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Así les fue a los chilenos y a los sudafricanos con sus plebiscitos

  • Si bien en Sudáfrica se dijo Sí, y en Chile No, en ambas experiencias triunfó la opción que abogaba por la reconciliación entre los hijos de un mismo país.FOTOS afp
    Si bien en Sudáfrica se dijo Sí, y en Chile No, en ambas experiencias triunfó la opción que abogaba por la reconciliación entre los hijos de un mismo país.FOTOS afp
  • Así les fue a los chilenos y a los sudafricanos con sus plebiscitos
Por daniel armirola r. | Publicado el 04 de septiembre de 2016
Infografía
Sudafricanos y chilenos ya se reconciliaron en plebiscito

Se oía a diario, en televisores y radios de Santiago, de Valparaíso y otras ciudades: “aunque el marxista se vista de seda, marxista queda”. En 1988, la campaña del miedo en Chile intentó evitar que la reconciliación, la convivencia, la tolerancia a las diferencias, y en suma la democracia, se anotaran un triunfo en el plebiscito del 5 de octubre.

Gran parte del pueblo le tenía miedo al fantasma del comunismo. Pensaban que si se daba fin a la dictadura de Augusto Pinochet, el país transitaría nuevamente por episodios de caos como los de 1973. El régimen era consciente de esto, y diseñó una campaña para exacerbar esos “temores a lo rojo” entre la población.

Sudáfrica vivió una antesala similar al plebiscito que realizó en 1992. El Partido Conservador pudo capitalizar de entrada el miedo entre los ciudadanos blancos a un gobierno de los negros. “Frederik de Klerk es el único mandatario en Occidente que está negociando su salida, la de su partido y la de su pueblo del poder. Nosotros nunca nos rendiremos ante un gobierno de mayoría negra, un régimen comunista y terrorista”, decía entonces Andries Treurnicht, fundador de dicha bancada.

Ante esa retórica, la respuesta de sectores que buscaban cambios en la compleja historia de Chile y Sudáfrica fue la misma. Dar esperanzas a la gente, enviar un mensaje de alegría por la opción de un país en el que —tanto en los Andes como en Cape Town—, todos tuvieran cabida a pesar de sus ideas, su raza o pasado.

EL COLOMBIANO repasa con expertos cómo ambas naciones dejaron atrás, mediante plebiscito, las diferencias históricas que estaban sembradas en sus poblaciones. Chile en 1988, Sudáfrica en 1992, transitaron un camino muy similar al que prevé iniciar Colombia y tuvieron mucho éxito en ello.

Chile dijo “No” al odio

Desde septiembre de 1973, el golpe de Estado al presidente socialista Salvador Allende buscó estabilizar Chile por la fuerza. En este sentido, cualquiera que tuviera ideas de izquierda fue asesinado o torturado, debió exiliarse, o debió seguir viviendo su vida manteniendo férreo silencio sobre la política de su país.

En la década de los ochenta todo cambió. La presión internacional sobre la dictadura de Pinochet forzó a que el régimen tuviera que legitimarse con el voto popular.

“La Constitución pinochetista, la de 1980, le dio a este un periodo presidencial de ocho años. La ley entonces decía que al fin de ese mandato, la junta de gobierno militar debía proponer a un candidato para un nuevo periodo de ocho años como presidente. Dos meses antes de cumplirse ese tiempo, los militares propusieron a Pinochet de nuevo para el máximo cargo. El plebiscito por tanto preguntaba: ¿Usted quiere que Augusto Pinochet siga siendo presidente de Chile por los próximos ocho años?”, explicó el politólogo chileno Patricio Navia, docente de la Universidad de Nueva York (NYU) y columnista.

De esta forma, en el plebiscito chileno, votar Sí era mantener el statu quo, mientras que el No era apostar por un futuro distinto, esperanzador, en el que se llegaba a una democracia que le diera cabida a todas las ideas políticas.

“Durante los ochenta, el país salió de una crisis económica, la economía por tanto iba bastante bien en 1988. Pero estaba también el legado de las violaciones a los derechos humanos por parte del régimen. Eso generó bastante incertidumbre ante el resultado del plebiscito. Mientras la dictadura creía que la gente iba a votar por el bolsillo, la oposición trató de hacer una campaña para mostrar que la situación económica iba a seguir siendo favorable, pero ya con un gobierno democrático, más legítimo y respetuoso de las diferencias políticas”, agregó.

Como en todo lugar que se apresta a resolver pacíficamente sus diferencias históricas, el nivel de tensión era elevado y se dieron varios intentos por sabotear el proceso. “Después de todo estábamos en una dictadura. Solo unos meses antes del plebiscito el gobierno puso fin al toque de queda que había por las noches. Había chilenos que estaban exiliados por sus ideas políticas, había chilenos presos por su ideología, víctimas de la dictadura, y víctimas de atentados terroristas de grupos guerrilleros que estaban tratando de derrocar a Pinochet, — naturalmente no tan poderosos ni numerosos como las Farc en Colombia, principalmente el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (Fpmr) —. Hubo muertos de parte y parte y eso agregó mucho nerviosismo a ese tiempo. Había dudas sobre si se iba a aceptar el resultado del plebiscito, en caso de que Pinochet lo perdiera”, recordó Navia.

Llegó el 5 de octubre y los chilenos acudieron masivamente a las urnas. La tensión estuvo lejos de mermar. Desde temprano, el triunfo del “No” era evidente, pero los conteos que sacó la dictadura eran completamente distintos. En las lentas horas del recuento, hubo varios episodios sombríos de censura a medios, riesgo de estallido en calles, y reunión de la junta militar en el Palacio de La Moneda.

