Hace escasas dos semanas, en la capital de la montaña, hinchas del Deportivo Independiente Medellín, protagonizaron desmanes en los alrededores del Estadio Atanasio Girardot, hecho que obligó a las autoridades antioqueñas a tomar medidas drásticas como fuera la suspensión de dicha plaza para los próximos encuentros como local del equipo paisa. Hace cuatro días, un seguidor del Equipo Millonarios de Bogotá asesinó a un militar jubilado de 66 años que intentaba defender a su hijo, hincha del Independiente Santa Fe, ante las agresiones de un grupo de aficionados del equipo azul. Anoche, en eventos acaecidos en la capital de la República, dos hinchas del Atlético Nacional fallecieron en hechos aislados como consecuencia de actos violentos protagonizados por hinchas del Equipo Millonarios, lo que obligó a la cancelación abrupta del juego Millonarios–Nacional, programado para esta fecha.
Hechos como las anteriores lamentablemente vienen haciendo parte del abanico de las principales noticias de los colombianos en los últimos días, sin mencionar el número de muertes violentas de hinchas acaecidas en el transcurso del presente año en diferentes ciudades del país, incluyendo el abaleo del que fuera objeto un bus en mayo pasado, en el que falleciera un hincha del equipo Once Caldas, y otros tres seguidores del futbol resultaran heridos.
Este es el fiel reflejo de una nueva forma de violencia que se asocia, ahora, a la historia del fútbol colombiano, y que surge como una actual sociopatía, la cual no percibimos todavía en sus dimensiones reales, la muerte absurda de hinchas del fútbol, y que tiene como sinónimos equiparables la pasión, el fanatismo, el crimen, el terrorismo, la intimidación y el terror.
¿Cómo puede un espectáculo tan agradable (para quienes nos gusta el fútbol), espectáculo que al fin y al cabo no deja de ser lo que es: un deporte, ligarse de manera tan profunda a la conducta violenta de masas e individuos? ¿Cómo puede el fútbol, asociarse a hechos tan graves y delicados, como la consumación de gran variedad de actos vandálicos incluyendo la ejecución del delito más cuestionable y reprochable desde todo punto de vista: el homicidio, el cual para preocupación de nuestra sociedad colombiana (la cual pareciera acostumbrarse a todo) encuentra en estos momentos su mayor expresión? Tratemos de encontrar las respuestas:
1. ¿EJEMPLO, COINCIDENCIA O IMITACIÓN? LA SIMILITUD CULTURAL Y SOCIOLÓGICA QUE ANTECEDIERA A NUESTRA ACTUAL Y CRUDA REALIDAD EN LOS PAÍSES EUROPEOS EN LAS DÉCADAS DE 1980 Y 1990
Para muchos, la primera vez que escuchamos de actos violentos asociados al fútbol, los recordamos, no como actos acaecidos propiamente en nuestro país, sino en países europeos. Es así como debemos remitirnos a los llamados hooligans, anglicismo utilizado para referirse a seguidores de equipos del fútbol inglés, que en la década de los años ochenta y noventa fueran protagonistas de disturbios y actos vandálicos, que en ocasiones derivaran en tragedias como la de Heysel. En aquella ocasión, en 1985, en el Estadio de Heysel (Bruselas), murieron 39 personas, en su mayoría italianos, durante un ataque artero de los aficionados del Liverpool, que en esa noche jugaba con la Juventus la final de la Copa de Europa. Trasladados los muertos y heridos el partido se jugó igual. Estos encuentros violentos entre grupos dieron lugar a numerosas muertes (un promedio de media docena al año en la década del 90) y tragedias a lo largo de la historia del fútbol inglés.
