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La consagración del escritor Arnoldo Palacios

El Ministerio de Cultura ha dedicado el 2024 a la memoria del autor de Las estrellas son negras y La selva y la lluvia. ¿Por qué ha tenido un papel menos protagónico que otros en el canon de la literatura?

  • El escritor Arnoldo Palacios durante la presentación de ‘La selva y la lluvia’, una obra que editó en Rusia pero que nunca se había publicado en Colombia hasta el 2010. Foto Colprensa - Christian Castillo.
    El escritor Arnoldo Palacios durante la presentación de ‘La selva y la lluvia’, una obra que editó en Rusia pero que nunca se había publicado en Colombia hasta el 2010. Foto Colprensa - Christian Castillo.
09 de febrero de 2024
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En las primeras semanas de 2024 el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes –encabezado por el literato Juan David Correa, antiguo editor principal de Planeta– promulgó dos documentos en los que consagra este año al estudio y la difusión de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera, y a la obra completa de Arnoldo Palacios. Aunque ambos homenajes tienen una poderosa razón de ser –el centenario de publicación y natalicio de la novela y el autor, respectivamente–, lo cierto es que también dejan a la vista la intención del ministerio de exaltar libros que interpretan la filosofía del actual gobierno nacional. Tal y como ha sido siempre. En este caso, La Vorágine y la figura de Arnoldo Palacios traen a la discusión pública el tema del papel de las poblaciones indígenas y afro en la construcción del país.

Desde el siglo XIX las elites letradas han concebido y empleado las artes literarias como un canal para tramitar los debates acuciantes de la vida pública colombiana. No se falta a la verdad si se dice que la literatura colombiana ha sido el escenario privilegiado de las disputas políticas y culturales del país. Esto lo saben muy bien los historiadores, sociólogos y antropólogos.

¿Y qué pintan La Vorágine y Arnoldo Palacios en todo esto? Tanto la novela de Rivera como los libros de Palacios denuncian la explotación de los indígenas y los afros. También señalan al occidental blanco como el responsable de las muertes de estas poblaciones y la pérdida de sus sabidurías ancestrales.

Los planteamientos de fondo de estos dos escritores coinciden en buena parte con el discurso del presidente Gustavo Petro y de la vicepresidenta Francia Márquez. Y el ministro Correa, en una columna que publicó con motivo del centenario de Palacios, titulada Las estrellas sí son negras, lo subrayó diciendo: “Palacios creó uno de los universos literarios más profundos y ricos del país. Debe leerse con mucha más convicción para entender cómo la literatura se ha adelantado por mucho a las crisis que nos parecen nuevas”.

Arnoldo Palacios, el escritor

Arnoldo Palacios nació el 20 de enero de 1924, en Cértegui, un municipio ubicado a casi cincuenta kilómetros de Quibdó, la capital del Chocó. Según un artículo publicado por Julio César Uribe, Arnoldo se radicó en 1939 en Quibdó y de allí viajó a Bogotá en 1943 para terminar sus estudios de bachillerato. Por esos años entró en contacto con Manuel Zapata Olivella, el padre de la literatura afrocolombiana del siglo XX, autor de La calle 10 y Changó el Gran Putas, entre otras novelas. Bajo la influencia de las ideas de la función social de la literatura, Palacios publicó en 1949 Las estrellas son negras, su novela más conocida. En ella el lector asiste a la lucha de Irra por la supervivencia, en un ambiente signado por el contraste entre la riqueza de la naturaleza y la pobreza mental y material del narrador. A este libro debe Palacios su reconocimiento. Entre otras razones porque, como señala Jesús Elías Córdoba Valencia, refleja “de una manera casi fotográfica muchos aspectos de la vida social chocoana”,

Radicado en Europa desde los años cincuenta, Palacios salió del radar de la crítica literaria colombiana. Sin embargo, en el Viejo continente tuvo una existencia de galán itinerante, según el relato que hizo Gustavo Vasco de la vida del autor en la reedición de Las estrellas son negras en la Biblioteca Afrocolombiana del Ministerio de Cultura. “Fue en el transcurso de una de sus varias hospitalizaciones cuando tuvo contacto próximo con una apuesta enfermera, con quien vivió la primera de una serie —para nada precaria— de aventuras amorosas que lo condujeron a su posterior deambular por no pocos países de Europa”, escribió Vasco. Las hospitalizaciones a las que hace alusión Vasco fueran la consecuencia de la poliomelitis que padeció Palacios desde su infancia en el Chocó. Dicha enfermedad lo hizo depender de por vida de un par de muletas.

