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Cruz de un siglo

  • Las manos de esta mujer encarnan los años duros de la violencia y también las historias de fortaleza que han hecho de Cruz y su familia un ejemplo de reconciliación y perdón.
    Las manos de esta mujer encarnan los años duros de la violencia y también las historias de fortaleza que han hecho de Cruz y su familia un ejemplo de reconciliación y perdón.
Publicado el 11 de febrero de 2016

En los brazos de Dios, en los que ella se pone cada mañana, Cruz Elena se toma una copita de vino Sansón. Ese, además de no guardar odios en la bodega de su corazón, es el secreto que le permite levantarse día a día con fuerzas incluso para cantar y bailar. No importa que tenga 100 años y que 80 de ellos los haya pasado en la que parecía una huida interminable de los azotes de la violencia.

Ahora se goza una segunda vida. Una en la que por fin no asoman las armas y las amenazas de los victimarios: los pájaros de la violencia partidista de los cincuenta y sesenta. Los guerrilleros de los ochenta. Los milicianos de los noventa y los paramilitares del 2000. “A veces se me olvida todo y meto a esos violentos en mis rezos, a la guerrilla, a los que estén vivos y muertos”.

Su vitalidad no la agota siquiera la espera para que el Estado colombiano, mediante la Unidad de Reparación a Víctimas, le entregue una indemnización que también debe ser para su hija, con la que tuvo que peregrinar por el Suroeste y Medellín repetidas veces y que le servirá en algo para aliviar el dolor que le deja el asesinato de uno de sus hijos. Ella ha cargado una cruz no solo en su nombre.

Los recuerdos con sangre entranCruz Elena Cardona Molina es fuerte, vigorosa, valiente. Sus rasgos parecen de una india piel roja americana. Su mirada cambió un lunes de octubre de 1947: el horror y la barbarie tiñeron sus ojos. Veía las llamas correr por Palermo, corregimiento de Támesis, Suroeste de Antioquia. El fuego cubría las casas y las balas retumbaban en la lejanía.

La contrachusma, que era el ejército conservador que combatía a la guerrilla liberal, quemaba y saqueaba todo lo que se pusiera por delante. “No los vi, pero oía la bulla cuando tiraban las balas. Bala por un lado y por el otro. Entonces, cogí camino arriba. Me alcé una caja encima, embarazada y todo. Una vecina me pedía que no la dejara atrás y yo con la caja terciada al hombro. La amarré de un lazo a mi cintura y seguimos para arriba hasta que llegamos a La Cuchilla”.

Antes de emprender la huida, Cruz escondió a sus cerdos y gallinas en un hoyo, y les dejó comida. Su esposo, Manuel Salvador Parra Quirama, liberal de los fuertes, había huido primero con un hermano y cuatro personas más. “Le dije que se fuera primero, que eso no era conmigo. Soy conservadora, pero al ver eso me tocó irme a mí también. Llegamos al alto del morro y acampamos ahí con las vecinas”.

“Oíamos cuando subía la chusma por Santa Teresa. Apuramos el paso y salimos a la vereda La Virgen. Habíamos caminado mucho. Allá me encontré con mi esposo. Eran las 3:00 de la mañana y le dije vamos para la casa y él me contestó que nos fuéramos por La Congoja. Se subió a una peña y me tiró unos bejucos muy finos y yo hágale para arriba. Ese bebecito era que se me salía. Hasta que llegué al borde de la peña”.

Esa mujer, fuerte y alentada desde niña, empezó a languidecer, no le daban las piernas y se veía pálida y demacrada. “No soy capaz, mi negro. Y ese niño se me vino ahí, al pie de una peña. Eso es doloroso como el cuento. Una madre siente el pecho herido al ver a su hijo sufriendo. Entonces, así vulgarmente, él se quitó el pantaloncillo y lo metimos ahí con hojas. Y nos encaminamos a la casa de mi mamá”.