El comportamiento de los hooligans, desde el punto de vista sociológico estaba por entonces necesariamente asociado a patrones de comportamiento que indicaban cierta forma de rebeldía, consumo de estupefacientes y drogas alucinógenas, influencia de géneros musicales (Punk), arribo de modas en el vestir (peinados e indumentarias, por decir estrafalarios), uso de collares, aretes, piercings, tatuajes, etc. Hooligans que a la vez, en su momento, integraban bandas (llámense musicales o delincuenciales) no importa la finalidad de su expresión, que en su momento fueran protagonistas de la dinámica y mercadeo de drogas en las ciudades europeas. Cualquier parecido con la realidad de nuestros actuales jóvenes en las grandes ciudades de nuestra Querida Colombia, es pura coincidencia… A partir de los años ochenta muchas subculturas juveniles como los skinhead, herbert, mod, punk o rude boy se han visto ligadas al movimiento hooligan. Incluso, se dice, en general, que los grupos violentos ingleses prefieren llamarse a sí mismos The Firm (La firma), en el sentido comercial de ser un grupo que busca financiar sus traslados y actividades, basados en hechos la mayoría de ellos ilegales. Cómo financian sus traslados a otras ciudades y cómo acceden a nuestros estadios las denominadas barras bravas en nuestras ciudades como Medellín y Bogotá? Reitero, cualquier parecido con la realidad de nuestros actuales jóvenes en las grandes ciudades de nuestro país es pura coincidencia.
2. LA HISTORIA DEL FÚTBOL COLOMBIANO HA ESTADO LIGADA LAMENTABLEMENTE A DIVERSAS FORMAS DE VIOLENCIA
Para respaldar esta hipótesis debemos traer a la memoria hechos que fueron verdades:
El primero: para nadie es misterio recordar que en las décadas de los ochenta y noventa, los equipos insignias de nuestro fútbol estuvieron patrocinados por personajes asociados al narcotráfico y por ende a la delincuencia y violencia de nuestras principales ciudades.
Nombres como los hermanos Rodríguez y el América de Cali, Pablo Escobar Gaviria y sus nexos con el Atlético Nacional, El Mexicano y el Club Los Millonarios, son algunos de los que se asociaron de alguna forma al proceder delictivo con la conformación de onerosas nóminas de nuestro fútbol, o la compra, tenencia y pertenencia de pases de figuras suramericanas del fútbol continental y nacional. Por algo, y recientemente, aunque con la certeza de que ya es absolutamente imposible, un acreditado periodista radial sugirió que los equipos que ganaron campeonatos del fútbol rentado colombiano, bajo la duda de la procedencia de ciertos capitales, obviamente venidos del narcotráfico, deberían devolver algunas de las estrellas que hoy ostentan en sus escudos.
El Segundo: los hechos de coacción infringidos en contra de Representantes del arbitraje colombiano. |
El 12 de noviembre de 1988, en plenas finales del campeonato, trascendió que el árbitro de fútbol Armando Pérez había sido secuestrado por un grupo que dijo representar a seis equipos, y que lo hizo para enviar un mensaje: árbitro que no cumpla honestamente con su función "será borrado del mapa". Hecho que a todas luces dejaba entrever el presunto delito de coacción por parte de fuerzas oscuras interesadas en el devenir y resultados del campeonato en juego. El escándalo fue consistente con el conocimiento que la opinión pública del momento, que empezaba a conocer acerca de la factible manipulación y conflicto de intereses relacionados con los títulos a otorgar a los equipos representantes del fútbol rentado colombiano. Al fin y al cabo, ya era público en el país que los grandes capos del narcotráfico movían sus hilos en los equipos profesionales.
El tercero: los actos de máxima violencia (homicidio) infringidos en contra de representantes del arbitraje colombiano.
El 15 de noviembre de 1989, tras oficiar como juez de línea en un partido entre Medellín y América, fue asesinado a pocos metros del Hotel Nutibara de la capital antioqueña, el árbitro Álvaro Ortega. El juez del mismo partido, Jesús Díaz, salió ileso del atentado. Se escribía por primera vez la muerte de un árbitro en el libro de nuestro fútbol rentado, menguado por la crisis creada por el narcoterrorismo, nacía la incertidumbre respecto de la violencia asociada al fútbol de nuestro país... En ese entonces, el Ministerio de Educación decidió cancelar el Campeonato Rentado del Fútbol Colombiano; hecho que no ocurría desde el año 1948, en que surgió el fútbol rentado nacional. En nuestra historia futbolística ha sido precisamente dicha vigencia la única temporada que no tuvimos un campeón. No obstante, no fue el único campeonato cursado bajo conjeturas.
El cuarto: la cultura de nuestra violencia histórica se vuelca hacia nuestros propios jugadores.