En esta última, los altos mandos castrenses le comunicaron a Pinochet que debía aceptar la derrota, y tal como sostuvo desde entonces el general (R) Fernando Mattei, se negaron a firmar un acta que el tirano proponía para tener prerrogativas que impedirían el fin de la dictadura.

Tras publicar los verdaderos resultados, y la victoria contundente del No, los chilenos se agolparon en las calles a celebrar. No era para menos, en adelante todos tenían el mismo derecho de determinar qué querían para su país en una democracia que no los juzgaba por ser de izquierda o derecha. Chile era todos ellos y no solo una parte.

Sudáfrica sin blanco y negro

La división racial impuesta por el apartheid durante casi cinco décadas mantuvo a los sudafricanos en un clima de enfrentamiento y odio. El combustible que alimentó la perpetración de un sistema inhumano fue el temor a los grupos africanos de izquierda en Guerra Fría. Pero también en este caso, durante los ochenta la coyuntura cambió.

“En el 89, con la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, el gobierno de Sudáfrica quedó prácticamente solo. Hasta entonces era el aliado de Occidente para luchar contra el comunismo en Angola y Mozambique, principalmente. Por eso, a pesar del apartheid, era apoyado por Londres, Washington y París. Pero a partir de ese año las sanciones empiezan a tener mucho peso, la economía queda destrozada, y a Frederik de Klerk no le queda más opción que negociar con Nelson Mandela y legalizar al Partido Comunista, al Partido Panafricano y al Congreso Nacional Africano (ANC)”, explicó Jerónimo Delgado, docente e investigador del Centro de Estudios Africanos de la Universidad Externado

En Sudáfrica se vio una guerra sucia que intentó sabotear el proceso de pacificación y fin del apartheid que impulsaba Mandela. “El gobierno blanco financiaba secretamente al Partido de la Libertad Inkatha, de los zulúes y de Gatsha Buthelezi, para dividir a los negros frente al ANC de Mandela, lo que devino en una guerra sucia causada por el gobierno y lo que forzó varias veces que ‘Madiba’ se levantara de la mesa”, dijo.

“Pero el apoyo a este último fue tan grande que el gobierno y Buthelezi no tuvieron más opción que llegar a un acuerdo con él para una Constitución mientras se hacía la transición y para la realización de un plebiscito el 17 de marzo del 92”, afirmó.

Tras esto, se dio una época de violencia sectaria, promovida por los sectores opuestos al proceso y alimentada por la misma retórica del miedo que servía al apartheid. Varias masacres intentaron minar la esperanza de los sudafricanos.

La pregunta del plebiscito fue “¿Apoya la continuación del proceso de reforma que el presidente del Estado comenzó el 2 de febrero de 1990 y que apunta a una nueva Constitución a través del diálogo?”. La respuesta, a diferencia de Chile, dejaba en el Sí la esperanza de un país mejor y más incluyente, y en el No el enquistamiento en un pasado de segregación y odio.

“La oposición a este mecanismo fue muy fuerte, principalmente de los blancos conservadores y de los radicales del AWB, dirigidos por Eugene Terre’Blanche. Lo curioso es que fue la última vez que votaron solo blancos, y estos decidieron que se acabara el apartheid”, concluyó delgado.

El plebiscito sudafricano no significó la paz del país —ya que dichos sectores de ultraderecha, opuestos al proceso, siguieron perpetrando masacres, tales como las de Mmabatho en 1994, previo a las elecciones libres—, pero abrió el camino para ver una Sudáfrica en la que todas las etnias, razas e ideas pudieran por fin convivir como iguales.

Dos lecciones a Colombia

A pesar de notables diferencias en el grado de violencia, naturaleza del enfrentamiento, entre otras, las experiencias de Chile y Sudáfrica tienen mucho en común. Principalmente, ambos países superaron el temor a lo otro para después vivir en un entorno mejor, de pluralismo.

“Cualquier campaña en defensa del statu quo juega con el miedo a lo desconocido, a lo que está al otro lado de un acuerdo, para mantener beneficios de un sector. Lo valioso de Sudáfrica es que la justicia transicional demostró que funciona. La lección más importante es que mediante esa justicia restaurativa se logró que la mayoría de la gente estuviera de acuerdo en que era más importante la reconciliación que cualquier venganza particular”, dijo Delgado.

“El Sí en Chile era mantener statu quo. Pero la gente siempre quiere esperanzas de un país mejor para sus hijos, humano, donde todos pueden ser hermanos. Y mientras que en Chile eso le ayudó al No, creo que en Colombia le va a ayudar al Sí”, vaticinó Navia.

Contexto de la Noticia

OPINIóN decidimos pensando en la historia

patricio navia
Politólogo y columnista chileno
“Hasta hoy la política chilena se ordena en torno a dónde estaban los líderes en ese plebiscito. Todos los presidentes que hubo desde 1990, estuvieron por el No en 1988. Los que apoyaron a Pinochet quedaron marcados. Hoy, cuando le preguntan a la gente por qué opción votó, muy pocos reconocen que por el Sí. Ahí podemos ver que lo que logró el No fue convencernos que estabamos al lado de la historia. Que 20 años después ibamos a mirar hacia atrás y decir ‘hice lo correcto’. Así creo que va a ser en Colombia. Están votando por sus hijos, y algún día ustedes dirán a sus nietos si fue por la paz o contra la paz”.
Daniel Armirola Ricaurte

Salsero a ultranza. Volante de salida. San Lázaro me protege antes del cierre. Máster en Periodismo - El Mundo (España). Redactor Internacional - El Colombiano.

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