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El alcalde que doblegó a la mafia y sobrevivió para contarlo

  • Leoluca Orlando, alcalde de Palermo, capital de la isla de Sicilia, ha luchado contra la mafia y es considerado un modelo a seguir en ciudades como Medellín. FOTO cAMILO SUÁREZ
    Leoluca Orlando, alcalde de Palermo, capital de la isla de Sicilia, ha luchado contra la mafia y es considerado un modelo a seguir en ciudades como Medellín. FOTO cAMILO SUÁREZ
Publicado el 11 de marzo de 2019

Gruesa reputación precedía su apodo: ‘La bestia’. Traficando con heroína, asesinando a 40 personas, e impartiendo órdenes para ejecutar cientos de muertes, dejó de ser un campesino de la ciudad italiana de Corleone para convertirse en el más grande de los capos de la mafia siciliana en las décadas de los 80 y los 90. Era Salvatore Totò Riina, quien en un sillón de cuero, en la penumbra, tomaba decisiones difíciles de la Cosa Nostra, tal y como el jefe de los mafiosos lo hacía en El Padrino, novela del italiano Mario Puzo, que cumple 50 años de haberse publicado.

El metro con 58 de su estatura era suficiente para apadrinar el negocio del crimen con sobornos y matanzas en las calles de Palermo. Silenció para siempre a los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992. También, en ese año, Leoluca Orlando, quien se desempeñó por primera vez como alcalde de Palermo, Sicilia, de 1985 a 1990, (y actualmente ejerce como tal) contestó el teléfono y escuchó el sonido del peligro, una voz de amenaza. A eso se sumó el titular de la primera página de un diario alemán: “El próximo será Orlando”. Así entendió su conexión con el ‘Capo di capos’.

Él, demócrata, católico, disruptivo e independiente, hijo de la aristocracia siciliana, preocupado por la educación de niños y jóvenes, se había convertido en el objetivo de una de las cabezas de la mafia que, según la revista Time, en 2011, era de las más infames de todos los tiempos.

Los años enderezaron la historia. Mientras Totò Riina recibió 26 cadenas perpetuas y murió en 2017, en la cárcel de Parma, a los 87 años; Leoluca, con el voto antimafia, se convirtió en diputado en 1992 y en el tercer aspirante más votado del país. Luego, cuanto más lo llamaban el ‘Hombre bomba’, por múltiples amenazas que ponían tiempo finito a su vida, más reelegido fue por los palermitanos que lo han seleccionado 6 veces como alcalde.

Hoy vive, “en parte, gracias a la democracia de la mafia”, dice. A esa frase le sigue la historia de un soplón que fue testigo de una reunión de jefes de la mafia en la que Totò anunció sus intenciones de matar a Orlando. La mayoría votó en contra con el argumento de que hasta las mujeres y los niños estaban dispuestos a morir por el alcalde. “Soy el único caso que ha hecho perder al jefe de la mafia en una votación”, afirma.

Esa misma lucha que lo ha llevado a vivir aislado de su familia y escoltado por hombres armados —incluso en el Parlamento mientras votaba— continúa así como su defensa de los derechos humanos. Es autor de la Carta de Palermo, que muestra, con su ejemplo, identificación y trato justo a migrantes.

En Medellín observó con esperanza cómo un símbolo del narcotráfico, El Mónaco, se derrumbaba. Siente que su hogar, el quinto territorio más poblado de Italia, padeció el crimen en paralelo y de manera similar a lo vivido en Medellín. “En esta ciudad y en la mía no solo se mata por dinero, sino por poder, amistad, familia, justicia. Hablo de la mafia que tiene una razón de identidad como el nazismo. Es la perversión del honor y amistad por vergüenza y complicidad”, afirma.

Todo está en el mensaje, porque para arrestar a un mafioso pueden ser suficientes cinco minutos, pero para cambiar la mentalidad del hijo del asesino son incipientes, así lo explica: “Si no lo convenzo de que lo que hizo su papá no era conveniente, vamos a tener un nuevo asesino”.

Y destaca la dignidad institucional para los familiares de las víctimas. “Fue la primera vez que en Medellín ellos no solamente encontraron reconocimiento moral sino institucional. Héctor Abad no era un militar, era un médico que se ocupaba de derechos humanos, es como para nosotros el cardenal Salvatore Pappalardo. No tenía armas, solo pedía una escuela. Tuvieron más miedo de un cura o de un médico, que de las armas de los policías, y los mataron”.