La travesía de Cruz Elena duró dos interminables días huyendo de los contrachusmeros que violaban a las mujeres y las mataban a peinilla. “Le dije a Dios que no dejara que me pasara nada. Y que me llevara donde mi mamá y mi papá, con ese niño amarrado y vivito, envuelto en hojas secas. Cuando llegué a la casa de mi mamá, me vio un cuñado. Mi hermano salió al corredor y metió el grito: ¡mamá y papá, viene mi hermana asómense ligero! Mi hermano me preguntó: ¿usted que trae ahí? Entonces, le alcancé a entregar al niño y se largó a llorar”, cuenta Cruz, que se lleva las manos a la cara y se tapa de pena.

“Mi papá empezó a gritar: qué le pasó a mi muchacha. Mi mamá cogió ese niño llorando. Los vecinos se reunieron alrededor de la casa, los ricos ensillaron las bestias y se fueron por un doctor. Vinieron el padre y el médico. Al niño lo bañaron con agua y yerbabuena, pero murió a medianoche”. Lo siente en el corazón, como si fuera hoy.

Cruz es una campesina nacida el primero de noviembre de 1915, según decía en la libreta de apuntes de su padre, con el que vivía en la vereda La Aurora, de Jericó, la tierra de la Santa Madre Laura. Hoy vive junto a su hija Dioselina, una prima de 81 años y un sobrino ciego en la finca San Gerardo, en la vereda Santa Teresa del corregimiento de Palermo, Támesis. La casa queda subiendo una montaña tan alta como un edificio de ocho pisos y en su entrada hay una leyenda que dice Cuida la naturaleza. Cruz lleva 80 de sus 100 años subiendo por ese camino de herradura rodeado por nogales. Por allí alguna vez escalaron sus antepasados, los indios chamíes.

En esa casa, a la que llegó a los 24 años cuando se casó con su marido, hay cultivos de café, yuca, plátano, limones, aguacate y cebolla. Hay también siete gallinas, diez pollos y dos nacimientos de agua que cuida como si fueran sus hijos. La vivienda es toda en madera, las cortinas son toldillos que se mecen con el viento y la vista que tiene la casa es un mirador ubicado a 1.500 metros sobre el nivel del mar. Un lugar tan privilegiado como la cabina de un avión en vuelo. Desde allí, ve el río Cartama reseco por el verano, mientras se acerca a La Pintada.

“Fuimos cuatro mujeres que tuvimos que servir de peones de mi papá. Tirábamos azadón, hacíamos rocerías, jornaliábamos. Me vine con mis papás a Palermo y me casé con un señor viudo, muy amable, servicial y respetuoso que se llamaba Manuel Salvador. Tenía seis hijos y era dueño de esta finca. A sus hijos los levanté hermosos, pero ya se murieron. Con él tuve 12 hijos, pero se me criaron cuatro. Es que -lamenta Cruz- he sido sufrida como nadie ha visto”. Me enseña su cuarto, que conserva en el marco de la puerta una calcomanía que dice “Donde está el espíritu de Dios allí hay libertad”.

Ocultarse de la muerte 28 años

La contrachusma persiguió por décadas a su esposo y a sus hijos por el solo hecho de ser liberales. Según el libro La violencia en Antioquia, de Mary Roldán, en esa época murieron 200.000 colombianos y más de dos millones fueron desplazados. Antioquia ocupaba el tercer lugar en homicidios, con 26.000. Además era el octavo en número de desplazados.

Roldán asegura que en el Suroeste se registró el 20 por ciento de esas muertes. “Las víctimas fueron a menudo torturadas, desmembradas, mutiladas sexualmente y frecuentemente las mujeres fueron violadas en presencia de miembros de su familia”, registra la investigación. Cruz Elena era una de esas víctimas de la atmósfera surrealista que vivía el país por esos años y que la tocó nuevamente en 1957.

