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La muerte de los mil Diegos

  • Miles de admiradores del futbolista se acercaron al estadio de Argentinos Jrs (se llama Diego Armando Maradona) para rendirle un homenaje. FOTOS David Santos
    Miles de admiradores del futbolista se acercaron al estadio de Argentinos Jrs (se llama Diego Armando Maradona) para rendirle un homenaje. FOTOS David Santos
  • Miles de admiradores del futbolista se acercaron al estadio de Argentinos Jrs (se llama Diego Armando Maradona) para rendirle un homenaje. FOTOS David Santos
    Miles de admiradores del futbolista se acercaron al estadio de Argentinos Jrs (se llama Diego Armando Maradona) para rendirle un homenaje. FOTOS David Santos
  • Miles de admiradores del futbolista se acercaron al estadio de Argentinos Jrs (se llama Diego Armando Maradona) para rendirle un homenaje. FOTOS David Santos
    Miles de admiradores del futbolista se acercaron al estadio de Argentinos Jrs (se llama Diego Armando Maradona) para rendirle un homenaje. FOTOS David Santos
  • La muerte de los mil Diegos
Por David E. Santos Gómez | Publicado el 30 de noviembre de 2020

En el barrio La Paternal, donde Maradona dio sus primeros pasos como futbolista profesional, su muerte se sintió como la partida de un familiar.

El miércoles ocurrió una tragedia espantosa en el barrio La Paternal de Buenos Aires. Una de las peores desgracias que alguien pueda imaginar. Todas las casas, pasado el mediodía, se enteraron al mismo tiempo que un familiar había fallecido y en cada historia el muerto tenía el mismo nombre, la misma edad y había sufrido el mismo final: un paro cardiorrespiratorio mientras dormía. Todos los difuntos se llamaban Diego Armando Maradona, pero eran mil hombres con mil vidas diferentes que habían tocado mil corazones de mil formas distintas.

En la barriada, ante la incredulidad por una desdicha de ese tamaño, el mundo se paró un segundo y luego se descolgaron los gritos y las lágrimas. Aunque Maradona dejó de existir para todos, a cada cual se le murió su propio Diego.

Había pasado casi medio siglo desde la llegada de un niño de 8 años al barrio. Era marzo de 1969 cuando apareció, de la mano de su padre, para probarse en las inferiores del histórico Argentinos Jrs, ya para entonces cantera de ídolos del balón, y orgullo máximo de La Paternal. Venía de Villa Fiorito, una zona pobre del Gran Buenos Aires, y sin timidez se ajustó el uniforme rojo intenso para no soltarlo jamás, aún cuando jugara luego en los clubes más grandes del mundo. Ahí mismo, ante la mandíbula incrédula de los más veteranos y las risas de asombro de los otros pibitos, nació la leyenda. Este barrio de clase media de la capital argentina arroparía como propio al más universal de sus compatriotas.

Siete años después Maradona se estrenaría en el fútbol profesional con el club de La Paternal. Jugaría cinco temporadas allí, hasta el 80, para luego ascender a ícono en Boca Juniors, de ahí a Barcelona y a Nápoles, a Sevilla y a la historia que ya todos conocen. Pero al Bicho –como se conoce a Argentinos Jrs– y a su barrio, nadie le arrancarán jamás el parto del más grande porque fue su cancha el lugar en el que se puso los cortos formalmente por primera vez. Y desde entonces fue uno, pero fue muchos, para poder ser de todos.

Su propio duelo

El jueves, con la noticia de la muerte reconfirmada cien veces, pero sin ser aceptada, La Paternal se convirtió en un salón velatorio inmenso. Aún con el cielo celeste perfecto de primavera, ausente de manchas blancas que le estorbara, las cabezas de los caminantes estaban gachas. En el estadio -que se llama Diego Armando Maradona- se improvisó desde la hora fatídica un altar popular en el que, alejado del bullicio del Obelisco o de los desmanes de la despedida de la Casa Rosada, vecinos y foráneos se acercaban para dejar banderas, flores, velas, balones... para luego llorar en silencio. “Diego, te amamos ¿y ahora qué hacemos sin vos?”, decía un cartel.

“Maradona no se vende, Maradona no se va, Maradona es del barrio, del barrio La Paternal”, cantaban algunos cuando desde un carro, que cruzaba la esquina, salían los pitos cómplices que mostraban solidaridad con el dolor.

Es difícil entender esta devoción. Las alabanzas hacia un hombre al que consideraban Dios en una herejía aceptada sin problema hasta en los púlpitos. Un Dios, pero con pantalón corto, aclaraban algunos. Quizá pueda uno aventurarse a interpretar que lo que hizo este futbolista con su país fue otorgarles a todos al mismo tiempo, y a cada uno por aparte, momentos de felicidad real, absoluta, prístina, después de una dictadura y una guerra, cuando los enemigos triunfadores de Malvinas tuvieron que soportar años después, en la batalla del Estadio Azteca de 1986, primero la trampa de un gol con la mano y luego la genialidad de un tanto imposible que arranca en campo propio, desparrama a Inglaterra entera y sella un triunfo perfecto. A un país destrozado, esa zurda le repartió orgullo. Y lo haría cientos de veces más.

