Tenemos Tierra en la cabeza y en el corazón

  • FOTO DONALDO ZULUAGA
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Publicado el 22 de abril de 2015

Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. Solo el mar estaba en todas partes. El mar era la madre. Ella era agua y agua por todas partes y ella estaba en todas partes. Así, primero solo estaba la madre...

Estos son los primeros versos del mito de la creación de los Kogi. En ese relato, incluido por Gerardo Reichel-Dolmatoff en su obra Los Kogi: Una tribu indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta Vol 1 y 2. 1950 y 1951 (Bogotá, segunda edición Procultura, 1985) se observa un concepto de la Tierra como madre y del deber de todos los habitantes del planeta de cuidarla o, por lo menos, de no destruirla con ese pretexto de la subsistencia.

El arqueólogo Santiago Ortiz, director del Museo de la Universidad de Antioquia, señala que todas las comunidades indígenas parten de un principio que parece obvio, pero que también parece olvidado por la mayor parte de los pobladores del planeta: “la Tierra es origen y fin. Todo comienza siempre en la Tierra y todo vuelve a ella”.

“¿Usted ha oído que los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, como los Kogi, se refieren a nosotros como sus hermanos menores? Esto es porque somos destructivos y no cuidamos la Naturaleza. Si necesitamos un leño, no quedamos contentos cortando una rama de un árbol: talamos varios árboles para sacarlo”.

Símbólica y, por esto también estudiada por los antropólogos, está la noción de tierra como lugar de origen, que ejerce sobre la mayor parte de los humanos una atracción permanente. Un sentido de pertenencia. Y es la base de la identidad cultural. La etnóloga Francy Del Valle indica que ese sentido de pertenencia hace hablar a los individuos de “mi tierra” y sentir nostalgia cuando se alejan de ella. Formar colonias en los lugares donde deben habitar, que sienten ajenos, reunirse con integrantes de su colonia para recordar su tierra y soñar con el regreso.

Planeta de papel y de luz

El arte y las creaciones humanas han tenido siempre la tierra, con mayúscula y con minúscula, en el centro de su óptica. En literatura, por ejemplo, casi se puede decir que no hay cuento ni novela sin espacio y casi todos los espacios son en este planeta girante.

El escritor antioqueño Juan Diego Mejía recuerda que el cambio de configuración económica del país, sucedida a mediados del siglo pasado, durante la cual se dieron importantes migraciones de los campos a las ciudades y, mientras tanto, los guerreros se iban trasladando a los campos para librar las luchas agrarias —no solamente en Colombia, sino en América Latina— propició una tendencia literaria: la novela de la nostalgia del desarraigo, como los cuentos de Juan Rulfo, en México; Trágame tierra, de Lizandro Chávez Alfaro, en Nicaragua; La tierra éramos nosotros, de Manuel Mejía Vallejo.

De esta, el siguiente fragmento:

Mientras oiga un aire musical de mi tierra, su sombra pura, salida de la música, marchará junto a la mía en diálogo de breves recuerdos.

La otra es la Tierra con mayúscula, es decir, el planeta, como la veía Julio Verne: un lugar para explorar, para conocer, para disfrutar, para asombrarse: Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en 80 días, y más.

En cine, la cosa es algo diferente. Si bien es cierto que la Tierra aparece como el espacio donde suceden muchas de las historias, el planeta ni el territorio constituyen un tema dominante. De acuerdo con el crítico Oswaldo Osorio, en los tiempos que corren, desde que se empezó a hablar de recalentamiento global, se alude a informaciones ecologistas en algunas películas. En las infantiles, sobre todo, hablan de la necesidad de preservar la Naturaleza. Hay películas que sí tienen la Tierra en el centro, pero no es tendencia. Es un nicho que bien pueden explorar los cineastas.

“Mientras hablaba, estaba tratando de recordar una película que se me quedó mucho por su alusión a este tema. Es El día que la Tierra se detuvo. Alienígenas amenazan acabar con la especie humana por el mal trato que le han dado al planeta...”.

Contexto de la Noticia

Indicadores que ponen a pensar

Los cambios en el planeta han sido evidentes en los últimos 130 años, desde cuando se llevan registros de algunos indicadores. Otros son más recientes.

Se sabe que la temperatura ha aumentado 0,68 grados centígrados desde 1880, incremento que se ha acelerado desde los años 50, según la Nasa.

La agencia espacial reveló además que entre 2000 y 2012 se perdieron 2.300.000 kilómetros cuadrados de bosques (dos veces Colombia), de los cuales volvieron a crecer 800.000 kilómetros cuadrados.

El nivel del mar aumenta hoy 3,9 milímetros por año. El aumento en los últimos 100 años ha sido de 178 milímetros.

Los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera son hoy de 400,06 partículas por millón, los más altos en 650.000 años.

En Colombia la pérdida de bosques es de al menos 120.000 hectáreas por año según el Ideam, cifra mayor para otros investigadores.

En Antioquia se talan cada año alrededor de 25.000 hectáreas según estudio del Grupo de Servicios Ecosistémicos y Cambio Climático del Jardín Botánico.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

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