Su hija Dioselina Parra, una exmonja de las Hermanas de Los Pobres que vivió 15 años en Francia y otro en Bélgica, tiene el recuerdo aún vivo. “Un amigo le dijo a mi padre Manuelito: te tenés que ir de la finca porque te van a matar. Mi papá llegó ese día y le dijo a mi mamá: mija, arregle las cosas que nos vamos a vivir al pueblo. Los mismos chusmeros eran los que lo querían matar. No podíamos venir a la finca, ni a trabajar”, relata. Su mamá era la única que podía visitar la finca, junto a sus dos hijos Gabriel y Sigifredo. “Pero la comenzaron a amenazar, que no volviera a subir: dígale a ese viejo hijueputa que no suba que lo tostamos”.

Dioselina afirma que hace poco un policía, que en aquellos tiempos era contrachusmero, le confesó que un día le iban a asesinar a toda su familia. Pero reconoció que el grupo que subió ese día no los mató, porque la esposa del policía estaba de visita en la casa.

Una época difícil. Según su hija Dioselina, se la pasaban escondidos en Palermo, sufrían el dolor de la violencia. Había días en que Cruz iba a su finca y estaba invadida de contrachusmeros que le robaban el café, la cebolla, los plátanos y las gallinas. Otras veces la detenían en el camino y la amenazaban con acuchillarla en la espalda igual que a las demás mujeres.

Los contrachusmeros tenían bases militares en Jardín y en Hispania y se movían a sus anchas entre Jericó y Támesis. Según Roldán, esos dos municipios tenían fuerte tendencia conservadora y se vieron azotados con fuerza por esa violencia entre los años 1949 y 1953, mientras en Urrao estaban las bases guerrilleras conocidas como la chusma.

Tuvieron que pasar 28 años para que Cruz Elena pudiera regresar a su finca junto a su marido y su hijo Sigifredo. Ya se habían callado los fusiles, pero quedaban aires de guerra. Los movimientos guerrilleros estaban naciendo y se hablaba de una nueva violencia que empezaba a desatarse.

Cruz Elena Cardona a pesar de la violencia vive feliz.
Cruz Elena Cardona a pesar de la violencia vive feliz.
El día que conoció la guerrilla

“Después de la chusma -relata Cruz- llegué a la casa con mi esposo y todo me lo habían robado, había una pieza caída. Pero se me fue componiendo la vida, la gente venía a hacernos visita y a traernos cositas”. La felicidad duró poco. Su hija Dioselina recuerda que llegó un grupo de la guerrilla del Eln. “Mi mamá me contó que eran como cuarenta. Veinte se quedaron aquí en la finca haciendo la comida y los otros se fueron a vigilar. Luego intercambiaban”.

“Vienen por Sigifredo”, pensó Cruz. Les dieron lo que había, incluso un poco de carne que tenían para sobrevivir. “Sigifredo me dijo: deles todo, mamá. Y esos señores con esos revólveres en la mano. Le contesté: mijo, vaya pídale una bestia a Don Enrique, cerramos y nos vamos a San Vicente donde una prima. Cargamos todo el cafecito y nos volamos”.

León Valencia, director de la Fundación Paz y Reconciliación y exguerrillero del Eln, confirma que el grupo hizo presencia desde el año 1987 en esa zona del Suroeste. Allí “se produjo la alianza del MIR Patria Libre y el Eln. Se fortaleció el frente Che Guevara que operaba en el Suroeste hacia el Chocó. Ese frente luego se dividió y mucha gente terminó en el Suroeste y se desmovilizaron en la época de Álvaro Uribe. Aún hoy, ese frente del Chocó tiene presencia allí. Era una presencia política, social y miliciana por esa zona de Támesis y Jericó”.

Dioselina, tras vivir acosada por ese grupo guerrillero, recibió una carta de su madre desesperada. “Me escribió: mija, estoy sola, murió su papá. Me mataron a Gabrielito y Sigifredo se me fue para Medellín. No quiere saber nada de esto por acá”.

A Gabriel lo mataron en Medellín, porque era muy conservador. “Una vez le dijeron unos negros que cambiara la cédula para unas votaciones y que se pasara al partido Liberal. Él se negó varias veces. Entonces, le pasaron una peinilla desde la espalda que le salió por el estómago”, relata sobre el peor episodio que le tocó vivir como madre.

