudios de Camacho es que en estos no existe la figura del monitor, el personaje que en casi todos los estudios del mundo se encarga de vigilar los movimientos de las modelos: que no se duerman, que estén haciendo el trabajo “bien”, que no vayan mucho al baño, que lean los mensajes del chat, que no se lleven clientes por su propia cuenta.

Nada de eso ocurre en las tres sedes que tiene Model Network en las que trabajan casi 180 mujeres. Por eso Karen se entrenó seis meses antes de entrar. Dice que se metió al gimnasio, se empezó a maquillar, dejó el cigarrillo y empezó a leer. Trabaja en la sede de La 33, que más que un estudio webcam parece un hotel de 4 estrellas. Cada habitación tiene un baño privado con ducha, una cama de 1.60 por 1.90, dos luces profesionales, dos mesas de noche, aire acondicionado, un espejo, un trípode, una cámara de alta definición, una foto de los hijos. Tiene tres pisos y en el último hay un jacuzzi, una cocina, un asador de barril y una sala de maquillaje de canal de televisión.

Y aunque Karen dice que ese trabajo le cambió la vida, todavía no ha podido terminar una semana en la que se gane más de los $350.000 que se ganaba en su laburo anterior, cuando fabricaba zapatos con una amiga. La noche previa al inolvidable domingo en el que se ganó ocho millones de pesos por jugar Piedra, papel o tijera, Karen había transmitido casi nueve horas seguidas y no había facturado ni un dólar.

Al día siguiente de ganar el primer partido de su vida, Karen no tiene tiempo para atender entrevistas. Camacho les prometió un viaje a Cartagena en marzo con todo pago y solo podrán ir las modelos que más facturen. Allí él regalará mucha plata y a cambio conseguirá muchos seguidores y muchos millones.

Álvaro Guerrero Arango

Administrador sin ejercicio y periodista sin sección

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