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Así dio su última puntada el ícono de la industria paisa

Coltejer despidió a los últimos cinco empleados, y aunque asegura que no se liquidará, acumula $676.481 millones de pérdidas.

  • Edificio Coltejer
    Edificio Coltejer
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Cuando les llegó la noticia del despido a Wilson Camero, Gustavo Graciano, Elkin Patiño, Jorge Iván Bustamante y Juan Carlos Alzate se les derrumbó el mundo y se derrumbó también el último vestigio de la que fue algún día la empresa más importante de Medellín: Coltejer. Los cinco eran los últimos trabajadores que le quedaban a la compañía paisa, que desde hace 14 años está en manos del Grupo Kaltex, de México.

Es difícil saber dónde estuvo el quiebre de este ícono de la pujanza antioqueña. El más reciente problema, del que no logró salir, fue la pandemia y el confinamiento para evitar la propagación del virus; también podría decirse que la llegada de los mexicanos menguó la pasión y el celo que había por la producción local; y si se va mucho más atrás en la historia, fue la apertura económica la que arrasó la que hasta ese momento parecía una industria sólida y tecnificada.

Lo cierto es que desde 1997 los accionistas no ven un peso, y su inversión se vino al piso. Año tras año en las asambleas los directivos daban mensajes de esperanza, decían “este año sí” y cada vez las cuentas se hacían más estrechas. Hasta septiembre del año pasado Coltejer acumulaba pérdidas por 676.481 millones de pesos (ver gráfico).

El resultado final es que tras años de pleitos legales y de solicitudes de despidos masivos al Ministerio del Trabajo, esta semana Coltejer despidió a los últimos cinco trabajadores, aunque el mensaje al mercado seguía siendo que no se trataba de una liquidación ni de una disolución, y que la empresa continuaba: “Con un panorama económico más tranquilo, la compañía concentrará sus esfuerzos en analizar eventuales opciones de negocio en marcha”, dijo en un comunicado ante la Superintendencia Financiera.

El drama humano

Juan Carlos Alzate era técnico especializado, por 31 años fue encargado de atender los daños en las máquinas de la compañía, y pese a tener estabilidad laboral reforzada certificada por la Junta Nacional de Calificación de Invalidez, luego de un accidente laboral que le destrozó una rodilla, fue despedido de manera unilateral esta semana.

En su detallado relato cuenta que cuando empezó la pandemia todos los trabajadores fueron enviados a sus casas, el gobierno nacional ordenó cerrar todas las fábricas para que el coronavirus no se extendiera de forma descontrolada. “El 30 de mayo de 2020 me notifican de la suspensión de mi contrato, fueron 29 meses en los que solo me pagaron la seguridad social”.

Para Alzate no era fácil conseguir trabajo en otra empresa, pues sus restricciones de salud son muchas: no puede permanecer de pie, cargar más de 15 kilos, arrodillarse, acuclillarse, subir ni bajar escalas, y camina con cojera. Además, tiene que asistir a varias citas de rehabilitación. Así que le tocó aguantar todo ese tiempo sin ningún ingreso.

“Era una forma de presionarnos para arreglar con la empresa, ellos jugaron con la necesidad de cada persona. Si había alguien aliviado que podía conseguir trabajo fácil, terminaba renunciando por la presión de que nunca los llamaban a trabajar. Pero conmigo eso no aplicaba, no hay quien me contrate”, se lamentó.

El 16 de noviembre pasado recibió la orden de volver al trabajo, y lo que le dijeron en salud ocupacional era que de ese momento en adelante su nueva tarea era desyerbar jardineras en la planta de Rionegro, donde están todas las máquinas apagadas. Una tarea que nunca había hecho, con implementos que no sabía manejar como palas y machetes, y además en “condiciones inhumanas”, sin electricidad, agua potable ni condiciones de aseo, incluso en la zona donde podían consumir alimentos. Alzate compartió con este diario fotografías en las que se evidenciaba el desaseo en el que se encuentran las instalaciones.

Y, tras las súplicas de los últimos trabajadores, Gestión Humana ordenó que solo fueran a cumplir horario, pues no existían los requisitos mínimos exigidos para la labor de jardinería.

Alzate dice que entre octubre y noviembre del año pasado tuvieron dos reuniones con el Ministerio de Trabajo en las cuales se sintió muy presionado a renunciar por parte de los abogados. El mensaje era: “Si ustedes no arreglan los mandamos para Medellín a cuidar lotes. Ellos me preguntaban por mis pretensiones, la mía era el derecho al trabajo. Para uno es muy difícil, porque estoy en proceso de rehabilitación, ¿cómo me iba a venir para mi casa en medio de mis tratamientos?”.

