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El tsunami automotor colombiano

  • Rodrigo Guerrero | Rodrigo Guerrero
    Rodrigo Guerrero | Rodrigo Guerrero
20 de marzo de 2011
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"Lo que es bueno para General Motors es bueno para el país", declaró Charles Wilson ante el Congreso de Estados Unidos, en 1953.

La frase del antiguo presidente de General Motors, entonces Secretario de Defensa, causó revuelo porque pudo entenderse como expresión de la política del Gobierno ante la industria del transporte.

A General Motors y otras empresas del sector se les imputa haber comprado los sistemas de transporte público de ciudades como Los Ángeles, Baltimore y Oakland para desmantelarlos y reemplazarlos por buses, taxis y automóviles particulares. Un eficaz cabildeo ante el Congreso norteamericano frenó proyectos de transporte público, al tiempo que se aprobaron incentivos estatales para comprar carros y construir superautopistas.

En consecuencia existen ciudades como Miami, cuyos habitantes y visitantes dependen del automóvil particular como casi único medio de transporte. Para desplazarse entre ciudades norteamericanas los vehículos predilectos son el automóvil y el avión, porque los trenes son obsoletos, lentos, costosos y poco confiables. Sólo ahora el presidente Obama, reconociendo el atraso comparativo de su país, ha propuesto estímulos económicos para construir rutas ferroviarias de alta velocidad entre los grandes conglomerados urbanos.

China adoptó el modelo norteamericano y sus amplias avenidas, antes utilizadas por millones de ciclistas, ahora están saturadas de automóviles. Hace poco informó la prensa sobre un novedoso servicio de rescate en motocicleta para conductores atrapados en los trancones de varias horas que ocurren en Beijing.

Según datos oficiales, el parque automotor colombiano es de siete millones de vehículos y 2010 fue el año de mayores ventas, con un crecimiento del 37,1% comparado con 2009. En 2010 se vendieron un poco más de 250.000 carros nuevos y algunos vaticinan que se venderán 300.000 en este año. Pero estas cifras son sólo una parte del problema, porque en Colombia no se chatarrizan los viejos y por cada carro nuevo se comercializan dos usados. Si a los automóviles nuevos y usados añadimos las motocicletas y tractomulas, debemos concluir que las ciudades y carreteras colombianas enfrentan un auténtico tsunami automotor.

Ante este tsunami, los gobiernos locales carecen de una visión sistémica del transporte y se limitan a ejecutar proyectos puntuales tímidos y desarticulados. Cali acaba de aprobar la construcción de una autopista urbana que funcionará por peaje y Bogotá considera otra, pero en general, las nuevas vías e intersecciones se construyen a un ritmo inferior al del crecimiento del parque. El bajo precio de los automóviles, producto de la revaluación del peso, permite a las familias comprar un carro adicional para derrotar al pico y placa. Tanto el Metro de Medellín como el Transmilenio de Bogotá y el MIO de Cali ofrecen soluciones insuficientes para la magnitud del tsunami.

Los colombianos debemos definir qué tipo de país queremos. ¿Queremos que nuestras ciudades sean como Miami, sólo para automóviles, o queremos que sean también para peatones y ciclistas? ¿Queremos que las peligrosas y contaminantes motos se desplacen al lado de transmilenios semivacíos? ¿Estamos dispuestos a tolerar más trancones y mayor tiempo de desplazamiento? ¿Queremos un transporte férreo de carga y pasajeros eficiente?

Es urgente buscar mecanismos para desestimular el uso de vehículos particulares. Aumentar el precio de la gasolina es una medida correcta; otro podría ser elevar el impuesto de rodaje y calcularlo según el cilindraje del vehículo. Es también prioritario apoyar el desarrollo de servicios eficientes de transporte público y recuperar el transporte ferroviario, especialmente el de carga.

Se piensa que el crecimiento del parque automotor es indicativo de la fortaleza de la economía colombiana, pero no podemos olvidar que no siempre lo que es bueno para un sector de la economía es bueno para todo el país.

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