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La pelota manchada, un año sin Diego

  • Diego fue uno y muchos. Héroe, villano, santo, pillo. FOTOS: Getty.
    Diego fue uno y muchos. Héroe, villano, santo, pillo. FOTOS: Getty.
Publicado el 25 de noviembre de 2021

“El Diego” reunió en sí los dilemas de un continente signado por la pobreza, la desmesura y el talento.

Hay un Diego Armando Maradona para cada quien. El mío, por ejemplo, tiene dos cabezas: una fanfarrona, la otra entrañable. La primera habló los días previos al 5 de septiembre del 93, la fecha de cinco a cero en el Monumental. “Ellos no deben romper la historia. Debemos seguir como estamos: Argentina arriba, Colombia abajo y todo está bien”. Desde la tribuna asistió al derribo del imperio: al final del partido aplaudió de pie a la orquesta de Valderrama, Asprilla, Córdoba. No le quedó de otra. La segunda gritó como propio el testarazo de Yerry Mina en los minutos de cierre contra Inglaterra en Rusia 2018. La suerte no premió al onceno nacional en la ruleta de los penales. Pero dios —El Diego— sonrió.

¿Anécdotas? Muchas. Las de dentro y las de fuera de la grama. Diego—de aquí en adelante así, a secas, con la confianza del hincha— fue y es una máquina de ellas. Las hay luminosas –dignas de un Prometeo de las Villas–, las hay oscuras, bizarras.

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En el siglo VI de nuestra era, la emperatriz Constantina construyó en su palacio una capilla. Para santificar el recinto le pidió la cabeza de san Pablo al Obispo de Roma Gregorio. Siglos más tarde, Antonio Arguedas —ministro del Interior de Bolivia de 1966 a 1968— tuvo un secreto de la Guerra Fría debajo de su cama: las manos de Ernesto “Che” Guevara en una urna de madera. A escondidas arregló su entrega al gobierno cubano. El 21 de noviembre de 2021, el médico Nelson Castro reveló en un programa top de la tevé argentina el supuesto complot de unos barrabravas para robar el corazón de Diego. Por tal motivo, contó el galeno, Maradona retornó a la tierra sin el órgano del amor, de las pasiones.

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En 2005, Diego volvió a la pantalla: por unos meses quedaron atrás las clínicas, el sobrepeso, la caminata al filo del abismo. Regresó en grande: Canal Trece le ofreció ser el conductor y estrella de “La noche del diez”, trece capítulos en los que pudo ser él, con sus risas, gustos naifs, humor popular y destello de grandeza. Antes de un show recibió en el camerino a Roberto Gómez Bolaño, el ídolo de su infancia. El momento lo registraron los productores: Claudia Villafañe —madre de Gianina y Dalma Maradona— con tono de adulto le contó al comediante el gusto de Diego por su serie: “Nosotros le queremos apagar el televisor porque cuando lo mira a usted no habla con nadie, no hace nada, solo mira El Chavo”. Al irse el mexicano para maquillaje, Diego celebró el encuentro con la sonrisa del niño ante el pastel de cumpleaños. Villafañe le dijo: “Sueño cumplido”.

En medio de mil flashes, la semana anterior Mavys Álvarez declaró ante la justicia argentina y los micrófonos de la prensa sobre el vínculo con el astro mientras este vivió en La Habana. En 2001, Diego la sedujo, la enamoró. Tras las horas de vino y rosas, el vínculo, según ella, se volvió una cárcel, un hades de droga y alcohol. “Mi mamá tocó la puerta de la habitación y él no quiso abrir. Él me tapó la boca para que yo no gritara, para que yo no dijera nada y abusó de mí”, narró Álvarez. Tal vez la imagen de doctor Jeckyll y míster Hyde sirva para entender tal contraste. La del devoto que besa una y otra vez las manos y mejillas del Papa Francisco —se reunieron el 12 de octubre de 2016— y la del depredador de mujeres. Tal vez la novela corte de Robert Louis Stevenson no ilumine nada.

