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Albina, adelanto de la nueva novela de Juliana Muñoz Toro

  • Juliana Muñoz Toro
    Juliana Muñoz Toro
Por Juliana Muñoz Toro | Publicado el 25 de mayo de 2022

Un beso en cada párpado
para un sueño despreocupado

Era el primer día de otoño.

Aunque entonces no sabía lo que era otoño ni había cazado hojas secas en el parque ni había perseguido ardillas hasta que mamá me gritara Erea, Erea, vuelve aquí que te vas a quemar, te vas a quemar, eres muy blanca, eres tan débil, estás hecha de telas de araña.

Era el primer día de otoño, y mamá, el Mago y yo salimos de casa con maletines café o ataúdes que encerraban ropa muerta, ropa mojada de lágrimas y mocos, arrugada, hecha bolita. Ataúdes que nadie podía alzar, en los que yo había jugado a entrar y a quedarme quieta. Era un juego, nadie se iría, la ropa seguiría por siempre en el mismo lugar, doblada, con olor a violeta y con algunas polillas dormidas, esas mariposas de alas rotas.

Papá era el único que no veía a través de mi transparencia. Cuando él me miraba, yo me sentía grande y bella; tu piel es la de la luna, me decía, aunque yo sabía que la luna no tenía piel sino piedras y polvo. Papá fue el único que no salió ese día, el primero de tantos, así son las cosas, los niños tienen que estar con su madre, decían. Me quemo, me quemo, papá, no me dejes ir.

Él se despidió primero del Mago con un beso en la frente. Cuidarás a tu hermana, le dijo. El Mago no entendió, no escuchó, ya estaba dormido en el asiento del taxi, soñando con sus conejos blancos. A mí me repitió lo de cada noche, solo que no era de noche aunque todo estaba oscuro:

Un beso en cada párpado para un sueño despreocupado.

Dormí durante el viaje, ojos cerrados en pleno vuelo. Recuerdo una casa de campo roja y de marcos blancos, una puerta abierta, una mujer a quien, de tan encorvada, la cabeza le salía del pecho. Nos abrazó sin despegar de sus labios una pipa de tabaco. Olía a flor marchita, la flor que estaba aplastada en el libro favorito de papá marcando una frase que no se podía olvidar y que ahora mencionaría si no fuera porque en aquel entonces yo no sabía leer. El Mago la reconoció, o adivinó su nombre, y la llamó tía Pipa.

Entré a la casa más encorvada que ella. Quise tomar la mano del Mago, pero había desaparecido.

Por qué no escuchaste a papá, Mago, ¿quién más me iba a querer? Mamá hablaba casi sin respirar sobre el avión, el mundo pequeñito desde arriba, el mundo y su origen, cómo se descubrió el fuego, los hombres mono que se parecían a papá, y ahí me tapé las orejas y de haber podido las hubiera tapado con tierra. No quería saber nada malo de él, el único que no veía a través de mí, el único que me decía Erea, Erea, qué colorida estás.

Me quedé sola con Pipa. Me dio la bienvenida, o eso creo, no hablábamos el mismo idioma. Me alzó y me llevó a la sala, donde tenía un mueble de madera con libros de cocina, porcelanas de angelitos y un regalo para mí. Era un libro con las hojas en blanco. Me lamenté y le grité que qué libro más aburrido. Menos mal no me entendió, o se hizo la que no entendía.

En ese momento yo no sabía lo que podía hacer con una página vacía.

Es de mala suerte salir a jugar con una albina

No quería estar en ese lugar. No quería estar sin papá.

La primera noche en la casa roja, me puse las sábanas encima y vi el techo de mi casa, mi verdadera casa, donde no existía el otoño, y allí gravitaban los extraterrestres que proyectaba mi lámpara favorita. Esa lámpara cabía en el ataúd de viaje, mamá no quiso llevarla. Vamos a empezar una nueva vida, dijo. Yo quería lo viejo, mi lámpara, mi cama, el acuario en el que flotaban barcos y peces que papá hacía con papel tornasolado.

Me sentí triste y llamé a mamá sin decirle mamá, sino Rosa, como le decía papá. Ese no era su nombre sino el color de sus mejillas, Rosa, decía, y le apretaba las mejillas y ella sonreía. Cuando sonreía.

Rosa se acostó en mi cama y cerró los ojos, no dormía. Respiración de pájaro. Le puse la mano en el pecho para sentir su corazón, saber que seguía ahí. Pensaba que la peor manera de morirse era estando dormido. Su cuerpo era pequeño, casi la mitad del de papá, y su cabello era tan delgado que cuando lo acaricié en la oscuridad creí que se había vuelto blanco como el mío. En el fondo seguía siendo café ramas de árbol.

A la mañana siguiente, ya se había ido. Debía tomar el primer tren para llegar a la ciudad. Dormiría contra el vidrio, pensaría de nuevo en la historia del mundo, en los hombres mono y cómo contar eso en una hoja de papel.

Encontré al Mago en la cocina desayunando cereal de chocolate. Lo miré como miraría un perro enamorado, quería que jugara conmigo o que me llevara a pasear. Ni siquiera sabes amarrarte los zapatos, se quejó. Iré descalza, llévame contigo. Te llevaré conmigo el día en que se sonrojen tus mejillas. Esas cosas no se pueden aprender, Mago. No hablé, gemí. Fui un cachorro frío, mojado, huérfano. Ven entonces, debes ser la piedra más callada y pálida del parque.

Seré la piedra más callada y pálida del parque.

