La vergonzosa pataleta del gobierno venezolano por la visita del político opositor Henrique Capriles a Bogotá deja en evidencia sin matices que el chavismo se explota por dentro.
Porque seamos claros, aquí no hay disputas bilaterales, ni ofensas de parte de Colombia o roces entre Bogotá y Caracas. Lo que hay, ciertamente, es el forcejeo interno de dos incapaces, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, que buscan demostrarse entre ellos y a sus seguidores, cuál es el gallito más fino. No hay siquiera un interés en el legado chavista, hay un interés en su herencia.
La orfandad del chavismo es inmensa. Ni la entrega del testigo político de un Chávez moribundo a su fiel escudero logró sortear los egos y los intereses alrededor de un movimiento caudillista, sin pies ni cabeza.
Cabello, que había vuelto al redil más por necesidad que por convicción, está impregnado hasta los tuétanos de denuncias de corrupción. Maduro, en la otra esquina, no tiene más mérito que ser un obediente segundón que ahora se revela como un mal político y un administrador incapaz.
La pelea es por la sucesión. Que Santos haya recibido a Capriles era un hecho sabido en Venezuela con antelación y sopesado, además, por la cancillería colombiana. Sin embargo Cabello, calculador como es, lo utilizó como una prueba de resistencia hacia su rival. Puso el grito en el cielo, vociferó en plaza pública y obligó a Maduro a emitir un concepto trasnochado y exagerado.
Colombia es el enemigo perfecto. La línea dura del chavismo le mide el aceite a la línea moderada con un hecho que, por externo, representa la defensa del nacionalismo. Una cortina de humo de doble propósito que es capaz de cambiar de tema en el interior de un país en crisis, desabastecido y desorganizado, pero al mismo tiempo busca dejar en evidencia quién tiene más poder en el interior de las filas rojas.
El apoyo al proceso de paz de La Habana es un chantaje ideal y Santos, que siempre ha puesto una vela a Dios y otra al diablo, tiene entonces que capotear como bilateral una pelea exclusivamente venezolana. La posición del gobierno colombiano de tratar la algarabía por canales diplomáticos obedece no solo a una política gubernamental, sino al desconcierto por el comportamiento de Caracas.
El fuego lanzado por Cabello, el canciller Elías Jaua y luego atizado por Maduro no incendió el vecindario, muy a pesar de sus intenciones. Ahora quizá la frontera no reciba los tanques que amenazaba en sus épocas Chávez ni se necesiten presidentes amigos para bajar el calor de la discusión.
Lo que parece no tener freno es el deterioro del chavismo, que se esfuerza por imaginar planes de conspiración contra la revolución. La verdad es que no hace falta, pues el trabajo sucio lo están haciendo desde casa. La puñalada se la clavan entre hermanos.
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