Diego fue un nudo de contradicciones. Una deidad mortal. El niño pobre de Villa Fiorito —pueblo al sur del Gran Buenos Aires, poblada por migrantes italianos y gallegos— y el anciano magnate con una riqueza tasada en cien millones de dólares. El rebelde de izquierda —cercano a Fidel Castro, amigo de Hugo Chávez, compinche de Nicolás Maduro— y el capitalista feroz capaz de anunciar demandas al director italiano Paolo Sorrentino por titular su filme de Netflix “La mano de Dios” y cobrar entre diez y quince mil dólares por una entrevista. El adversario de la Fifa pero aliado de los jeques y de los nuevos zares de Rusia. Diego era una caja llena de fichas de distintos rompecabezas: quien pretenda comprenderlo sabrá que no hay diferencia entre el minotauro y el laberinto.

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Los mitos son pases de magia: vuelven lo artificial —lo humano es cultura, artificio— en naturaleza. El filósofo francés Roland Barthes describe el mecanismo en un aparte de “Mitologías”. Allí dice: “El mito trastoca lo real, lo vacía de historia y lo llena de naturaleza”. Los mitos apelan al sentimiento y suceden fuera del tiempo de los relojes, se cristalizan en un instante de gloria, de éxtasis colectivo.

No importan sus kilos de más ni las denuncias de todo tipo contra él ni el escándalo de reconocer a sus vástagos por decreto de un juzgado ni la pobreza de los resultados deportivos al frente de la selección albiceleste ni... Para sus devotos, siempre será el barrilete cósmico que gambeteó a los ingleses y él solo, a punta de talento y picardía, cobró la afrenta de las Malvinas. Un fan suyo escribió: “Para los que crecieron como yo en los 80, era un superhéroe: uno creía que la fantasía existía. Nos puso a soñar”. Roberto “El negro” Fontanarrosa sintetizó el sentir de los maradonianos ante las fisuras del ídolo: “A mí no me interesa lo que hizo con su vida, sino lo que hizo con la mía”. La Universidad de Oxford contribuyó con la empresa: el 6 de noviembre de 1995 le concedió un premio de otro mundo, lo nombró “maestro inspirador de sueños”. Diego es un mito.

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El 29 de noviembre de 2020, Lionel Messi le anotó un gol al Osasuna. Un hecho previsible. El festejo acaparó los titulares de la prensa orbital: se despojó la diez del Barcelona para mostrar la diez de Newell's, la misma que Diego vistió en el equipo profesional y él en las inferiores. Un día antes Los All Blacks —el Brasil del rugby— puso en la mitad de la cancha una camiseta negra con un diez y el apellido de Maradona estampados. Luego efectuaron el Haka —baile maorí— ante los Pumas, el conjunto de argentina.

Para conmemorar el primer aniversario de su muerte, el Napoli usará una indumentaria especial en los juegos contra el Verona, Inter y Lazio. En la capital de Campania —sur de Italia— Diego comparte pedestal con San Genaro. Los dos campeonatos del Napoli comandado por Maradona lo pusieron a la par de un santo que cada año, el 19 de septiembre, realiza ante los ojos de sus creyentes el milagro de volver líquido un coágulo de la sangre del martirio. Lleva en ello cuatrocientos años.

A lo mejor Pelé fue mejor futbolista —lo piensan Cesar Luis Menotti, campeón del mundo en el 78, y Hugo “El loco” Gatti, leyenda de Boca Juniors—, pero Diego es un fenómeno de masas, un quiebre del sistema. Traspasó los lindes del deporte, entró en el nicho de los inmortales del universo pop: se codea con Bob Dylan, Muhammad Ali, Andy Warhol.

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Jorge Luis Borges —a quien no le gustó el futbol— retrató en una estrofa el poder del arte en la vida. El fragmento hace parte del poema “Arte poética” y dice: “A veces en las tardes una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo; / el arte debe ser como ese espejo/que nos revela nuestra propia cara”. El arte no refleja, revela, inventa, descubre. El artista de letras mayúsculas hace de sí la materia y el soporte de su obra. No esconde ni enmascara su yo. Por el contrario, lo hace grande, incluye a los otros.

