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HISTÓRICO
El oro y la sangre
  • El oro y la sangre
  • Autor

Juan José Hoyos


 Profesión:
Periodista

Nacionalidad:
Colombiano


 Contexto
Recorrer las regiones de Colombia, hablar con su gente, encontrar su magia y sus búsquedas; descifrar en sus palabras las huellas del pasado es un arte. Y en este libro El oro y la sangre, de Juan José Hoyos, se observan culturas, rupturas, cambios que marcan la vida de las comunidades.El oro y la sangre, editado por Hombre Nuevo Editores, había sido publicado hace diez años por Planeta, cuando ganó el premio Germán Arciniegas de Periodismo-2004, que otorga esa casa editorial.La presentación de esta nueva edición se hizo el pasado 23 de agosto en la Biblioteca Pública Piloto. Un libro que está lleno de ironía, que muestra la fragilidad de las culturas cuando la sed del oro se convierte en obsesión. Los capítulos, uno tras otro, dan cuenta de la transformación de una comunidad indígena luego de que uno de sus miembros descubre una mina de oro que se convierte en imán de una serie de personas extrañas al lugar y que invaden la cotidianidad. Un tema clave, como bien lo dice el autor, cuando advierte que el problema del oro y de los indígenas es actual desde la conquista española. Juan José Hoyos es novelista, ensayista, cronista y autor de reportajes que hacen parte de la historia del periodismo en Colombia. Hoy publicamos uno de los capítulos de este libro, el cual conserva su total unidad frente al texto completo.
    Autor Juan José Hoyos Profesión: Periodista Nacionalidad: Colombiano Contexto Recorrer las regiones de Colombia, hablar con su gente, encontrar su magia y sus búsquedas; descifrar en sus palabras las huellas del pasado es un arte. Y en este libro El oro y la sangre, de Juan José Hoyos, se observan culturas, rupturas, cambios que marcan la vida de las comunidades.El oro y la sangre, editado por Hombre Nuevo Editores, había sido publicado hace diez años por Planeta, cuando ganó el premio Germán Arciniegas de Periodismo-2004, que otorga esa casa editorial.La presentación de esta nueva edición se hizo el pasado 23 de agosto en la Biblioteca Pública Piloto. Un libro que está lleno de ironía, que muestra la fragilidad de las culturas cuando la sed del oro se convierte en obsesión. Los capítulos, uno tras otro, dan cuenta de la transformación de una comunidad indígena luego de que uno de sus miembros descubre una mina de oro que se convierte en imán de una serie de personas extrañas al lugar y que invaden la cotidianidad. Un tema clave, como bien lo dice el autor, cuando advierte que el problema del oro y de los indígenas es actual desde la conquista española. Juan José Hoyos es novelista, ensayista, cronista y autor de reportajes que hacen parte de la historia del periodismo en Colombia. Hoy publicamos uno de los capítulos de este libro, el cual conserva su total unidad frente al texto completo.

  • La transformación de una comunidad que se dejó deslumbrar.
En lengua emberá, en el Alto Andágueda, no existía la palabra moneda a comienzos de este siglo. Las relaciones económicas entre los indios de las distintas zonas del territorio eran de trueque. Se cambiaba maíz por pescado, plátano por carne, madera por víveres.

No había que contar muchas cosas. Para hablar de los billetes de los blancos, los emberá decían ?kidúa?, que quiere decir papel. Cuando entraron los primeros billetes, hace años, se acostumbraba a contarlos diciendo, en lengua emberá, un kidúa, dos kidúas... aunque fueran billetes de cien pesos o de mil. Así lo relata el misionero claretiano Constancio Pinto, principal estudioso de la lengua emberá. Tuvieron que pasar muchos años para que los ?kidúas? ganados jornaleando en las haciendas cafeteras y ganaderas de los alrededores lograran ser reconocidos por los indios.

Cuando aprendieron a distinguir los billetes, la base de su numeración -que es el cinco- les trajo nuevos problemas. Antes, al comprar o al vender tenían que hacerlo calculando montoncitos de a cinco. El número siete, por ejemplo, se representaba diciendo cinco más dos. La palabra treinta y tres era un fonema de difícil pronunciación que tenía más de veinte sílabas. Los billetes, en cambio, introdujeron los ?ojos? en la forma de contar. Estos son equivalentes a los ceros de la numeración arábiga. Hoy, después de la bonanza del oro, los emberá cuentan el número de ceros de los billetes y las cifras grandes por el número de ?ojos?.

