Cintillo de indicadores económicos Colombia

Pico y Placa Medellín

viernes

7 y 9 

7 y 9

Pico y Placa Medellín

jueves

3 y 6 

3 y 6

Pico y Placa Medellín

miercoles

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

martes

1 y 4  

1 y 4

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

5 y 8  

5 y 8

“En el mundo hay que reivindicar una retórica del disenso”: filósofo Albert Lladó

El filosofo y periodista español visitó Medellín en el marco de la tercera edición del Festival de Filosofía Comfama. EL COLOMBIANO habló con él sobre su libro Contra la actualidad: treinta preguntas ante la robotización del presente.

  • Albert Lladó fue uno de los invitados al Festival de Fiosofía de Comfama. Foto: Cortesía Makma
    Albert Lladó fue uno de los invitados al Festival de Fiosofía de Comfama. Foto: Cortesía Makma
hace 5 horas
bookmark

Durante un año, después de leer un libro, una noticia en el periódico o ver una película, Albert Lladó se puso una tarea. No era escribir una reseña ni anotar sus impresiones —como solemos hacerlo ahora cuando, por ejemplo, al salir del cine dejamos nuestra “crítica” en Letterboxd o en cualquier lugar de internet—, sino formular una pregunta que, más allá de permitir que eso visto o leído no se escurriera de la memoria, pudiera poner a hablar entre sí asuntos inesperados, como un juego de mesa, una aplicación para citas y un relato de Edgar Allan Poe.

Lo que terminó generando el periodista y filósofo español fue un ensayo en un formato inesperado. Contra la actualidad está conformado por treinta preguntas cuyas respuestas construyen y, al mismo tiempo, van en contravía de aquello que él llama la “robotización del presente”, es decir, lo que se caracteriza por ser un tiempo donde no hay espacio para la interpretación y para el interrogante mismo.

¿Podemos tener celos del pasado?, ¿por qué nos gustan los aplausos?, ¿por qué las humanidades no nos han protegido ante lo inhumano?, son algunas de las preguntas que el también profesor se hizo a sí mismo y le extiende al lector para así darle pie a una conversación en la que hay lugar para cualquier duda.

EL COLOMBIANO conversó con Lladó sobre el libro, publicado por la editorial Galaxia Gutenberg, en el marco del Festival de Filosofía de Comfama, donde fue uno de los invitados internacionales de su tercera edición.

En esas treinta preguntas y treinta respuestas, de manera implícita, usted termina describiendo eso que ha llamado “robotización”. ¿Cómo definiría ese concepto?

“Este libro es una exploración del asombro. Para mí es eso: ¿qué queda de una experiencia cultural, de una lectura, de una película? Si no queda un asombro, algo que de alguna manera no has capturado del todo, que te ha generado una pregunta, una imagen, por ejemplo, un imaginario, pero hay algo que no has podido capturar del todo, ese es el poso que queda para mí, la huella.

Es la pregunta que no es que sea una pregunta, sino una pregunta a la que puedes volver dos o tres años después. Y esa era la búsqueda: qué rastros de asombro quedan cuando nosotros estamos consumiendo culturalmente. Esto es lo que también vincula, para mí, periodismo y filosofía: la exploración del asombro. ¿Aún tenemos curiosidad por el mundo?

Muchas veces parece que no, porque estamos tan inmersos en la generación del mundo, que solo estamos ejecutando. Y me interesaba explorar eso y también trasladarlo al lector. Que hay cosas que, si uno se fija, son extrañas. El mundo es extraño. Lo que pasa es que nosotros tenemos la mirada del autómata.

Yo, durante el libro o durante mi trabajo, siempre me pongo un lema: ‘Intenta no ser ni soldado ni autómata’. Y esa es la exploración de este libro y, en realidad, creo que de todo lo que he hecho: no ser un soldado, en la idea de una obediencia ciega, y no ser un autómata, dejándose caer por la tentación de la inercia, que es algo a lo que todos estamos abocados, y a lo que se refiere esta robotización”.

