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¿Qué dicen las estatuas que caen y las que siguen en pie?

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Por juan felipe zuleta valencia | Publicado el 27 de septiembre de 2021

El llamado revisionismo de monumentos es una oportunidad para construir una memoria más amplia.

Hace 94 años el escritor austriaco Robert Musil proclamó que en este mundo no había nada más invisible que un monumento. Una denuncia sobre el excesivo uso de estatuas y bustos para instaurar una memoria hecha a medida, según explica Iván Gallego, del Centro de Investigaciones del Patrimonio Cultural del Externado.

La falta de identificación de la sociedad frente a esos símbolos se convirtió en progresivo rechazo después de la Segunda Guerra Mundial. “Los monumentos fueron concebidos para erigirse de manera hegemónica, para ensalzar el heroísmo e imponer indefinidamente el triunfo de unos sobre otros. Después de lo que vivió la humanidad en la Segunda Guerra no era posible hablar de heroísmos ni aceptar una memoria jerarquizada”, expone.

Hoy, la ola de confrontaciones alrededor de monumentos en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica demuestra que están lejos de ser los invisibles elementos ornamentales que señalaba Musil. En Europa han caído estatuas de reyes, como la de Leopoldo II en Bélgica, responsable del genocidio congoleño; en Reino Unido cayeron monumentos de esclavistas; en Estados Unidos han derribado cientos de símbolos confederados y de colonizadores, tal como ocurrió en México.

Durante las protestas de 2020 y 2021 en Colombia fueron derribados monumentos de Misael Pastrana, Diego de Ospina y Medinilla, Sebastián de Belalcázar, Simón Bolívar, Antonio Nariño, Gonzalo Giménez de Quesada, Julio Arboleda Pombo y Gilberto Alzate Avendaño.

Esta semana el debate en torno a los monumentos conmemorativos, el patrimonio colectivo y el espacio público tuvo otro momento álgido por cuenta de la demolición del monumento a los Héroes en Bogotá, en lo que opositores a la alcaldía de Claudia López vieron un gesto político, pero que ya había sido acordada desde 2019 como parte de las obras para dar paso al metro.

Fabio Zambrano, director del Instituto de Estudios Urbanos, advierte que, aunque incómodo y complejo, la revisión de la historia en torno a estos símbolos no desaparecerá, pues en esencia es la huella que están dejando las nuevas generaciones y minorías en busca de su identidad y de una memoria histórica más amplia.

¿Qué hacer entonces? Ni en Colombia ni en el exterior hay consenso al respecto. Las opciones que contempla el debate abarcan desde la posibilidad de avalar la remoción de monumentos que agredan a poblaciones y grupos específicos, como los esclavistas o conquistadores; pasando por la opción de intervenir y resignificarlos o crear nuevos símbolos de memoria.

En lo que sí parece haber puntos de encuentro es en la necesidad de evitar estigmatizaciones, juicios simplistas y tratar de entender en su totalidad el contexto de cada hecho. Tras el derribo de la estatua de Belalcázar en Popayán, hace justo un año por parte del pueblo Misak, 633 expertos de diversos campos, unidos en una iniciativa del Externado, rechazaron las amenazas y racismo contra los Misak y pidieron que estos hechos sean la puerta para comprender de una manera más amplia la historia del país. A continuación algunas reflexiones alrededor de los monumentos que cayeron, los que siguen en pie y los que se levantan

Contexto de la Noticia

buscar símbolos que representen

David Blight, ganador del Pultizer 2019, ofreció en junio de 2020 a la BBC varias de las reflexiones más ponderadas sobre el fenómeno de revisión de monumentos. “Las personas pueden derribar 100 monumentos en un mes. ¿Pero qué haces después? ¿Qué planeas ahora como forma de decir, "eso no es lo que somos"? Bueno, ¿quiénes somos entonces?”, interrogó el profesor de Yale. Entre las conclusiones de Blight sobre el tema, señala que el derribo y reubicación de estatuas es apenas una fase en la búsqueda del nuevo paisaje conmemorativo y que tal vez, cree, este no deba estar conformado por esculturas, sino por otras representaciones, las mismas que se exploran desde hace varios años con Alemania como punto de partida de los llamados contramonumentos, de la mano de artistas como Horst Hoheisel, quien en su intervención en 2018 en la cátedra Ernesto Restrepo Tirado, del Museo Nacional, expuso que ante el “aplastamiento de la historia” que ejerce el monumento tradicional, por sus características avasallantes y su pretensión de imponer una historia de manera indefinida, el camino de las nuevas generaciones para hacerle contrapeso es a través de expresiones que desafían la concepción de la monumentalidad (arte performativo, murales, espacios que exigen la interacción del público) partiendo de un cambio fundamental: el objetivo ya no es recordar ni celebrar, sino no olvidar. Laura Arciniegas, investigadora del Laboratorio de Estudios de Arte y Patrimonio de Los Andes, señala que en el país se consolidan nuevas expresiones de memoria colectiva. Murales y graffitis en plazas y barrios; o la intervención de símbolos como Los Héroes, un monumento en el que conversan tanto pasado como presente, y que fue diseñado por el arquitecto fascista Angiolo Mazzoni, que huyó de Italia tras la caída de Mussolini, estuvo a cargo de la cartera de obras públicas en Colombia y diseñó el monumento por pedido de Laureano Gómez, en homenaje a los soldados colombianos que pelearon en la Guerra de Corea. Tras la caída de Gómez por el golpe de Estado de Gustavo Rojas, el objetivo de la obra cambió para rendir tributo a los soldados de la Independencia. En los últimos años se convirtió en punto de encuentro y en lienzo para plasmar los más diversos reclamos sociales. De ahí que su demolición despertara desconcierto entre todas las orillas políticas y sociales.