Tal cosa hizo Diego en uno de los picos de la cultura mediática latinoamericana: dialogó consigo en “La noche del diez”, un performance de vanguardia. Diego entrevistador —rasurado, elegante— puso en aprietos, acarició, bromeó, increpó a Diego protagonista —informal, barba de una semana—. Le preguntó de todo: de las drogas, los amigos, el balompié, la ruptura con Villafañe. Al final intercambiaron obsequios. Diego presentador le regaló unos dvds de El Chavo y recibió del visitante una gorra de Fidel Castro.

Al mostrarse, Diego expone lo rasgos de todos, de nosotros. Nuestra fe en las maravillas y las hipérboles: los médicos invisibles, los narcos milagrosos, las revoluciones adánicas, el destino puesto al azar en los noventa minutos de un juego, los sueños de Bolívar, las desmesuras de José Arcadio Buendía. Diego, Castro, El Chavo, José Gregorio Hernández encandilan a los niños tristes que en el fondo somos.

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Cada tanto sintonizo a mediodía “90 minutos de futbol”, tertulia futbolera conducida por Sebastián “El pollo” Vignolo. Lo veo por los cruces desopilantes de Ócar Ruggeri y la mala leche de Diego “Chavo” Fucks. El 25 de noviembre de 2020 los panelistas recibieron una noticia tremenda: la vida de Diego pendía de un hilo. Un reportero en la calle llamó al estudio: dijo tener un dato muy grave. En segundos el ambiente risueño mutó: los rostros se arrugaron en muecas de angustia. Ruggeri, excapitán de la selección argentina y compañero de Diego en los mundiales del 86, 90 y 94, repitió una y otra y otra vez: “Cuidado, cuidado, cuidado”. También estaba al aire el biógrafo de Maradona Daniel Arcucci. La audiencia presenció el desplome emocional de periodistas cincuentones, curtidos en mil faenas. Con titubeos, Vignolo calificó el hecho como un “momento de mierda”. Casi nunca se asiste a la muerte de un mito. Hacía mucho el hombre balbuceante, preso de las pastillas médicas, había dejado de ser él, Pelusa, D10S, Pibe de Oro, Maradona.

En los calendarios postreros, Diego fue una tarjeta de débito para sus novias, hijos, amigos, cercanos. Dirigió sin hacerlo en realidad Gimnasia y Esgrima La Plata. Una disputa legal lo separó de Claudia Villafañe. A Matías Morla –su abogado– los hijos del jugador le impidieron la entrada al velorio. Empleados mortuorios se tomaron selfies con el cadáver del diez y las filtraron a las redes sociales. La fiscalía argentina abrió investigación al médico Leopoldo Luque por el tratamiento dado a Maradona. En síntesis, un circo casi idéntico a los funerales de la Mama Grande.

Contrario a lo dicho en “La Bombonera”, hechas las sumas, las restas, la pelota sí se manchó.

DIEGO ARMANDO

MARADONA

Nacimiento: 30 de octubre de 1960 en Lanús, Arg.
Fallecimiento: 25 de noviembre en Dique Luján, Arg.

Fue el quinto de ocho hijos, y el primer varón, del matrimonio entre Diego Maradona (1927-2015) y Dalma Salvadora "Tota" Franco (1930-2011)

MARADONA COMO FUTBOLISTA Y DT

Mundiales

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Premios

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Récords y cifras

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Títulos clubes

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MARADONA Y LA LITERATURA

Yo soy el Diego

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Todo Diego es político

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El último Maradona

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MARADONA EN EL CINE Y LA TELEVISIÓN

Presentador y comentarista

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Documentales y series

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MARADONA Y LA MÚSICA

Inspiró a rockeros que le dedicaron canciones en toda su carrera. También cantó, grabó la canción Querida madre con el dúo Pimpinela en 1986.

La mano de Dios,
Rodrigo (2000)

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Santa Maradona,
Mano Negra (1994)

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Maradona,
Andrés Calamaro (1999)

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MARADONA Y LA FE

La Iglesia Maradoniana es una "religión" creada por los admiradores, seguidores y fanáticos del futbolista argentino. Fue fundada el 30 de octubre de 1998 en la ciudad de Rosario, Argentina. Alejandro Verón fue uno de sus fundadores.

La iglesia se ha expandido a otros países como España, Italia, Alemania, Reino Unido, Escocia, Japón, Afganistán, Perú, Brasil, Chile, México, Uruguay y Estados Unidos.

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.


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