Esta es una de las muchas cosas que el oro de la mina de Río Colorado trastornó en el mundo pequeño y pobre -pero, hasta hace unos años, apacible- de los emberá del Alto Andágueda.

Además de la forma de contar, el oro y los billetes cambiaron las costumbres, la idea de los viajes, el pelo, los dientes, los techos de los tambos, los relojes, la música...

El oro no se gastó solamente comprando fusiles AK-47. En los tambos de Aguasal, Conondo, El Chuigo, Paságuera, Río Colorado, el oro sacado de la mina provocó una revuelta en las costumbres como nunca antes se había visto y se gastó a manos llenas para comprar grabadoras Silver, Sony, Hitachi, relojes vistosos de todos los modelos y tamaños, cajas y más cajas de aguardiente y alcohol, kilos y más kilos de chaquiras de colores...

En la época del oro, al resguardo empezaron a llegar por miles frascos de agua oxigenada que muchas indias usaban para desteñirse el pelo e imitar la apariencia de las rubias. Después, el agua oxigenada empezó a ser usada también por algunos jóvenes, como los del grupo de Miguel Murrí, en El Chuigo. La gente cuenta que a los muchachos se los distinguía de lejos no sólo por los morrales y las armas sino por su pelo de color rubio.

Detrás de los frascos de agua oxigenada llegaron los tubos de Kolestone, los fijadores y la gomina. ?En esa época, en el resguardo había pelos de todas las formas y colores?, recuerda una maestra del colegio de Aguasal.

Durante la bonanza de los primeros años muchos jefes de familia también decidieron cambiar los techos de palma de los tambos por tejas de zinc, iguales a las del campamento y la mayoría de Río Colorado. Los nuevos techos eran más caros y vistosos que los tradicionales, construidos a base de palma, pero cuando hacía sol, el calor se volvía insoportable en los tambos y la gente se veía obligada a abandonarlos, sobre todo al mediodía, para buscar un lugar fresco bajo la sombra de los árboles.

Con los dientes pasaron cosas similares. Hubo gente que iba a los consultorios odontológicos de Pueblo Rico o Pereira a forrárselos en oro. En Río Colorado hubo un indígena que se los mandó forrar en platino.

Los viajes en avión también se pusieron de moda en el resguardo. La costumbre la iniciaron los miembros del cabildo de Río Colorado que aprovechaban las comisiones a las oficinas del Incora, en Bogotá, para ir al estadio El Campín a ver los clásicos que jugaban Santa Fe y Millonarios. ?Llegaban los viernes, compraban las boletas y después iban a las oficinas a pedirnos el favor de que les guardáramos las cosas hasta el lunes?, cuenta Enrique Sánchez. ?Con el tiempo nos dimos cuenta de que ahí, con la ropa, casi siempre traían oro en polvo en pequeños talegos. El lunes, después del partido, vendían el oro, hacían las vueltas y volvían al Andágueda por Pereira?.

Después, la fiebre de los aviones se volvió común. Los indígenas llegaban al aeropuerto de Pereira, compraban un montón de tiquetes, se montaban en el avión y se iban a darle la vuelta al país. Hubo gente que durante un fin de semana nada más estuvo en Cartagena, Bogotá, Barranquilla, Cúcuta, Medellín y Cali.

?El disfrute de ellos era saber que allá arriba no viajaban sino los blancos?, dice Alonso Tobón, un funcionario de la Organización Indígena de Antioquia que visitó el Alto Andágueda durante la bonanza. ?Ellos allá en medio de esas selvas no habían visto los aviones sino cuando pasaban por el cielo... Y en cambio ahora podían volar en ellos y estar en las nubes, mirando para abajo. Eso era una sensación muy grande. Eso para ellos era fabuloso. Y después llegaban allá a contar cómo era?.

