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Los impactantes datos de salud mental que dejó la pandemia y fueron revelados por la OMS

Un informe de la OMS mostró que los trastornos de ansiedad y depresión crecieron 25 % después de la pandemia. Diagnósticos tempranos son rentables para el sistema de salud.

  • Uno de cada seis años perdidos por incapacidad en el mundo son producto de una enfermedad mental. FOTO: Archivo
    Uno de cada seis años perdidos por incapacidad en el mundo son producto de una enfermedad mental. FOTO: Archivo
Los impactantes datos de salud mental que dejó la pandemia y fueron revelados por la OMS
Publicado el 23 de junio de 2022

En el último informe global sobre salud mental, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló que países como Colombia han tumbado barreras para mejorar la atención en materia de salud mental en los últimos años.

No obstante, el documento dejó entrever la preocupación internacional que despiertan los efectos del covid-19 en el bienestar psicológico global. Se sabe, por ejemplo, que tras la pandemia los reportes de trastornos de ansiedad y depresión subieron un 25 % en todo el mundo.

El reporte global mostró que las enfermedades mentales más comunes son precisamente ese par: seis de cada diez personas diagnosticadas con un trastorno de este tipo presentan ansiedad o depresión (ver gráfico).

Luego vienen otros padecimientos como los trastornos del desarrollo con el 11 %, la hiperactividad y el déficit de atención con un 8,8 % y el trastorno bipolar con el 4,1 %.

Pese a que se calcula que 1.000 millones de personas sufren de alguna enfermedad mental en todo el mundo, la plata que les destinan los gobiernos a atenderlas es, por decir lo menos, escasa.

Según los cálculos de la OMS, en promedio los países solo les otorgan un 2 % de su presupuesto sanitario a los tratamientos y la prevención de trastornos mentales. La cifra sube al 10 % en los países de ingresos altos.

Esta baja inversión se refleja, por ejemplo, en la falta de personal sanitario especializado en atender trastornos mentales. El informe de la OMS muestra que cerca de la mitad de la población mundial vive en países donde solo hay un psiquiatra por cada 200.000 habitantes.

En todo caso, en los países pobres, la situación es incluso más grave: en promedio, solo hay un profesional en salud mental por cada 100.000 habitantes. En cambio, en países ricos, la presencia de estos trabajadores de la salud es de 60 por cada 100.000 habitantes.

El nivel de renta de los estados nacionales es clave dentro de la conversación de salud mental. De hecho, el informe de la OMS mostró que ocho de cada diez personas con un trastorno de estas características viven en países de ingresos bajos y medios.

El documento anota que en estos países hay un “círculo vicioso entre salud mental y pobreza”. Según se señala, la vulnerabilidad aumenta debido a la “falta de bienestar sanitario, redes de seguridad social y obstáculos para acceder a un tratamiento eficaz”.

A esto se le suman factores como la violencia intrafamiliar, crianza negligente, comportamientos de riesgo o autolesivos, consumo de drogas y alcohol, entre otros.

Los pacientes que requieren esta atención, además enfrentan dificultades en materia de acceso a medicamentos y tecnologías que, de estar disponibles adecuadamente, serían determinantes para mejorar su estado de salud y, con ello su calidad de vida.

En busca de un diagnóstico

Lion, una mujer oriunda de Israel, fue víctima de abuso sexual prolongado en su niñez. Cuando las agresiones terminaron, ella tuvo una crisis de salud mental.

“Varias partes de mí se separaron para sobrevivir”, explicó Lion, quien fue invitada a dar su testimonio dentro del informe. Sus síntomas eran atípicos y confundieron a varios especialistas a los que acudió para sanarse y encontrar un diagnóstico. “Es confuso”, anotó Lion. “Estaba bien cuando las cosas iban mal, pero me sentía preocupada y aterrorizada cuando las cosas iban bien”, contó.

La sombra del dolor le hacía más daño que el dolor mismo. “Vivir con la expectativa de que el abuso volvería a ocurrir pronto significa vivir en un estado de estimulación sensorial extrema”, explicó.

Los terapeutas que la atendieron la diagnosticaron erróneamente, lo cual alargó sus padecimientos.

“Nadie me dijo que era básicamente una superheroína”, dijo. “Mi crisis demostraba que me había estado guardando el infierno por el que había pasado durante demasiado tiempo”, agregó.

Luego, contactó a un especialista que dio en el clavo. Le dijo que ella sería una “experta interna” y él un “experto interno” y que ambos iban a trabajar para mejorar su estado de salud. Entonces, encontró que lo que Lion tenía era un trastorno de identidad disociativo, que fue detonado por el trauma que le causaron los abusos de los que fue víctima cuando era niña.

Recibió su diagnóstico con el alivio de quien pasa demasiado tiempo debajo del agua y puede sacar la cabeza para respirar. Lion pudo estudiar trabajo social y se convirtió en jefe del Departamento de Experiencias Vividas en Enosh, la asociación de salud mental de Israel.

El caso de Lion es, sin embargo, una excepción, pues la falta de educación y los múltiples obstáculos que existen para acceder a un servicio de salud mental adecuado impiden que los pacientes con trastornos consigan su diagnóstico y, con ello, un tratamiento adecuado.

La OMS advirtió que hay evidencia científica de que detectar tempranamente estas enfermedades mentales puede ser, incluso, rentable para los sistemas de salud.

Por ejemplo, diagnosticar e intervenir la psicosis tempranamente puede “mejorar el resultado clínico de los pacientes”, pero también generar “rendimientos de inversión”, lo cual a la larga ahorra dinero.

Este es un principio de salud pública que aplica también para las enfermedades mentales: dar recursos para prevenir que un paciente se agrave siempre será más barato que pagar para mitigar los efectos de su padecimiento.

Infográfico
Sebastián Ramírez Torres

Iba a ser médico, pero me volví periodista. Me gusta debatir y hablar mucho y de todo. Creo que la información es un patrimonio inmaterial y público.


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