Sea el momento, no soy periodista, soy médico especialista en Gerencia y Administración de Salud y soy, como tantos de ustedes, un enamorado del fútbol. Simplemente, me gusta escribir…
La copa rebosada se vio derramada con la muerte de Andrés Escobar. La muerte de Andrés, para quienes amamos el fútbol, cambió la forma de percibir el fútbol, que es parte de nuestros deleites y aficiones, que es parte de nuestra propia vida…
El hecho de la muerte de Andrés me tocó profundamente por tres cosas:
-Era primo hermano de un inseparable compañero de la Facultad, en Medellín, en la Universidad Pontificia Bolivariana. Por ello tuve la oportunidad de conocerle personalmente.
-En la noche de su muerte (3-4 de julio de 1994) era yo el médico responsable de las Salas de Urgencias del Hospital General de Medellín, institución donde laboré. Esa noche (que nunca olvidaré) me llamaron a la puerta del Servicio de Urgencias, siendo requerido por toda clase de medios de comunicación, ante la supuesta muerte violenta del jugador Andrés Escobar, hecho del cual nunca conocimos nada… no entiendo todavía, después de lo que pasó en El Indio, por qué no fue ingresado al Hospital General de Medellín, donde se le pudo haber tratado de salvar su vida… teníamos todos los recursos… fue llevado directamente a la Clínica Medellín del Centro…. Llegó sin signos vitales… y declarado muerto.
Al respecto, comparto plenamente como otros que, en su puesto, en toda la historia del fútbol colombiano la mejor dupla defensiva de Colombia sería la integrada por Óscar López y Andrés Escobar.
-Soy Bachiller del Colegio de San José de Medellín (año 1979). Y conocí y estudié con los supuestos autores intelectuales del crimen de Andrés, los hermanos Gallón. Estudié con uno de ellos, vivían en la carrera El Palo, hijos de un Señor, y de un Hogar, como decimos los paisas, de Santo Rosario Diario, dueño de la Farmacia Caracas.
Andrés fue asesinado por causa de su autogol en USA 1994… era una apuesta de 10 Millones de Dólares, casada entre los mafiosos de Miami, que tasaron su pérdida, equivalente a los 10 millones de dólares que desembolsaría en ese entonces el Milán de Italia por nuestro Andrés…
Hemos pasado en este ejercicio por los ejemplos, los árbitros y los jugadores… (increíble) ¿Qué nos faltaba? El espectador. El hincha. El seguidor.
3. LA VIOLENCIA ENTRE BARRAS BRAVAS EN EL FÚTBOL COLOMBIANO, UN TEMA DE GRAN COMPLEJIDAD QUE AÚN NO DIMENSIONAMOS
No existe ningún deporte ningún espectáculo que genere más euforia, más pasión, que el fútbol. El también llamado deporte de las multitudes genera en sus hinchas vivencias y emociones nunca vividos. Un gol, la consecución de una clasificación, el logro de un campeonato, son experiencias que generan en el público, y específicamente en el hincha, sentimientos y emociones en verdad muy especiales. Me remito en este momento al escritor y periodista colombiano David Sánchez Juliao, fallecido en febrero de 2011, quien equiparó la emoción del gol con el orgasmo masculino, en el sentido de que psicológicamente entre los hombres, el vivir un gol, es en cierto sentido evocar su sexualidad, en el sentido de penetrar la valla adversa, romper la red, conquistar la anotación… verdaderamente puede guardar cierta relación con la libido de nosotros los hombres. Por ello, sin ser psicólogo, creo pertinente realizar un análisis de las emociones que despierta este deporte, tanto en el individuo, como en las masas, en las Barras Bravas... Para ello es necesario analizar dos términos, la pasión y el fanatismo.
La pasión es una emoción definida como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. Así, pues, la pasión es una emoción intensa que engloba el entusiasmo o deseo por algo. El término también se aplica a menudo a un vivo interés o admiración por una propuesta, causa o actividad. Se dice que a una persona le apasiona algo cuando establece una fuerte afinidad hacia dicha idea, tema u objeto.