Otros dos asuntos clave son la tendencia y la actualidad. ¿Cómo deberíamos comprender estos conceptos actualmente?

“Bueno, yo lo sufrí. Es una experiencia personal, porque empecé a trabajar en La Vanguardia, que es un diario importante de Barcelona. Cuando empecé a trabajar en la sección digital, donde coordinaba la sección de cultura digital, éramos 30 periodistas y había una persona dedicada al SEO, al posicionamiento en buscadores.

Al cabo de seis años, cuando dejé este trabajo, éramos 30 periodistas y 30 profesionales del SEO. Y, por lo tanto, la pregunta de ‘¿para quién estamos haciendo esto?’ me perseguía constantemente. Sí hablábamos de actualidad, pero a mí me interesaba reflexionar sobre qué diferencia había entre la actualidad y el presente. Y para mí hay una diferencia clara. Es una diferencia periodística, pero también filosófica e incluso política.

Si nosotros nos dejamos llevar solo por la tendencia, alguien ha construido esa tendencia. ¿Y quién tiene más capacidad de poner eso en la agenda? ¿Quién tiene más medios, quién tiene más poder? Por lo tanto, es una pereza, en este caso peligrosa: la pereza del periodista. Es la pereza de dejarse llevar por lo que te han inoculado los poderes.

Y yo, como entiendo el periodismo como un contrapoder, esto me generaba mucha zozobra”.

De hecho, en el libro hay una pregunta sobre por qué “huele mal” el periodismo, y ahí es inevitable ver cómo usted critica, pero también cómo defiende el oficio...

“Si critico el periodismo es porque lo amo profundamente. Porque me parece, de verdad, como decía Gabo, el mejor oficio del mundo. Si no, no me dedicaría a pararme y a escribir sobre ello. Mi crítica viene desde el amor profundo hacia una profesión que no solo es una profesión, sino una forma de vida. Es una técnica, es un oficio, pero es otra cosa: es la garantía de una sociedad libre, plural y polifónica, que escucha la mayor cantidad de voces posibles.

Y eso, en realidad, es la pulsión en la que nace la filosofía. La filosofía es antiautoritaria. Sócrates nace yendo a los poderosos y haciendo preguntas incómodas. ¿Qué es una rueda de prensa sino eso? Es exactamente lo mismo. Y, por lo tanto, mantener viva esa pulsión —no es que el periodismo sea filosofía, tienen escenarios diferentes—, pero comparten pulsiones y esto me interesa muchísimo.

De hecho, llevo tres o cuatro años investigando sobre esto. Muchas veces se ha dicho que la entrevista periodística tiene como primer antecedente el interrogatorio policial. Y es verdad que, cuando nacen los primeros grandes diarios en el siglo XIX, publican transcripciones de interrogatorios policiales o fiscales. Y siempre se han hecho muchas tesis doctorales sobre ello.

Yo ahora me he dedicado a intentar comparar entrevistas paradigmáticas, las de The Paris Review, por ejemplo, con los diálogos socráticos. He cogido toda la obra de Sócrates y la he puesto a comparar. Y vemos que hay una pulsión que se repite: la mayéutica, dar a luz algo que el entrevistado no sabe. Esto lo hace Sócrates y lo hacemos nosotros. Yo ahora estoy hablando, pero es posible que diga algo que no había pensado, gracias a los pies que me das.

Esto es una posición, un gesto que nace con Sócrates, muchos siglos antes de que naciera el periodismo como tal. Y luego está la ironía, este hacerse el tonto del periodista: ‘Tú sabes perfectamente de qué me estás preguntando y, sin embargo, te haces el tonto’. Esto es socrático totalmente. La ironía nace con Sócrates.

