Todo parece confabularse contra la alegría. Por la noche uno tumba sobre el lecho, como un fardo, no solo el cuerpo cansado, sino también la ruda experiencia de un día acribillado por malas noticias, por miedos e incertidumbres, por los sinsabores del vivir. Una zozobra que no se apacigua suficientemente con el sueño y hace del amanecer siguiente un muro contra el que se estrellan las ansias de serenidad, las ganas de vivir, los restos de alegría que luchan por sobrevivir.
Nos pasa a todos. Hay un aire de depresión golpeando las ventanas, arrastrándose por las esquinas, acechando en cada esquina. Es un confuso desencanto que se le monta a uno en el carro, como una mascota impertinente, o se le enreda entre las piernas a cada paso que da. Se tronchan...