Lo seguí hasta una casa abandonada. A lado y lado del camino había árboles que se daban las manos en lo alto, las sombras entrelazadas de sus hojas no dejaban que los rayos del sol me alcanzaran y me pincharan la piel. Erea, te vas a quemar, te vas a quemar.

Anduvimos hasta llegar al pie de una reja. Mi hermano me abandonó allí, lo vi alejarse, vi su pelo encendido, como si el sol lo hubiera quemado. En la puerta entreabierta se detuvo, no te muevas, ordenó. Obedecí, intenté obedecer, pero no había sombras y mis ojos ardían, mis pestañas eran telas de araña.

Abrí la reja y entré a la casa. Subí por unas escaleras en espiral que estaban hechas de madera. Mis pisadas sonaban a crujir de galleta, yo era Gretel y mi hermano había sido devorado por la casa. La galleta se rompió y caí sobre mi rodilla favorita. La que era mi favorita. Regresé sola a casa de la tía Pipa por el camino de árboles abrazados. Me esmeré en dejar gotas de sangre por el camino por si el Mago no sabía cómo regresar.

Estaba decidida a esconder la herida, Mago, para que supieras que sabía guardar bien un secreto. La tía, que miraba los pies de las personas como si ahí quedaran los ojos, me vio cojear. ¿Por qué te cubres las piernas?, me preguntó en su idioma. Porque son muy blancas. Una nube de humo me hizo toser y tuve que cubrir mi boca. Dejé expuestas mis piernas de tiza, la piel agrietada.

Pipa se jaló el cabello, mitad negro y mitad blanco. Culpó al Mago y él me culpó a mí.

Es de mala suerte salir a jugar con una albina.

Un año dura para siempre

Soñé varias veces que papá era una ardilla.

Intentaba llamarlo, las palabras no me salían. Si quería decir ardilla, me tenía que convertir en una y así saltar a la rama en la que él me esperaba. Entonces abría los ojos y corría a la puerta con la esperanza de despedir a mamá o de ver llegar a papá.

Un día llegó una ardilla de verdad. Me esperaba afuera, encima del buzón. En esa época, la gente aún mandaba cartas y en las cartas se podían poner besos y pegar flores que viajaban en el sobre junto con algún aroma familiar y la letra temblorosa del que estaba lejos.

Llegó papá, grité. El Mago abrió la puerta, tenía edad para hacerlo. Yo salí primero, salí sin el sombrero que debía ponerme, salí sin camisa larga, sin sombrilla. Por poco salgo desnuda. Yo sabía que era una carta de papá diciendo sálvame, Erea, que me ahogo en medio del mar. Salí a buscarte, ya casi llego, ya casi.

La tía Pipa me ordenó que esperara adentro. La vi cojear hasta el buzón y pasaron años, décadas, y yo era grande y mi piel había oscurecido y podía correr y llegar antes al buzón para encontrar la letra de mi padre. Pipa regresó con una postal. Cojeaba con alegría, es tu papá, Erea, me dijo en su lengua, que todavía no entendía ni entendería, pues Rosa no quería que yo fuera a la escuela. Podrían hacerte daño, Erea, y no quiero, no quiero porque te quiero.

El Mago estaba furioso. Dijiste que había llegado papá y es la foto de un bicho, un bicho feo y colorido. También me desilusioné.

Por qué, papá, no decías que estabas ahogándote por verme, o por lo menos me contabas un cuento para que Pipa lo leyera imitando tu voz: había una vez una mujer que tuvo un hijo y el hijo resultó ser un pajarito. Historias así. Yo mandaría a escribir de vuelta explicándote que no era un hijo sino una mascota. Tú contestarías al día siguiente que sí era un hijo que dormía en una cuna rodeado de juguetes, hasta que un día el padre fue a besarlo y encontró una pluma o una carta de despedida, adiós, papá, tuve que volar. Historias así.

Mi hermano arrugó la postal con la foto de una mariquita. Espera, espera, le dije, el caparazón de la mariquita tiene las mismas manchas de tu cara. Él desapareció, pensando que me burlaba, y con él desapareció la mariquita que yo quería tener también en la piel, puntos negros uno tras otro, salir volando de rojo.

A Rosa no le hablamos de la postal. Cuando llegó le dio tres o cinco besos al Mago y a mí me preguntó por qué me veía tan pálida. La miré como si pudiera atravesarla. Le reclamé que necesitaba saber cuándo volvería a ver a papá, y debí parecer seria, adulta. Al fin me contestó que quizás lo vería al comenzar el próximo otoño. Eso no significaba nada para mí. En un año, Erea, me explicó.

Un año dura para siempre.

Bajé la mirada. Ella me pasó los dedos por el pelo, de la coronilla a la cintura, sus dedos tan cortos y delgados, lo recuerdo. Agarró tres mechones, me tejió una trenza. Dibuja algo en tu libro blanco, Erea, puedes dibujarte a ti misma, y cuando sientas que te falta color solo necesitas pintarlo.

Fui a buscar el libro y un lápiz de color. Mi mano temblaba. Tracé unas líneas. Qué mal dibujas, Erea, pasé la hoja con rabia. De nuevo apreté el lápiz, me quedé inmóvil y quise gritar, ayuda, ayuda, Rosa, ayuda, Mago, no puedo hacerlo. Antes de que pudiera chillar llegó una mariquita y se paró sobre el papel. Sus alas de rojo, sangre de una rodilla herida. Con el lápiz la encerré en un círculo amarillo y ella no se movió. Podría dibujarla de memoria aún todavía.

Eras mía, brillante señorita


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