Y aunque la filosofía tiene unos registros distintos al periodismo, sí que tiene esos vasos comunicantes y me ha interesado siempre explorarlos. Me interesa para garantizar esa pulsión antiautoritaria que te decía antes: el periodismo como una forma de contrapoder, de ver las trampas del poder y ponerle un espejo. Es lo que hace Sócrates y es lo que hace un periodista”.

Ahora, si cambiamos la perspectiva hacia la de los lectores, ¿cómo sería el asunto?

“Uno de los grandes peligros del periodismo y de la sociedad actual es lo que hemos llamado la cámara de eco: solo queremos escuchar aquello que nos complace. La autocomplacencia, para mí, es la primera forma de autocensura del periodismo: no querer molestar. Todos lo hemos acabado haciendo alguna vez.

No hace falta que te frene un jefe muchas veces. Pero luego, ya no en el periodismo, sino en general, vamos a leer aquello con lo que estamos de acuerdo, vamos a buscar aquello que reafirma nuestros prejuicios, y esto no lo va a curar el periodismo. Es una cuestión profundamente pedagógica y aquí la educación es muy importante. O el pensamiento es crítico o no es pensamiento.

Y con esto se empieza desde los cuatro o cinco años: aprender a ‘friccionarse’. Siempre hay como una retórica del consenso. Yo creo que en el mundo hay que reivindicar una retórica del disenso. No vamos a poder estar juntos si no estamos juntos estando en desacuerdo.

Y eso es un gran problema. Lo estamos viendo con las IA. Yo le pregunto a Claude, le pregunto a ChatGPT y jamás me lleva la contraria. ¿Esto qué va a generar en nosotros? Imagínate cuando alguien te lleve la contraria: ¿lo vas a ver como un enemigo? Este es uno de los grandes problemas actuales, sin ninguna duda”.

Además del periodismo, hay otros elementos que plantea en el ensayo como resistencia a la robotización: el deseo, el juego y la imaginación. Después de terminar el libro, ¿se le ha ocurrido algún otro elemento que vaya en contravía de esto?

“Yo creo que ahí, tanto el juego como el ritual y como el símbolo son espacios que la máquina, que el algoritmo, no sabe codificar bien por su propia ambigüedad. Porque el símbolo es ambiguo; si no, no es símbolo, ¿no? Sería un signo, sería un semáforo. Esto es un signo cerrado: todo el mundo entiende que verde es pasar, rojo es no pasar. Pero el símbolo no; el símbolo es interpretable.

Y yo creo que la importancia que le hemos quitado al mundo ritual es importante volverla a poner sobre la mesa, porque genera narrativas distintas. No son narrativas de la cronología, que nace y muere, sino ‘narratologías’ de alguna repetición que no es una repetición que viene de la inercia, sino de la comunión, del deseo de estar juntos.

Entonces, por ejemplo, cuando hablamos de ritual, a veces parece que estemos hablando de una cosa ultramega religiosa, ¿no? Y son simplemente esas repeticiones que nosotros nos damos para recordarnos quiénes somos. Por ejemplo, hace unos días aquí ha sido la Feria de Flores. Cuando uno va a la Feria de Flores o va a una fiesta mayor, da igual, uno inmediatamente recuerda con quién estaba el año pasado. Y cuándo fue la primera vez que fue con su abuelo, por ejemplo. Eso lo que hace es generar una narrativa que no es cronológica, que es una repetición. Es lo que Nietzsche llamaba el eterno retorno.

Yo creo que eso es muy interesante porque hay que combatir lo que algunos han citado como la cronopatía. Hay muchos tiempos posibles. El tiempo cronológico es importante, es muy importante, pero no puede ser que monopolice toda nuestra vida.

Digo que es importante porque, si ahora a mí me da algo en el corazón, espero que en una cronología brevísima llegue una ambulancia. No, no, no quiero ningún ritual. Claro. Pero vivir todo el tiempo como si estuviéramos esperando una ambulancia lo que genera es una sociedad profundamente angustiada, ansiosa, y ahí estamos todos, ¿no? Una ansiedad que viene por esa imposición del cronos a todo. Y no todo es cronológico. Hay cosas que se repiten, por suerte”.