Durante la época del oro, en el Alto Andágueda había relojes por todas partes. Algunos eran enormes, de números romanos, y ningún indígena era capaz de leerlos. ?Ser mediodía. Tal vez tres, cuatro horas, tal vez veinte minutos?: así contestaban cuando les preguntaban por la hora. También se pusieron de moda las gafas verdes, para proteger los ojos del sol, y los zapatos de cuero, y los sacos y las corbatas.

Una antropóloga de la Universidad de Antioquia halló una vez a un grupo de indígenas de sombrero y corbata trabajando con sus machetes en la despejada de una trocha.
En Andes, cuando los indios llegaban a la zona de prostitución, los fines de semana, las putas se los peleaban porque sabían que llegaban cargados de oro y de billetes.

Lo mismo sucedía en Pueblo Rico. Allí los indios se enloquecían con los billetes llenos de ?ojos? que les daban en las compras de oro y se gastaban el dinero comprando zapatos, vestidos, gafas, sombreros y montones de cosas que no servían para nada en la selva. Cuando volvían al resguardo, el domingo por la noche, se metían al monte con esos vestidos. Al día siguiente los botaban en cualquier potrero o cañada.

En Pueblo Rico, una vez, el cabildo en pleno llegó a posesionarse en el juzgado municipal. En Río Colorado les habían advertido muy claramente que no podían emborracharse hasta que acabaran la diligencia. Como el juzgado estaba cerrado, fueron al barrio y contrataron varias putas. Después se las llevaron para el hotel y las hicieron desvestir, una detrás de otra. Las estuvieron mirando toda la tarde, sin tomarse un trago. Al día siguiente fueron al juzgado, se posesionaron de sus cargos, y regresaron al resguardo, borrachos, en un bus expreso que los llevó por la carretera hasta la fonda de Docabú.

En Andes hubo un indígena de Río Colorado, llamado Meraldo, que hizo historia. Un día llegó al pueblo cargado de billetes y se le metió en la cabeza comprar un taxi. Pagó de contado el primero que encontró. El carro era un Ford viejo que trabajaba llevando gente hacia las veredas. Meraldo contrató un chofer y empezó a andar en el taxi por las calles del pueblo, para arriba y para abajo.

Cuando se emborrachaba, lo hacía estacionar frente a la cantina. El hombre estuvo en Andes, con el carro, varias semanas. Después se fue a viajar de pueblo en pueblo por Antioquia y por Caldas. Cuando regresó, el taxi estaba casi desbaratado. En Andes se le fundió el motor. Meraldo lo dejó abandonado en una calle y se devolvió a pie, por la trocha, hasta Río Colorado.

?Uno se los encontraba en Medellín o en Bogotá paseando, bebiendo por ahí, caminando... Ellos hacían su plata y luego la botaban?, dice Enrique Sánchez.

Un viernes de 1980, cuando el gobernador Enrique Arce todavía estaba vivo, salió de Río Colorado una comisión que debía rendir una declaración sobre el problema de la mina en un juzgado de Pereira. El grupo estaba formado por unos diez indígenas.

El cabildo comisionó a Alonso Tobón para que fuera el responsable. Algunos de los miembros de la comitiva eran el propio Enrique Arce, gobernador del cabildo, Aníbal Murillo, descubridor de la mina, su yerno, Narciso, y Aníbal Murrí, un indígena educado en Andes que se defendía muy bien con el idioma español.

?Hubo algunos que salieron adelante. Los que íbamos atrás llegamos a la misión de Aguasal al mediodía?, cuenta Alonso Tobón. ?Allí los indígenas vendieron el oro. Entre todos recogieron como un millón de pesos. Almorzamos donde el padre Betancur y preguntamos por los otros y nos dijeron: esa gente ya va lejos... Cuando llegamos al río Agüita y salimos a la Unión, más abajito de Docabú, no había ni rastro de la gente. Entonces nos bañamos.

Cuando llegamos a Pueblo Rico, por ahí a las cuatro de la tarde, los indios que iban adelante ya no estaban. Nos pusimos a buscarlos. Y resulta que a las mujeres las habían dejado encerradas con llave en el hotel... Nos pusimos a averiguar y nos dijeron: esa gente está en el barrio... Y nosotros fuimos al barrio y allá estaban. Eran como las siete de la noche. Estaban en una cantina, todos con unas gafas muy grandes, y con sombreros. Estaban de cachacos, encorbatados.