La experta cree que Los Héroes ofrece uno de los ejemplos más emblemáticos de hacia dónde debemos conducir el debate del patrimonio público y la memoria: hacia la convivencia de todas las miradas. En esa ruta, dice, no cabe la desaparición de estatuas incómodas como solución a la construcción de una historia más incluyente y tampoco es útil la estigmatización sobre intervenciones a estos símbolos o la anulación de espacios, como los murales creados por colectivos sociales y censurados por otros ciudadanos o la fuerza pública.

interpelar a las estatuas que no dicen nada

El 1° de mayo pasado manifestantes en Manizales derribaron un busto sobre el que hubo tres versiones distintas durante los 13 días posteriores. Primero, que era del político Gilberto Alzate Avendaño; luego, el diario La Patria dijo que era de Benjamín López, un personaje local, y después el mismo medio dijo que era una estatua NN. Finalmente, tras aclaración del Instituto de Cultura y Turismo de Manizales se supo que sí era del político conservador, es decir, los jóvenes que lo tumbaron tenían razón. Este es un ejemplo de lo que el historiador de la Universidad Nacional y doctor en Patrimonio Histórico, Manuel Osorio, llama “la desconexión total entre los monumentos apostados en las ciudades y la ciudadanía misma. Colombia está llena de estatuas que no dicen nada”. Por ejemplo, en el caso de la capital antioqueña, en el documento Patrimonio de Arte público en Medellín: la ciudad de las (casi) 500 esculturas, se describe cómo durante las primeras décadas del siglo pasado la ciudad se volcó al montaje frenético de monumentos sobre “héroes, personajes ilustres y fechas”, una memoria colectiva que rechazó a la vez los símbolos que surgieron espontáneamente entre la ciudadanía, fenómeno que encuentra similitudes con lo ocurrido en otras ciudades como Bogotá, según la investigación Disputas Monumentales de Carolina Vanegas. Monika Therrien, antropóloga, historiadora, docente de la Universidad Javeriana y directora de proyectos de la Fundación Erigae, dice que la falta de participación en la construcción de patrimonio durante el siglo pasado es una deuda que empieza a saldarse ahora y que está ocurriendo en parques, universidades, barrios y calles. En ese nuevo espacio cabe, no solo “interrogar quiénes son y por qué están donde están” sino, incluso, intervenirlos. Tras el derribo del busto de Alzate Avendaño se instauró el debate en la ciudad sobre por qué había una placa de él sin nombre, quién la puso y qué papel cumplió como personaje público el hombre de quien decenas de instituciones educativas heredaron su nombre y quien también es señalado como activo simpatizante del fascismo, tal como consta en diversas publicaciones académicas.

La caída del busto trajo consigo un inusitado interés por la vida y obra del escritor y político que vivió entre 1910 y 1960. Las búsquedas en Google aumentaron entre el 1 y 8 de mayo en un 140 %, situación similar a la ocurrida con el derribo el 4 de mayo en Popayán de la estatua del Poeta Soldado, homenaje al influyente poeta y político Julio Arboleda, cuestionado por el papel que cumplió a favor del esclavismo en el Cauca y toda Colombia.

juicios y conversaciones aplazadas

El derribo de la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, en Bogotá, el pasado 7 de mayo, fue el tercer acto de reivindicación ante el país del pueblo Misak en defensa de todos los pueblos originarios, conforme dice Édgar Velasco, secretario del Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente –AISO–. “(Jiménez de Quesada) fue el gran masacrador y violador de las mujeres de nuestros pueblos. Su estatua cayó porque agrede nuestra historia de lucha y porque es un guiño contra quienes buscan violentar a las mujeres de este país, y a nuestras comunidades”, dijo el comunero. En septiembre de 2020 los Misak habían derribado la estatua de Sebastián de Belalcázar en Popayán, y el 28 de abril pasado hicieron lo mismo en Cali con otra figura del mismo conquistador, condenado a muerte en 1544 por la corona española por su trato degradante contra indígenas y por crímenes contra otros conquistadores. Frente a quienes señalan estos como actos vandálicos, Velasco responde que lo que hacen es invitar a la conversación que el país eludió durante el siglo pasado. Un hecho que respalda su posición es que solo hasta después de la Constitución de 1991, el Museo Nacional, concebido para mostrar la historia desde una mirada institucional, amplió su visión para incluir la riqueza multicultural del país. El director de Patrimonio del Ministerio de Cultura, Alberto Escovar Wilson-White, reconoce que el país tiene conversaciones postergadas al respecto. “Que el monumento de un conquistador se ubique sobre un territorio de una sensible importancia ancestral y arqueológica para los Misak como el morro de Tulcán, en Popayán, definitivamente es un hecho alrededor del cual debimos instaurar un diálogo hace muchos años, que seguramente habría llegado a la conclusión sensata, en este caso, de reubicarla. Pero el derribo de una estatua, además de cerrar puertas a consensos, anula una mirada patrimonial y una propuesta estética que también hace parte de la historia que nos pertenece”, dice. Velasco cuestiona si realmente sin estas acciones que llevaron a cabo los colombianos se hubieran sentado a debatir sobre el papel de los colonizadores, cuyas imágenes se apostan en plazas y parques, en los grandes problemas no resueltos de la Nación.


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