La oferta que le presentaron consistía en el pago de los 29 meses en los que estuvo con el contrato suspendido, pero por ningún lado una indemnización por los 31 años de trabajo. Hasta que llegó el despido definitivo con una “indemnización humillante”.

La historia de Alzate es similar a la de los otros cuatro compañeros que fueron despedidos la semana pasada, todos con enfermedades que obligaban a la empresa a mantenerlos en sus cargos. Juntos están definiendo qué rumbo tomar y cómo lograr que sus derechos sean reconocidos. “La verdad es que nos hemos sentido muy solos en todo este proceso, hemos acudido al Gobierno de todas las formas posibles, pero no nos ayudan”.

¿El ícono tendrá futuro?

En el último reporte de los estados financieros de Coltejer se lee que “dentro de la expectativa razonable de continuidad, la Compañía no ha tomado la decisión de liquidarse ni disolverse, por lo que, se han realizado diversas actividades que tienen como finalidad prolongar la Compañía buscando disminución de costos y gastos, adicional de la propuesta inmobiliaria como proyecto en el corto plazo”.

Entre esas actividades se encuentra el arrendamiento de bodegas y la venta de lotes en el complejo de Itagüí, donde funcionó por décadas; la importación de textiles desde México con una regularidad de 60 días entre cada compra; el pago a tiempo de impuestos, servicios públicos y proveedores para darle viabilidad al ejercicio actual; y la búsqueda del apoyo de la casa matriz para pagarles a los jubilados, así como la consecución de los recursos para pagar las sanciones judiciales de índole laboral.

“Al encontrarse la maquinaria en paro productivo, la Compañía realiza trabajos de mantenimiento preventivo con la finalidad de conservarlas en condiciones de inicio una vez se comience el plan productivo”, dice el documento.

EL COLOMBIANO conoció que al interior de la empresa se creó una cooperativa de trabajo denominada IQR Gestión y Servicios S.A.S. que contrató a personal para el cargo de Auxiliar de Protección Patrimonial, que por el momento ejerce la vigilancia de la planta de Rionegro. Dicha empresa sería la empleadora de los operarios una vez Coltejer pueda retomar operaciones industriales .

En Medellín se forjó la primera textilera de América Latina

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El barrio La Toma en el oriente de Medellín fue testigo de como con 12 trabajadores y 10 telares nació la Compañía Colombiana de Tejidos (Coltejer), por allá en 1907. Coltejer inició con $1.000 que puso don Alejandro Echavarría Isaza, los trabajadores eran su hijo Gabriel, cinco sobrinos y algunos conocidos. Con ese plante le dieron vida a la primera textilera de América Latina. Tres años después ya contaba con 100 máquinas y 150 trabajadores. Pero la revolución total ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, época en la que Coltejer sacó su garra y se modernizó, para 1945 ya contaba con 4.000 empleados, tres factorías que operaban 1.900 telares. En 1978 Carlos Ardilla Lulle asume el control accionario de la compañía, luego de una toma hostil, y para 1987 ya cuenta con 5.000 telares automáticos y además inauguró su hilandería en Rionegro, con capacidad de 20 toneladas de hilo por día. En los años 90 tiene que sobrellevar la crisis de la apertura económica, que mete a nuevos jugadores internacionales en el mercado local.

Ya en 2008, el Grupo Kaltex adquiere a Coltejer con $200.000 millones, para salvarla de la liquidación. Desde ese momento la compañía solo da utilidades en 2010 y 2015.

“Era un gran orgullo trabajar en Coltejer”, dicen exempleados

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A Luis Ángel García todavía se le entrecorta la voz cuando recuerda los 30 años que trabajó en Coltejer. “A esta empresa la quise con el alma, con ella crié a mis hijos, era el amor de mi familia, de mi esposa. Íbamos a las fiestas navideñas, a las de bomberos, a las de fútbol”, cuenta sobre los años maravillosos de la textilera. Cuando fue despedido, el 2 de septiembre de 2015, no sabía cómo decirle a su prole que ya no volvería a ser bombero, porque además de un experto en acolchados fue brigadista de Coltejer por 26 años. Tanto era su cariño por la empresa, que luego de ganarle un pleito legal por despido injustificado pidió el reintegro, en 2016, y la respuesta de las directivas fue que “ya Coltejer estaba en las últimas”, y lo indemnizaron con un cuarto de lo que le correspondía por derecho. Los trabajadores de Coltejer fueron de los más afortunados de la ciudad por décadas, contaban con primas extralegales, deportes, restaurante, transporte, beneficios para comprar vivienda y muchos de ellos lograron pensionarse directamente por la empresa. Coltejer todavía responde por 79 pensiones en las que gasta al año $1.200 millones aproximadamente.