En el sentido clásico, la pasión designa todos los fenómenos en los cuales la voluntad es pasiva; es decir, cuando un individuo es pasivo por oposición a los estados en los cuales él mismo es la causa; además, está especialmente relacionado con los impulsos del cuerpo. En cambio, en un sentido moderno, la pasión es una inclinación exclusiva hacia un objeto, un estado afectivo duradero y violento en el cual se produce un desequilibrio psicológico (el objeto de la pasión ocupa excesivamente el espíritu), supone una perturbación o afecto desordenado del ánimo.
Las pasiones son inclinaciones o tendencias de gran intensidad, que no proceden de la voluntad, que se experimentan desde la pasividad, como “viéndose arrastrado por ellas”, excepto cuando se intenta luchar activamente contra las mismas. Las pasiones se distinguen de las emociones y sentimientos por tener mayor intensidad que estas, y porque tienen una mayor duración, y dan a la persona que las experimenta la sensación de ser dirigida y dominada por ellas. Tienen un carácter más indiferenciado que los sentimientos y están orientadas fundamentalmente a conseguir el objeto que desencadena su aparición, por lo que mantienen una cierta proyección de futuro. Las emociones, por el contrario, están enmarcadas siempre en el presente. La emoción del fútbol suscita pasión, no obstante, toda pasión es peligrosa.
El fanatismo, en este orden de ideas, es una pasión exacerbada y desmedida, particularmente orientada hacia una causa religiosa o política, o hacia un pasatiempo o hobby.
Consta de una apasionada e incondicional adhesión a una causa, un entusiasmo desmedido y monomanía persistente hacia determinados temas, de modo obstinado, algunas veces indiscriminado y violento.
El fanatismo puede referirse a cualquier creencia afín a una persona o grupo. En casos extremos en los cuales el fanatismo supera la racionalidad, puede llegar a extremos peligrosos, como matar a seres humanos o encarcelarlos, y puede incluir como síntoma el deseo incondicional de imponer una creencia, considerada buena para el fanático o para un grupo de los mismos. El fanático defiende su creencia o su opinión con gran vehemencia o pasión y se muestra intolerante y violento con los que no opinan lo mismo. Admira y apoya su causa con entusiasmo desmesurado, es el que está de manera permanente, ciegamente entusiasmado por una cosa. El fanatismo podríamos decir, incluso, linda con la idolatría. Como ejemplo cierto pero inconcebible, conocemos los sentimientos que despierta Hugo Armando Maradona en su país, donde es considerado casi un Dios, al punto de existir la Iglesia Maradoniana.
Situados en este contexto, observamos con preocupación la generación de las hoy llamadas BARRAS BRAVAS, en las que se conjugan varios ingredientes, no culinarios ni con fines gastronómicos, sino suficientes como para fabricar una bomba atómica. Entre estos podríamos extractar los siguientes:
• Jóvenes, generalmente pertenecientes a estratos sociales populares en donde la cultura de la violencia es algo visto de un modo muy natural, pues hace parte de ellos, creció en todas sus modalidades con ellos, y está de manera permanente alrededor de ellos.
• Jóvenes que combinan su afición por el fútbol con actividades ilícitas y con una interdependencia y dinámica con las drogas, con fines de consumo y/o fines de mercadeo.
• Jóvenes en su mayoría sin oportunidades de formación, estudio y/o productividad alguna.
Lo anterior lleva a una caracterización o identidad no ya individual sino colectiva, similar a la que converge en la formación de bandas y combos existentes en nuestras comunas, en donde, aparte de líderes, se da la creación de valores y afinidades (que son para nosotros antivalores), potencializadas por un mutuo compartir de ideas, admiraciones y afectos, en este caso por determinado equipo de fútbol. No sería difícil entonces entender la manera radical con que, a diferencia de nosotros, son mirados por estas barras bravas, los hinchas o simpatizantes de otros equipos. No vistos con el respeto que amerita en cualesquier individuo sus creencias y procederes siempre y cuando no toquen con el otro y con el bien común, sino vistas de la misma manera radical con que puede ser visto el integrante de otro combo, de una manera radical, como su opositor, como su enemigo.
Aparte de lo anterior, esa misma creación de valores al interior de estas organizaciones, es potencializada por el ocio, la falta de ocupación y por aquellas gratificaciones otorgadas por el objeto de su pasión, de su fanatismo, las expectativas ante el determinado rendimiento de su amado equipo, el cual llega a significar un todo en sus existencias, como respuesta a la privación de otras tantas gratificaciones a las que accede en otras circunstancias y de tan diversas formas un individuo normal.