Más allá de sus aventuras sentimentales del autor, son sus vínculos con intelectuales de izquierda los que dan sustento a su perfil literario. “En Europa Arnoldo Palacios se relaciona con personajes de la talla de Jean Paul Sartre, Leopoldo Sédar Shengor, Aimé Césaire y Frantz Fanon, entre otros”, recuerda Córdoba Valencia. En este punto vale recordar la enorme importancia que tuvo para una generación de escritores y artistas la idea del compromiso del intelectual, encarnada en los 50s y 60s por Sartre. Los otros mencionados fueron “defensores y activistas en los temas de descolonización, movimientos de liberación nacional, la independencia de algunos países del continente africano, afirmación de la negritud y del concepto de la diáspora africana”, en palabras de Córdoba Valencia. La selva y la lluvia y Buscando mi madredediós son los otros libros de Palacios que se consiguen en las librerías de Colombia. La primera fue reeditada en 2010 por Intermedio, después de una edición príncipe hecha por la editorial Progreso, de Moscú. La segunda la publicó en 2009 el Ministerio de Cultura, en alianza con la Universidad de Valle,

¿Las estrellas son negras?

La recepción de la obra de Palacios tuvo en su momento criticas ambivalentes. En 1950, Hernando Téllez consideró a Las estrellas son negras el mejor libro de prosa publicado en Colombia. El veredicto tiene el peso de haber sido emitido por uno de los críticos liberales importantes de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, un joven reportero de la época se alejó de ese dictamen y señaló lo que en su opinión eran los rasgos predominantes del libro de Palacios: “un gastado molinillo de resentimiento racial, la mediocridad técnica y la insignificancia humana de su protagonista”. Tal afirmación de Gabriel García Márquez no asombra: en ese instante el futuro Nobel estaba metido de lleno en la escuela de la novela gringa, cuyos maestros fueron Ernest Hemingway y William Faulkner. Por el contrario la novela de Palacios estaba alineada con la escuela del realismo socialista. Curiosamente este comentario de García Márquez casi que ha desaparecido de los estudios posteriores de la novela de Palacios.

En la misma línea del autor de Cien años de soledad está la opinión de Jaime Arrocha, para quien ‘Las estrellas son negras’ se inscribe en la tendencia del afropesimismo. “Las estrellas son negras es un libro tremendamente lúgubre. Hay una especie de pornomiseria, que para mí es agobiante”, dijo el antropólogo en el documental El hombre universal: la historia de Arnoldo Palacios. Estas posturas explican en parte el puesto poco protagónico que Palacios ocupó por muchos años en el canon de la literatura colombiana. Sin embargo, en los últimos años la novela ha tenido un nuevo chance en la academia gracias al avance que en los estudios universitarios han tenido los productos culturales de las poblaciones marginalizadas. Dicha ola no se ha restringido a la reivindicación de Palacios, también ha despertado la curiosidad en las obras de Jorge Valencia Lozano, Rogerio Velásquez Murillo y Teresita Martínez de Varela, todos ellos intelectuales chocoanos del siglo pasado.

En sí la apertura del canon literario es algo normal. De hecho, cada generación tiene la responsabilidad y el desafío de reescribir el pasado y relievar los valores estéticos y éticos que considere necesarios para sortear los dilemas del presente. Sin embargo, para algunos críticos sí resulta polémica la utilización del pasado literario para afianzar las ideas o las figuras de ciertos proyectos políticos coyunturales. Esa impresión se desprende de varios pasajes de la aludida columna del ministro Correa. En uno de sus pasajes más dicientes afirma: “Hoy una niña chocoana puede abrir los ojos y ver el ejemplo de dignidad de su vicepresidenta y de su ministra de Educación que brillan, porque son estrellas”. Tal afirmación –la de conectar el orgullo con figuras concretas de un gobierno específico– es, para decir lo menos, debatible. Hay que efectuar una contorsión de gimnasta profesional para enlazar una obra –que puede ser buena, mediocre o mala– con los niveles de popularidad de un gobierno. Pues precisamente eso fue lo que hizo el ministro al convertir a Arnoldo Palacios en una bandera de las intervenciones del gobierno de Petro en el Pacífico colombiano. Mejor sería esperar el juicio del tiempo, el único inapelable en todos los asuntos, para saber si el legado de Palacios conecta con las nuevas generaciones o este proyecto del ministerio de cultura termina siendo otro saludo a la bandera.

Arnoldo Palacios murió el 12 de noviembre de 2015. Fue enterrado en el Chocó.

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