El edificio Coltejer: la aguja que se convirtió en emblema de la pujanza

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En 1967 Rodrigo Uribe Echavarría, quien presidía la textilera, “pensó en levantar un edificio para reemplazar su vieja edificación ubicada en la esquina de Junín con Colombia, centro de Medellín, que ya empezaba a resultar incomoda, y concentrar todas las oficinas de la empresa en un solo lugar”, según se lee en la historia de lo que hoy se conoce como Edificio Centro Coltejer, que excepto por el nombre ya nada tiene que ver con la compañía.

Ese mismo año al menos 18 de los arquitectos más reconocidos de la época fueron convocados por la Compañía Colombiana de Tejidos (Coltejer) a un concurso privado. El objetivo era elegir el diseño del rascacielos que sería, no solo la nueva sede de la empresa, sino también el símbolo indiscutible del “progreso antioqueño”.

La propuesta ganadora fue la representación de una aguja de los arquitectos Germán Samper Gnecco, Raúl Fajardo Moreno, Aníbal Saldarriaga y Jorge Manjarres.

Para que el edificio Coltejer se irguiera en el Centro de la ciudad, se determinó que el Teatro Junín —valorado por su papel en la cultura y su belleza republicana— debía ser demolido. El hecho generó debate: se trataba del lote más importante de Medellín.

La construcción de sus 37 pisos, en 175 metros de altura, tardó cuatro años y fue inaugurado en 1972. Actualmente este edificio es propiedad de la Organización Ardilla Lulle.

Barrios, hospitales y letras dejaron huellas

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El barrio Alejandro Echavarría, en el oriente de Medellín, surgió luego de que Coltejer decidiera adjudicar allí 50 casas a empleados suyos, en 1955. Fue Carlos J. Echavarría, quien impulsó el proyecto, que incluyó una escuela y una cancha. No fue difícil nombrar al nuevo barrio en honor a su padre, quien fue el fundador de Coltejer y filántropo.

Así mismo, el Barrio Mesa de Envigado tuvo gran impulso de la compañía textilera, pues esta apoyó a sus trabajadores con recursos para que compraran vivienda en dicho sector cuando apenas se empezaba a construir. El 80% de sus habitantes llegó a estar vinculado laboralmente con Coltejer, inclusive a una de sus cuadras le decían cariñosamente “los trabajadores”, en honor a ellos.

Alejandro Echavarría también fundó el Hospital San Vicente de Paúl.

Pero lo que más recuerdan los habitantes de la ciudad eran las ocho letras que, como en Hollywood, se iluminaban cada noche en medio de las montañas verdes bajo el Cerro Pan de Azúcar, en el oriente de Medellín, hoy casi perdidas por la urbanización a su periferia, la maleza y el olvido. Las letras del Coltejer se inauguraron el 14 de mayo de 1954.

En septiembre pasado la compañía reconoció que el terreno de unos 120 metros de largo ya se vendió y al parecer su nuevo propietario lo destinaría a ejecutar un proyecto urbanístico, para lo que será necesario desmontar las letras de diez metros de alto por siete de ancho cada una, y que en sus mejores momentos tuvo iluminación de neón, que se veía en casi todo el Valle de Aburrá.

El futuro le abre paso a Ciudad Coltejer en Itaguí

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Coltejer ocupó desde los años 40 un predio de 230.000 metros cuadrados en Itagüí, sobre la autopista Sur, el cual dejó en septiembre de 2021 su vocación manufacturera para darle paso a un proyecto urbanístico: Ciudad Coltejer.

Este complejo cuenta los desarrollos Índigo y Velvet (Constructora Capital), y Oliva (Acierto Inmobiliario y La Haus) y hasta el momento tiene programada la construcción de nueve torres residenciales, que además contarán con amplios espacios para el comercio.

El traslado de Coltejer y la venta de lo que fuera su robusto complejo industrial en el sur del área metropolitana parece repetir la historia de otras grandes empresas del sector textil paisa que sucumbieron a la dura competencia del mercado, luego de la apertura económica en los años 90, y que vieron cómo sus terrenos se convirtieron en complejos residenciales y comerciales. Es así como los espacios de Paños Vicuña Santa Fe, Tejidos Leticia (Telsa) y Tejicondor que operaron en el occidente de Medellín son ocupados hoy por el centro comercial Los Molinos, Viva Laureles y las tiendas de Jumbo y Makro, respectivamente. Parte de Everfit-Indulana fue ocupado por el centro comercial Florida, las otrora instalaciones de Fatelares en el Centro de Medellín dieron paso a una tienda Easy, y en los terrenos de Pantex en el municipio Bello, norte del Valle de Aburrá, se construye el proyecto urbanístico y comercial Ciudad Fabricato.

Infográfico
Olga Patricia Rendón Marulanda

Soy periodista egresada de la Universidad de Antioquia. Mi primera entrevista se la hice a mi padre y, desde entonces, no he parado de preguntar.

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