Dioselina cuenta que apenas recibió ese mensaje se la llevó para Medellín. “Allá no se acostumbró. Se le estaba como ‘corriendo la teja’. La llevé donde el sicólogo y él me dijo: si usted no la vuelve a llevar al ambiente donde vivía se le va a trastornar”. Y volvió con su madre a la finca de Palermo en ruinas y a la que iban los arrieros a robar los cultivos.

“En 1990 me devolví con ella. Todo estaba bien, me puse a recorrer las veredas, a ver qué necesidades tenía la gente. Pero en 1992 fueron unos tipos (Eln) a la casa y me dijeron que no querían verme más. Entonces, me devolví con mi mamá para Medellín”.

En 1992 se fueron a vivir al barrio San Germán, donde las milicias urbanas les cobraban vacuna a todos. Y como su hija Dioselina no pagaba, un día le enviaron a un cobrador. “Llegó un tipo todo raro en un taxi preguntando por mí. Me lo encontré en la puerta y le contesté: Dioselina no está. Él me respondió: dígale que se vaya de por aquí que no la queremos ver. En esa época vivía con mi mamá, mi hermano Sigifredo, la señora de él y la niña de ellos. Entonces empaqué mis cositas y me fui a vivir a un cuchitril. Perdí comunicación con todos, nadie sabía dónde estaba yo”, comenta Dioselina, la hija de Cruz.

En 2001, las dos siguieron rodando por Medellín. Se fueron a vivir cerca a la estación Acevedo. “Qué violencia la que había allá por Dios. Me agarraron varias balaceras. Un día hasta me metí debajo de una cama de una casa que tenía la puerta abierta. Le dije a mi mamá que nos teníamos que ir y arrancamos para donde un primo que vivía por Guarne. Allá estuvimos algunos años. Ahí conseguí a mi esposo, me organicé con él y nos vinimos a vivir en El Limonar (San Antonio de Prado)”, comenta Dioselina.

Pero la violencia no dejaba de perseguirlos. “Mi esposo tenía una busetica y empezaron los de El Limonar a ‘cobrarnos’. Un día (hombres del bloque paramilitar Cacique Nutibara) le retuvieron la buseta en un lavadero porque no pagaba las vacunas. Volvimos y nos fuimos para San Germán que estaba tranquilo. Mi esposo se enfermó, estaba muy decaído. Le dije que si nos íbamos para la finca. Ahí apareció la Unidad de Víctimas. Les conté mi caso, que yo quería regresar. Me ayudaron para el retorno. Vendimos la buseta, y en marzo de 2010 nos vinimos para la finquita”, comenta Dioselina.

La Unidad para las Víctimas les dio un millón de pesos en 15 gallinas, una malla para cercar los animales, un bulto de cuido, el transporte hasta la finca y unas mulas para subir el equipaje. “Me hicieron luego dos ayudas de 800.000 pesos y ya haga como usted pueda”, explica Dioselina. Cuando llegaron en 2010 ya se había desmovilizado el Bloque Suroeste de las Autodefensas, que azotó la región, incluidos a sus familiares, amigos y conocidos. El grupo lo dirigía el temido jefe paramilitar alias “René”.

“A mi mamá -cuenta Dioselina- ya la reconocieron como víctima y le van a hacer la reparación (en febrero, según la Unidad para las Víctimas). Pero no sé qué están esperando. Que fallezca para hacerla... Dijeron que se la iban a hacer el día del cumpleaños, el primero de noviembre, y hasta ahora nada”.

A pesar de lo que ha sufrido, Cruz vive feliz y en paz en la finca de la que huyó por años. “Me siento aliviada, me alimento, converso con todo mundo. Para qué llorar sin motivo. No guardo rencor, porque no viviría. No lleno mi corazón de cosas sin importancia, ridículas”. Lo único que ella quiere es conocer el mar y morir tranquila..

Contexto de la Noticia

Juan Luis Mejía Arango

Este artículo se publicó en el aniversario 104 de EL COLOMBIANO, con Juan Luis Mejía como director invitado.

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