Solo quien tiene la experiencia de 30 años de trabajo por el cambio es capaz de hacer esas afirmaciones, para entenderlo, lo entrevistamos:

Cuando fue alcalde por primera vez mafiosos gobernaban, ¿enfrentarlos era tabú?

Pensar en la mafia después de la Segunda Guerra Mundial en términos de extorsión es reductivo. Gobernaba. Tenía rostro de Estado, de Iglesia y de empresa. Era una sola Palermo comprometida con un sistema de poder cultural, político, económico y religioso. El sueño de un jefe de la mafia es que no haya asesinados, porque si hay significa conflicto con bandas mafiosas o con el Estado. Por 27 años, Corleone, la ciudad donde los mafiosos más poderosos se crearon, era muy segura. Tenía 7 bancos y nunca hubo un hurto. Ni los ladrones se sentían libres para robar. Si hoy vas, finalmente hay ladrones, como ocurre en el mundo.

¿Cómo acabar la mafia?

Ella necesita tener una justificación cultural y religiosa. Para combatirla se necesita el carro siciliano, con dos ruedas: la de la represión, de la cárcel y la Policía; y la de la educación, la empresa y la escuela. Esas dos deben ir a la misma velocidad. Si solo funciona la primera, no avanza. Al final, alguien dirá que estaba mejor antes. Si solamente gira la segunda, el riesgo es que hay un bellísimo concierto de música siciliana en honor a un jefe de la mafia.

Usted quería hacer el cambio, pero necesitaba una estructura, ¿cómo lo logra? Empecé a hacer política con una fuerte misión ética: reivindicar a amigos que la mafia había asesinado. Sobre todo, a mi maestro político Piersanti Mattarella. Fui al tribunal para el ‘maxiproceso’ (la investigación penal más grande que ha existido contra mafiosos). Y en el búnker que construí, donde estaban 500 detenidos, pedí en nombre de la ciudad su condena. Se sorprendieron al ver que el alcalde estaba en su contra.

¿Y nunca se atrevieron a pedirle algo para la mafia?

Varias veces me amenazaron, pero no podían pedirme nada. Tenían miedo. En ese mismo periodo, otros buscaban hacer lo mismo que yo en diferentes lugares. El cardenal Salvatore Pappalardo; en la policía, Ninni casarà —que lo mataron el primer día que empecé—. Y podría hablar de comidas de las que soy el único invitado que no han matado.

¿Por qué sigue vivo?

Se lo debo primero a la Policía, pero la otra rueda fueron mujeres y niños, porque la mafia como sistema de poder necesita consenso. En 1992, después de la masacre de Capaci y la muerte de Paolo Borsellino, hubo una revuelta popular. Miles de personas salieron a la calle, mujeres y niños diciendo no más. Fue momento de cambio porque se consideraba que el homicidio era una pena de muerte natural cuando alguien había hecho algo mal. Esa perversión de mensaje se rompió. Un grupo de mujeres de Palermo fue a la Policía con un listado de hijos, listos para protegerme. Estas mujeres mandaron el mensaje de que yo no estaba solo.

Totò Riina lo consideraba su enemigo, ¿cómo termina con él?

Se autoneutralizó. Mató demasiado, al punto que ni para los propios intereses de la mafia era conveniente. Después de la guerra había dos modelos de mafia: el ‘siciliano americano’, monogeneracional, en el que así como el hijo del periodista no será periodista, el hijo de empresario no será empresario, el hijo del mafioso no será mafioso, por lo que no atacaba instituciones. Y estaba el modelo ‘los Corleoneses’ en el que el hijo del mafioso es mafioso, casado con hija de otro mafioso. En estos vínculos familiares se mataba a políticos y policías. Por eso, el cambio cultural fue fundamental. Tuve la ventaja de ser político y pude dedicarme a conquistar la segunda rueda que hizo que el cambio surgiera de la revuelta popular.

¿Cómo es hoy su ciudad?

