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Desigualdad en América latina

  • Desigualdad en América latina
Francisco Ferreira - Asesor del Banco Mundial | Publicado el 08 de febrero de 2016

El escenario económico y social de América Latina es diferente del que se presentó hace más de una década, debido principalmente al efecto que tuvo el incremento en los precios de las materias primas como los minerales y el petróleo.

A pesar de no existir transformaciones homogéneas, varios países de la región lograron cambios no previstos durante este periodo, que se reflejaron en tasas de crecimiento económico mayores a las esperadas, así como en una reducción en la pobreza y la desigualdad.

Sin embargo, después de la caída de los precios de los bienes básicos exportables, entre ellos el petróleo, la región debe adaptarse a un nuevo contexto con menores ingresos que tendrían efectos sobre el crecimiento económico, la pobreza y la desigualdad.

El economista Augusto de la Torre, jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, señala, en un reporte de prensa realizado por su entidad, que “la adaptación a este nuevo contexto generará problemas sociales y potencialmente un incremento en la desigualdad... Los países deben pensar en redes de protección social que cobijen a las familias más pobres, pero de manera que no desincentiven el deseo de trabajar y generar empleo”.

Parte de la caída en la desigualdad en la región puede ser explicada por cambios coyunturales y programas de asistencia social que se afectarían por la caída de los precios de las materias primas. A esto se suma que no se aprecian transformaciones estructurales fuertes, como mayor educación de la población, mejores condiciones laborales, menor empleo informal o aumento significativo en la calidad de los sistemas de salud que permitan pensar en reducciones sostenibles en la desigualdad.

En este contexto se estima que la caída en la desigualdad de América Latina pueda reversarse y llegar, incluso, a niveles anteriores.

Francisco Ferreira, asesor senior e integrante de la Comisión sobre la Pobreza Global del Banco Mundial, plantea que “la evidencia de los cambios en la desigualdad en América Latina así como en el resto de regiones del mundo llega con un poco de retraso. Normalmente solo se tiene acceso a las encuestas de hogares después de uno o dos años de su recolección. Dadas estas circunstancias, aún no es posible observar claramente la tendencia decreciente que dominó en el periodo de 2000-2012”.

Agrega, no obstante, que hay algunos signos de alarma que indican una desaceleración en la tendencia decreciente de algunos países claves, como es el caso de Brasil, “hasta el punto de que la caída en la inequidad fue asociada con un estado maravilloso de los mercados laborales durante los años 2000, en los que el desempleo estaba cayendo mientras los salarios mínimos, e incluso los medios, estaban creciendo. “Siendo así, sí debemos estar preocupados”.

Ferreira también advierte que, con la finalización del gran ciclo de los precios altos en los bienes básicos, y en algunos casos la autoinfligida mala gestión, ahora se observa una desaceleración generalizada en la región e incluso recesiones en algunos países.

“Los mercados laborales ya se enfriaron. El desempleo está creciendo y los salarios están cayendo en Brasil. Aunque los datos no están completamente disponibles aún, sospecho que este patrón llevará a una reversa en la tendencia de caída de la inequidad más o menos durante el próximo año”.

Una mirada a Colombia
Colombia presenta niveles de desigualdad altos y, a decir del economista, se tuvieron caídas tardías en indicadores como el índice de Gini. “En un artículo junto a Marcela Meléndez, y resume el trabajo de una Misión de Equidad y Movilidad Social en Colombia, encontramos alguna evidencia de que la desigualdad –la de ingresos y de oportunidades – declinó en Colombia al final de la década pasada. Sin embargo, también parece ser que dichas caídas ocurrieron tardíamente y fueron menores que aquellas de otros países como Bolivia, México y Brasil”, indica el asesor del Banco Mundial.

Para Ferreira los altos niveles de desigualdad tienen costos intrínsecos e instrumentales. Explica que intrínsecamente, la desigualdad, particularmente la de oportunidades, es vista como injusta. Esa visión injusta, opina, lleva a infelicidad, a más altos niveles de estrés e incluso a mayores niveles de crimen. En el caso extremo podría llevar, incluso, al conflicto armado.

Desde los costos instrumentales señala que hay alguna evidencia de que la desigualdad es negativa para los resultados en salud pública, y posiblemente para el crecimiento económico. “Estas relaciones en el ámbito macroeconómico están plagadas de problemas de identificación, de manera que la evidencia no es completamente concluyente, pero ciertamente sugiere que la inequidad afecta más que lo que beneficia en muchos aspectos de los que las sociedades se ocupan. Particularmente en los niveles más altos observados de América Latina en general y de Colombia en particular”.

¿Desigualdad justa o injusta?
Existe una nueva corriente que busca entender de mejor manera la desigualdad al plantear el concepto de desigualdad justa e injusta o “desigualdad por oportunidades”. La literatura muestra que existen factores que pueden ser no atribuibles o responsabilidad del individuo y sobre estos no se tiene ningún control, como el lugar donde hubiese nacido. Así, una persona nacida en el Chocó puede no tener las mismas oportunidades de generación de ingresos que alguien que nació en Medellín o Bogotá. Estos factores son los que generan desigualdades injustas.

Pero de otro lado hay factores sobre los cuales los individuos tienen control o que pueden ser afectados mediante el esfuerzo de los mismos individuos, como el número de horas que cada uno decide trabajar.

Ante esta visión Ferreira plantea que “muchos filósofos, políticos y economistas piensan que debería hacerse una distinción útil entre desigualdad por oportunidades, que se refiere a diferencias frente a las que los individuos no tienen control, como es el caso de la familia en la que han nacido; y desigualdad debido al esfuerzo, la cual parece ser justa. Cuando uno toma en cuenta que los esfuerzos están también afectados por circunstancias, yo soporto esta visión”.

El economista sugiere que una pequeña parte de la desigualdad puede ser atribuida a la desigualdad de oportunidades y manifiesta que con varios coautores ha intentado medir la inequidad de oportunidades en algunos países de América Latina, incluido Colombia.

“En otra publicación junto a Meléndez, encontramos una estimación de límite inferior que indicaba que al menos un cuarto de la inequidad total del país en el consumo de los hogares por adulto en 2010 podía ser explicada por la desigualdad de oportunidades: diferencias en los antecedentes familiares, raza y región de nacimiento. Y es importante enfatizar que este resultado es realmente un límite inferior, porque hay muchas circunstancias exógenas que no observamos en los datos. La fracción real de la inequidad que es realmente injusta podría ser mucho mayor.”

Ferreira también se refirió al debate de si se debe reducir la desigualdad o la pobreza: “Si se tiene una visión Rawlsiana del rol del Estado, en la que las políticas gubernamentales deberían ser diseñadas de manera que lleven a los grupos más pobres y marginalizados a obtener los mayores beneficios, entonces la pobreza debería ser la prioridad. Dicho esto, también se sabe que, cuando están bien diseñadas, las políticas para reducir la inequidad pueden acelerar la reducción de la pobreza mientras, a su vez, promueven la justicia social y estabilidad política” .

Contexto de la Noticia

Juan Luis Mejía Arango

Este artículo se publicó en el aniversario 104 de EL COLOMBIANO, con Juan Luis Mejía como director invitado.

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