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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 21 de septiembre de 2021

¿Al servicio de quién?

Apelemos al sentido común. Resulta que personas como usted y como yo, nacidos en Medellín, mayores de edad, ciudadanos con responsabilidades materiales y simbólicas, que tributamos y respetamos las normas, somos dueños, en el buen sentido de la palabra, de este territorio, nuestro territorio.

En el imaginario popular, la expresión posesiva “esta es mi tierra” es aceptada. Basta con recordar la canción “Quiero a Medellín”, que impulsó la fundación Amor por Medellín, hace más de 30 años... “el lugar donde nací y con mis amigos crecí, la ciudad que es de mis hijos, donde vivo y trabajo por ti”.

¿Está claro? Creo que sí. Entonces, sigamos con el sentido común. Si esta tierra es mi tierra, nuestra tierra, es necesario que sea bien administrada. Ahí es donde la confianza juega un papel fundamental. La confianza se deposita en la herramienta democrática más sensata que ha encontrado la humanidad: El derecho a elegir quién gobierne, delegando el poder del pueblo a personas con las que se comparten valores e ideales.

No olvidemos, gobernar; en otras palabras, regir, guiar, dirigir, en este caso, los designios de miles de personas que, como usted y como yo, son dueñas de nuestra tierra y, en este caso, de Medellín.

Hasta ahí, bien. Voto popular, las mayorías eligen y a confiar en que el elegido haga las cosas bien, pues está al servicio del bien público, de los derechos que tienen los ciudadanos. Por eso, la palabra servidor público tiene lógica y es una representación muy bonita del deber ser democrático de quien asume esa condición.

En síntesis, el elegido tendría muchos jefes, pues se debe a los ciudadanos. Usted y yo somos sus jefes y por voluntad popular le delegamos la capacidad de gobernar y debe responder con ética y moral a esa investidura.

En Medellín hubo un elegido y la gente que no votó por él respetó y aceptó las circunstancias. Confiar, no había de otra. Pero, por estar embriagado de poder, se le está yendo la mano, en tanto crece el cuento megalómano de hacer lo que quiera con sus jefes naturales, los ciudadanos. Tanto así que hasta insultar cabe en su comportamiento, como sucedió hace unos días al tildar de pelagatos, un adjetivo fuerte y despectivo, a algunos que, como legítimos jefes, le reclamaron apelando a su libertad de expresión y, claro, a sus derechos ciudadanos.

Cuando el insulto es un arma de poder, las cosas van muy mal.

Esto va más allá de la guerra política que creó el personaje, donde se empieza a develar un lado sórdido, lleno de personajes oscuros, clientelismo y denuncias de amaños económicos. No en vano, en la última Gallup Poll, el 53 % de los encuestados desaprueban la gestión delegada.

Si algo le duele al ser humano es que otros se decepcionen de él. En Medellín, esa decepción crece sobre un nombre propio. Despierta frustración, tristeza, enfado y rabia por el hecho de sentirnos engañados. Quizás con todo lo que pasa es momento para que los que no se dan por aludidos empiecen a sentir esa decepción, porque hay justas razones

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