Los pelados estaban fumando cigarrillos y con una botella de Ron Viejo de Caldas en la mesa, poniendo música y con viejas. Toditos estaban ahí. Brincaban y gritaban y le daban trago a todo el mundo. Estaban muy borrachos. El dueño del negocio nos dijo que le habían comprado la cantina...?.

?Entonces yo le dije a Enrique: cuál declaración va a haber con esta gente... Nos fuimos a ver una película y después a dormir al hotel?, dice Alonso Tobón.

?Al día siguiente, me levanté muy temprano, pensando en el viaje. Miré el reloj y eran las cinco de la mañana y no vi a Enrique en el hotel. Cuando salí y abrí la puerta, al primero que veo allá al frente, en un hotel de puertas azules situado en la plaza, es a Enrique Arce, el gobernador, también borracho?.

Para el viaje, Tobón decidió alquilar un carro expreso. Sabía que en la Flota Occidental, con la gente en ese estado, los bajaban del bus o había pelea.

?Ese viaje fue de lío en lío porque en toda fonda que veían querían bajarse?, recuerda Tobón. ?Por el camino hubo que bregar mucho con ellos. Uno sacó un cuchillo y empezó a amenazar a los compañeros. Quería que compráramos más trago...

? Afortunadamente, en un punto de la carretera, junto a una cascada, Aníbal Murrí hizo parar el carro y hasta a Enrique lo hizo meter al chorro y lo hizo bañar?, recuerda Tobón. ?

Ahí se les quitó un poco la borrachera y empezaron a componerse. Cuando llegamos a La Virginia, querían quedarse en la zona de tolerancia. Ellos conocían mucho por ahí porque en tiempo de cosecha de café trabajaban en toda esa zona y bajaban a beber a esos barrios de putas. Y allá hicieron parar el carro y se metieron a una cantina. El chofer ya estaba azarado. Cuando empezaron a tomar, yo le dije al chofer: vámonos.

Entonces se montaron. Cuando llegamos a Pereira ya querían bajarse era en la entrada del zoológico porque querían ver los animales. Como estaban borrachos todos, nos fuimos para la galería de Pereira y en uno de esos hoteles hicimos lo mismo que hicieron ellos con las mujeres en Pueblo Rico: los encerramos con llave, en los cuartos, hasta que se les quitó la borrachera?.

El domingo amanecieron distintos. Estuvieron en el zoológico, vieron los animales, pasearon por Pereira y se acostaron todos temprano, obligados. El lunes fueron al juzgado. Después de concluir la diligencia, salieron a andar y a comprar cosas. Sobre todo, máquinas de coser y grabadoras.

Por la tarde, cuando Alonso Tobón volvió al hotel, los encontró otra vez vestidos de cachacos y con gafas. Casi todos estaban acompañados de prostitutas.

?Entraban al hotel con una mujer del brazo, subían a la pieza, se encerraban con ella durante un rato, y después salían?, cuenta Tobón. ?Al rato volvían con otra y hacían lo mismo. Hubo algunos que ese día entraron hasta cinco mujeres...?.

?Todos se emparrandaron, menos Narciso, que estaba recién casado, Aníbal Murrí y Enrique Arce, que ya sí estaba en sano juicio y andaba pendiente del grupo?.

Al día siguiente, la parranda continuó. Alonso Tobón, previendo el desastre, habló con Aníbal Murrí, uno de los pocos que todavía estaba en sano juicio. Entre los dos les quitaron el dinero que necesitaban para el viaje de regreso. Luego fue con él a la Flota Occidental a contratar un bus expreso.

?Yo dejé contratado eso, cancelé la cuenta del hotel y me fui?, dice Tobón. Un amigo de Pereira le contó después que, cuando se les acabó la plata, los indios vendieron las máquinas de coser y las grabadoras para seguir bebiendo.

Cuando, de nuevo, se quedaron sin un peso en los bolsillos, llamaron el bus y regresaron a Pueblo Rico. Después se fueron a pie por la trocha, y caminaron selva adentro durante dos días hasta volver a la mina de Río Colorado.