“Es que el Diego no es de nadie, es de todos”, le dice Sebastián a EL COLOMBIANO, un vendedor de revistas, tradicional kioskero de La Paternal, cuando se le pregunta en la mañana del jueves por el velatorio que justo a esa hora se desarrollaba en la Casa Rosada. “El Diego es de la gente y todos lo quieren ver. Deberían dejarlo tres días. Si cierran a las cuatro, como dicen, se va a armar quilombo”. Y se armó quilombo. Cuando cortaron la fila volaron botellas y cayeron las rejas.

El más universal

Aunque el dolor amplifica los recuerdos y la muerte los logros, por estos días sobrevuela sin dificultad un consenso en el país. Diego Armando Maradona fue el argentino más universal. El más grande. La conclusión no es poca cosa en una tierra que ha dado a Carlos Gardel, a Juan Domingo Perón, a Evita y a Jorge Luis Borges. Un país que ahora tiene en el vaticano, con Jorge Mario Bergoglio, a un Papa inmensamente popular. Sin embargo, en el altar del pueblo, el futbolista parece superarlos a todos. Fue la encarnación del país entero con sus felicidades desbordantes, sus desafíos constantes y su irreverencia al poder. Fue Argentina con su esplendor y sus miserias. Muchos sentían que su propio Diego era lo suficientemente inmenso como para perdonar al Maradona que veían otros. A Roberto Fontanarrosa, escritor rosarino ahora también inmortal, se le atribuye una vieja frase sobre Maradona que resume el sentimiento: “Diego, no importa qué hiciste con tu vida, sino lo que hiciste con las nuestras”.

En un año que fue la tormenta perfecta de todas las tragedias, para buena parte de Argentina no hay otra que supere la desgracia de esta muerte. A la pandemia, que sufre el mundo entero, este país que viene coqueteando con la debacle desde hace ya bastante tiempo, le suma al doloroso 2020 la cuarentena más larga del mundo, la devaluación más acelerada del hemisferio y una hiperinflación que rompe los bolsillos. Pero el anuncio sobre el fin del 10 hizo que por algunos minutos todo lo demás pareciera poca cosa.

Desde hace décadas cada cuál había hecho su Diego personal. Al propio jugador, atormentado por la presión, se le ocurrió referirse a sí mismo en tercera persona. Se desdobló en un personaje. Maradona no necesita esto. Maradona está cansado. Nadie quiere ser Maradona. Pero Diego era otro. El que se quitaba los guayos para compartir con su familia y sus amigos. Fernando Signorini, preparador físico, conocía a la perfección esta dualidad mística. Así fue como, en su momento, soltó otra de las perlas irrefutables: “Con Diego iría hasta el fin del mundo, pero con Maradona no daría ni un paso”.

Desde algunos balcones de La Paternal se cuelgan banderas argentinas o del Bicho o de Boca. Alguno incluso se atrevió a desdoblar una de Nápoles. Telas rojas y celestes y blancas que se mantendrán por un tiempo. Muchos concuerdan -incluso aquellos que lo criticaban con furia- que ahora Diego Maradona descansa. Un hombre que fue capaz de cerrar, aunque fuera por un momento, las grietas de un conflicto internacional y las heridas sangrantes de una atroz dictadura, se merece al menos eso. Porque en vida, idolatrado desde muy joven, nunca tuvo respiro. Parecía que había existido desde siempre y que siempre podía dar más. Que no le estaba permitida ni siquiera la muerte. Y bajo ese halo perpetuo fue abusado y explotado por un círculo perverso que lo acechó desde los primeros goles. Así también vivió él, llevando al límite sus bajezas y sus errores. Pero ya está. Muerto Maradona es más fácil -y entendible- que la leyenda se aferre a la pelota y gambetee los otros desastres que también fueron su vida. Muerto el Diego de todos han nacido tras él todos los Diegos personales.

*Periodista colombiano residente en Argentina

34
goles en 91 partidos logró el estelar mediocampista con la Selección de Argentina.
7,2
millones de euros pagó
el Barcelona por Maradona en 1981, cifra récord en
ese entonces.

Contexto de la Noticia

Paréntesis Manifestaciones por doquier

La Paternal es un barrio de un poco más de 20 mil habitantes. La gran mayoría tiene un recuerdo propio con el ídolo que logró para Argentina el mundial México 86. Un gran número de porteños coinciden en el futbolista, con una vida atormentada desde muy joven, brindó alegrías y dotó de orgullo al país como ninguno otro. Alegrías que, además, llegaron justo en momentos de profunda tristeza con una nación desgarrada tras la guerra de las Malvinas o el fin de la dictadura.

Mientras tantos, desde diferentes lugares surgen manifestaciones de admiración por Diego, no solo de gente del fútbol. Los All Blacks neozelandeses y los Pumas argentinos lo homenajearon ayer antes de enfrentarse el Tri Nations de rugby.

El capitán Sam Cane puso una camiseta del equipo, con el número 10 y el nombre del astro, en el centro del campo en señal de respeto, antes del ‘haka’, la danza tradicional maorí de los All Blacks.

“Pienso que es una leyenda en todo el mundo, pero en Argentina era casi un dios”, dijo por su parte el entrenador de los Pumas, Mario Ledesma. “Tenía la capacidad de unir a todo el mundo y le vamos a echar a menos”, agregó.


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