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Columnista

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Publicado el 27 de enero de 2020

¿A QUIÉN PERTENECE EL FEMINISMO?

Por MÁRIAM M. BASCUÑÁN

El significado siempre está en la periferia. Por eso el corazón es un lugar vacío. Estas palabras, que tomo prestadas de Juan José Millás, bien podrían describir lo que sucede con aquellos discursos novedosos que aparecen siempre en las fronteras del debate, deslumbrando con sus nuevos modos de hablar y mirar y provocando sensaciones de extrañeza —pero también de frescura— al escucharlos o leerlos. Los seguimos, a veces, fascinados por una especie de revelación que nos engancha como en un enamoramiento para, después, a base de repetirse y repetirlos, perder aquella fuerza primera que nos arrebató. Llegan, por fin, desde los márgenes al centro, a ese corazón donde se asimilan junto a otras viejas formas de pensamiento. Desaparece entonces su mensaje único, y también su novedad.

¿Está, entonces, todo discurso subversivo condenado a la asimilación? Porque algo así se plantea el feminismo desde hace un tiempo: si todo el mundo se define como feminista, ¿acaso aquel no se desdibuja al convertirse en una moda? Pues no hay nada más opuesto a sacudir conciencias que devenir en un cliché. Hasta aquí la interpretación pesimista. La optimista reconocería el éxito evidente de un discurso que sigue siendo atacado desde múltiples frentes, por ejemplo, al estigmatizarlo como una simple “guerra cultural”, o asimilándolo a una mera ideología que ensucia con su mirar impuro la política, el arte o las humanidades. Y aunque sea casi absurdo recordar que toda representación cultural o social es solo una manera de expresar un imaginario, que todo imaginario produce un significado y que todo significado es inseparable de la producción de relaciones de poder, los guardianes de las esencias insisten en mostrar cómo hay que mirar las cosas para no ensuciarlas, para sustraerlas de la impureza de otras miradas, como si hubiera algo más impuro y contaminado que el arte mismo.

Pero, cuidado, pues el feminismo también puede marchitarse desde dentro al mostrarse incapaz de reconocer la legitimidad de algunos planteamientos críticos que, paradójicamente, aseguran su vida democrática interna. Tan incomprensible puede ser esa extraña vertiente que descubre en la maternidad la fuente última de la emancipación femenina (en el mismo lugar que la reacción ha explotado históricamente para mantener subordinada a la mujer) como discutir a estas alturas si la teoría queer forma parte del feminismo. Porque, al final, la frescura de los márgenes siempre se ataca desde el mismo sitio: el dogmatismo. Y esto, desgraciadamente, sí parece ser universal.

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