¿Qué pregunta no logró responder haciendo el libro?

“Si soy sincero, creo que ninguna de las 30 preguntas han sido respondidas. A mí lo que me interesa de la pregunta es que genere una investigación. Pero no, no se responden del todo.

Yo creo que las preguntas, las buenas preguntas —no sé si hay alguna buena pregunta en el ensayo, pero si hay alguna— no clausuran el problema. Lo que hacen es abrir una posibilidad de investigación. Pero yo creo que una buena pregunta no debería cerrarse. De hecho, esto es lo que hace el algoritmo: una pregunta puramente formal es fácil de responder. Una pregunta filosófica lo que hace es generar ahora otra pregunta.

Susan Sontag tiene una frase maravillosa que dice: ‘Las buenas respuestas no responden las preguntas, las destruyen’. Y esa es la idea: que la respuesta genere otra pregunta, no que se cierre ahí.

Y ese era el objetivo de las preguntas: no tanto dar respuestas, sino esas preguntas que te mueven, que te desplazan. Porque ahora hablo del deseo, ¿no? Esto me interesa. ¿Por qué el deseo vuelve a ponerse en el centro del debate filosófico? Había quedado absolutamente aparcado en los últimos 15 o 20 años. Vuelve a aparecer el deseo, ¿no? ¿Por qué? Bueno, porque seguramente hay una pregunta no resuelta sobre el deseo en un mundo puramente maquinal, donde el cuerpo ha quedado desplazado. Y eso no se resuelve fácil con una respuesta”.

¿Y hay alguna pregunta que no se haya atrevido a responder?

“Pues mira, el silencio que acabo de hacer ahora tiene que ver con las preguntas sobre el silencio. Son muy difíciles, son muy interesantes, porque el silencio habla.

Hay un dramaturgo, Juan Mayorga, que dice una cosa muy bonita: el habla del teatro y el silencio del teatro. Él dice: ‘El silencio es lo contrario a la mudez’; o sea, el silencio habla.

Y no es que no me haya atrevido, pero las preguntas sobre el silencio me interesan mucho y son difíciles porque, por su propio carácter, son inefables. Habrá que encontrar fórmulas”.

¿Qué pregunta nos deberíamos hacer todos?

“En general, diría: ¿qué nos hace ser humanos? Yo creo que es una pregunta que no es nueva, y las preguntas que no son nuevas creo que son interesantes porque, sinceramente, vuelven. Y esto ha llevado al lugar individual: ¿qué hace que yo sea yo? Esa pregunta.

Además, me interesa porque es una pregunta que cada cuatro, cinco o seis años te la puedes volver a hacer y vuelve a funcionar desde un lugar diferente. Uno, cuando va a terapia, por ejemplo, está haciéndose esa pregunta constantemente. Y la respuesta que tú das a los 20, a los 25, a los 35 o a los 45 es distinta. Por lo tanto, la pregunta no se agota.

La pregunta es como un ritual. Estas preguntas rituales son interesantes porque nos vuelven a resituar en una cadena de sentido, que es nuestra vida. Le damos sentido otra vez a la vida, pero desde lugares diferentes.

Por lo tanto, como comunidad, ¿qué nos hace humanos? Y, como individuos singulares, ¿qué hace que yo sea yo? Es la pregunta, en realidad, a la que no se puede responder. Hay que construir una narrativa para responder. Y esto es lo que nos hace seres narrativos.

A mí me parece que, en realidad, no hace falta hacerlo desde la filosofía. Alguien lo hará desde la psicología, alguien lo hará desde la pintura, pero es una pregunta que nos hace profundamente humanos. La máquina no se la va a hacer”.

Nuestros portales

Club intelecto

Club intelecto
Las más leídas

Te recomendamos