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A Fábregas

  • José Guillermo Ánjel R. | José Guillermo Ánjel R.
    José Guillermo Ánjel R. | José Guillermo Ánjel R.
30 de diciembre de 2011
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Vuelta a recordar de nuevo, doña Virginia, no porque la haya visto en algún libro sobre teatro ambulante sino porque aparece usted entre los pasajeros del barco Eloisa, uno de esos navíos de rueda Fulton (de paleta) que navegaron por el río Magdalena cuando todavía había caimanes y garzas en buena cantidad, y que eran iguales a los del río Misisipi: al mando de un capitán de gorra blanca, con tahúres y mujeres alucinadas. Mark Twain da cuenta de estos barcos, igual que Herzog, el director alemán, en la película Fitzcarraldo. Pero el dato de su estadía en el Eloisa lo saco de la novela de Tomás González, Para antes del olvido , en donde se cuentan sus amores furtivos con Alfonso, uno de los personajes, asombrado por el tamaño de su cuerpo, las uñas rojas y largas y el desparpajo para entregarse entre los calores del trópico hablando de su compañía de teatro cómico, que se anduvo este país cuando aún había selva sin comprometer y pájaros de todas las especies.

De las compañías de cómicos itinerantes que se movieron por estas tierras haciendo soñar a los espectadores con pecados que no conocían, que se presentaron una y otra vez para escándalo de las señoras decentes y gritería de los borrachos, se sabe mucho y nada. Algunos cronistas, como Gónima, se refieren a estos grupos de actores como una avanzada de la cultura española (entre las guerras civiles) y otros como parte del desorden que siguió a la Guerra de los mil días , cuando de alguna manera D's y el diablo se dieron la mano, permitiendo aquello de que el que peca y reza empata. De cómo haya sido el asunto, la ficción lo dirá. Y de qué pasó con estos actores y actrices, ya se sabe: muchos se quedaron poblando y blanqueando el cotorro. A otros se los tragó la selva y murieron en pecado.

Pero no se trata de hablar de usted, Virginia Fábregas, como pecadora o actriz empalagosa, mejor que Nana la de Emile Zolá, esta sí, incapaz de representar nada y por ello oficiante en los antros de la burdelería. No, su tarea fue traer el chiste, la picardía y el sabor ibérico que burló a la Inquisición. Y se movió usted por un país triste, abundante en poetas de cantina y en terratenientes gordos y selvatenientes dueños de los caminos del tren. Así que siguiéndola a usted, habitante de teatros a punto de caerse, se hace una historia del país, de los ríos y los puertos, de las estaciones ferroviarias y los antioqueños de los aserríos en la selva. Y también de algunos sirios con pasaporte turco, que tenían la virtud de hablar y de reír al mismo tiempo, como si el país que recorrían no existiera. Hasta tendrían razón.

Virginie Fábregas, actriz española que fundó su propia compañía y se vino a hacer la América con poca suerte. Dicen que murió en un accidente de tren en Zaragoza, en 1915, aún reinando Alfonso XIII, el huidizo. Sobre ella hay leyendas y algunas fotos. Y la fama de no hacerle ascos a cualquier hombre que estuviera limpio.

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