Cuando no había neveras para que el frío conservara la carne –hasta comienzos de 1930 se popularizó ese electrodoméstico en el mundo–, esta se veía colgada en palos, llena de sal. Este mineral era capaz de retrasar el avance del tiempo y las bacterias. Así la conservaban, para no tener que comérsela toda de una sola sentada.
Es su uso más primitivo e incluso en la antigüedad se le conoció como oro blanco. Era tan preciado que a los soldados de la Antigua Roma se les pagaba con ella. Hoy no ha dejado de ser importante, porque el cuerpo la necesita, entre otras cosas, para regular el ritmo cardiaco, prevenir espasmos y mantenerse hidratado. El problema es su abuso.
La clave está en el sodio: la sal de mesa común contiene un 40 % de este mineral....