En alguna ocasión fui al Estadio Atanasio Girardot, y analizaba el comportamiento colectivo e individual de ciertas barras, su fanatismo, expresado en los cánticos, que, óigase bien, en ningún instante durante todo el transcurso del encuentro dejaron de entonar; ello sumado al golpeteo permanente de los pies sobre el pavimento, donde no parecieran influir el cansancio y la acumulación de Ácido Láctico a nivel muscular. Es igualmente llamativo el tipo de fanáticos que se observaban, algunos totalmente tatuados en sus cuerpos, con colores, escudos, insignias y leyendas. Incluso tuve la oportunidad de ver algunos que no necesitaban camiseta, pues la tenían completamente tatuada en su cuerpo… Pregunto, ¿quién ha llegado a preocuparse realmente por estos personajes? Nadie. ¿Solo deben ser intervenidos desde el punto de vista punitivo? Solo ahora, cuando apenas se empieza a visualizar la punta del iceberg, prendemos alarmas… En nuestras grandes ciudades (Bogotá, Medellín, Cali), ¿se han ocupado las respectivas alcaldías de estudiar con la profundidad que merece este tema tan escabroso? ¿Se han dispuesto equipos de profesionales por parte de las respectivas alcaldías para impactar un fenómeno que a todas luces parece salirse de nuestras manos?
Una inmensa mayoría de aficionados (entre estos mi persona) prefirió no volver a los estadios, mucho menos a asistir a un clásico, por ser absolutamente peligroso. Un alto porcentaje de los colombianos prefiere seguir el deporte del balón por televisión. Pero, ¿entonces ya no se podrá salir a la calle con la camiseta del Nacional o del Santa Fé? Todos ya lo pensaríamos dos veces, porque prácticamente la violencia y los riesgos del fútbol no se viven ahora en los estadios y sus inmediaciones, se puede tener una triste y penosa experiencia en cualesquier parte de nuestras ciudades, en cualesquier barrio, en cualesquier sitio…
El fútbol pareciera haberse vuelto tan riesgoso como espectáculo, como las salidas en la noche a discotecas, costumbre que muchos cambiamos desde hace muchos años por la amenidad que ofrece una reunión familiar.
¿Tendremos que esperar a que este fenómeno crezca en silencio, y esperar los resultados que conlleva el fanatismo en nuestra sociedad? Recordemos no más cómo se formaron las famosas Juventudes Hitlerianas… Qué podrá haber más peligroso que un desadaptado, un sociópata (que es a la vez psicópata), alterado emocionalmente por su mal enfocada y desmedida pasión y/o fanatismo por determinado equipo de fútbol, armado, y en estado de alicoramiento, o bajo los efectos de la droga?
Hago un llamado a los lectores, para que se interesen por el tema acerca del cual me he referido. Mañana puede ser cualesquiera de nosotros, o un ser querido, la víctima de estos actos vandálicos e indolentes.
Hago un llamado a los profesionales de la sociología y la psicología, para que prendan alarmas sobre el tema, lo estudien y propongan manejos inmediatos, eficaces y efectivos.
Hago un llamado a todos los educadores, para que dentro de sus instituciones, se hable y sensibilice sobre el tema, para que desde el bachillerato creemos una cultura diferente ante el deporte y espectáculos de masas.
Hago un llamado a las administraciones gubernamentales, para que mediante equipos multidisciplinarios de sociólogos, psicólogos, sociólogos y trabajadores sociales, impacten nuestras comunidades y nuestras comunas en busca de aminorar este delicado fenómeno social que apenas comienza a mostrar sus efectos.
Recuerdo cuando de niño mi padre me llevaba al estadio a ver los clásicos del Nacional y el Medellín. Nos sentábamos al lado de hinchas verdolagas, o de hinchas rojos, todos compartíamos, se dialogaba entre unos y otros acerca de lo que se veía en la cancha, aparte de que ese sí era verdadero fútbol, aquí si cabría decir, con toda certeza y con toda razón, que todo tiempo pasado fue mejor.
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