Hay dos Palermo y, quizás, dos Medellín. Una en la que la mafia no gobierna y es la Palermo de Leoluca Orlando. La segunda, todavía existe porque la mafia sigue en Palermo, pero no gobierna y entre más tiempo pasa más disminuye su poder. Se vuelve más una banda criminal que no tiene relación con la política. Finalmente la mafia en Palermo está fuera de la Iglesia, el Estado, los bancos y la sociedad civil. Hoy, amigos de la mafia son minoría y no gobiernan, así que pueden ser golpeados con la rueda de la represión. Ese es el cambio verdadero; después la fortaleza son jóvenes, mi compromiso más grande. Me llamaban el alcalde de los niños y los “sabios de la antigua política” pensaban que perdía tiempo porque no votaban, pero la verdad es que un padre o una madre tienen más miedo de un niño que en una mesa pregunta por qué, que de una multa de la Policía. Además, el turismo es la más grande agencia educativa, cambió la oferta económica e introdujo elementos de equidad. Somos una ciudad proyectada al futuro.

¿Dónde entra su concepto del jardín planetario?

Palermo es una de las ciudades mejores cableadas de Europa, pero no somos solo Google y Facebook. Cuando alguien me pregunta cuántos migrantes tenemos, no respondo 12 mil o 30 mil, digo: no hay. Como alcalde no hago ninguna diferencia entre quien nace en Palermo y quien vive. El gobierno nacional en Italia, que es fascista, me recuerda a Mussolini en los primeros años. Transforma la solidaridad italiana en miedo. Nosotros somos un punto de resistencia, por eso, ordené a mis oficiales desobedecer la ley de Salvini, que impide expedir certificado de residencia. Ellos tienen miedo, así que yo firmo los certificados. El Ministro de Interior ha dicho que va a mandar al ejército. Ha pasado un mes y medio y no ha llegado. Espero que alguien me denuncie para así poder decir que esa ley está en contra de la Constitución. Este gobierno italiano no está en contra de los migrantes sino de la cultura de los italianos.

¿Qué tanto llega este mensaje a la ciudadanía?

Para poder acoger a los migrantes hay que haber hecho un camino. Nosotros queremos ser la capital de los derechos: luchamos contra la mafia, acogemos a migrantes y respetamos la comunidad gay. Hoy Palermo es una ciudad más adelantada que otras porque estuvimos más atrás que todas. Nuestra más grande motivación fue la vergüenza. Lo que pasa hoy es que si en Palermo me roban un carro yo creo que fue la mafia y eso hace que la respuesta sea más dura.

¿Medellín podría adoptar una política similar para migrantes?

Se necesita que Naciones Unidas juegue otro papel. La cosa importante es que durante su discurso, el día de la implosión del Mónaco, Federico Gutiérrez dijo que no era una posición política sino ética, es decir le habló a todo el mundo, hasta a quienes no votaron por él. Y es por ahí. La libertad del Gobierno frente a la mafia es una cuestión ética. Se reveló como el líder de la nueva historia de Medellín. Y todos pueden estar de acuerdo porque yo soy persona y nosotros somos comunidad. Ese es el verdadero mensaje.

La incoherencia en Colombia es parte fundamental del problema, ¿cómo llegar a la coherencia?

Presupone dos elementos: la visión y libertad. Si tengo visión y no soy libre, puedo ser incoherente porque termino haciendo lo que otro me dice.

Pero la libertad es difícil...

Es el valor supremo. Lo aprendí de mamá, una mujer con valores muy fuertes y un respeto sagrado por la libertad. Mamá decía: pienso esto, y yo la contradecía. Después de media hora no había espacio de mediación, me acompañaba a la puerta de la casa y al cerrarla decía: entendiste que lo que dije es justo y tienes que hacerlo, o no. Eso es fantástico. Es la libertad..

Contexto de la Noticia

realidad hoy ¿Y a qué costo se logra el cambio?

“Bueno y ¿cuánto le costó a Medellín el gobierno de la mafia?, mucho. Hablo de Palermo, cuando allí la mafia gobernaba y el crecimiento personal se volvía un hecho político, hasta ahí llegabas. Ahora, los jóvenes son la fuerza del cambio. Por mí votó el 82 % de los jóvenes, entre 18 y 32 años, y quizá solo el 20 % de los padres de ellos. Paso el tiempo convenciéndolos de ir en contra de la “ley de la sangre”, por la cual yo soy siciliano porque tengo sangre siciliana y porque mis papás fueron sicilianos. Soy siciliano, más allá de la sangre, porque elegí serlo. La identidad es el acto supremo de libertad y pensar que es una ley de sangre significa división, genocidios”.

Margarita Barrero Fandiño

Apasionada por el periodismo, fanática de la reportería, curiosa sin medida, con todo por aprender.

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