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Favio Chávez trabaja en un basurero de Paraguay. Decidió enseñar arte y fabricar instrumentos con residuos.
Solo le bastó la escena de aquel chico, de unos 6 o 7 años, que comía junto a su papá a escasos 90 metros de distancia de cientos de toneladas de residuos, para darse cuenta que con la música podría transformar vidas y con la basura producir arte.
Esa tarde, sin señal de escrúpulo, padre e hijo disfrutaban de los alimentos que como es costumbre en la pequeña ciudad de Cateura, seis millas al sur de Asunción, cerca al río Paraguay, los niños les llevan a los mayores, desde sus casas, al relleno sanitario donde la mayoría trabaja.
La imagen lo conmovió. Favio Chávez estaba frente a una situación que en las cátedras universitarias no se le advirtió. Tampoco cuando decidió trabajar con residuos imaginó que el corazón se podría arrugar de tal manera con una escena que para cualquier colega suyo debería ser paisaje.
Era el momento de hacer algo más allá de procesos sanitarios y técnicos. Recordó que parte de lo que era profesionalmente, un ingeniero ambiental con estudios de filosofía, se lo...