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Fragmentación, egos y falta de estrategia

La derecha colombiana repite errores que en Chile le costaron la primera vuelta.

19 de noviembre de 2025
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  • Fragmentación, egos y falta de estrategia

Por Alberto Sierra - @albertosierrave

En un café de Medellín, un grupo de votantes conversa con frustración: “Otra vez vamos a regalar la primera vuelta”, dice uno. “¿No aprendieron de Chile?”, agrega otro. La advertencia es clara: mientras la derecha colombiana discute entre egos y candidaturas menores, la izquierda consolida su base y su narrativa.

Las elecciones en Chile dejaron una lección que Colombia no puede ignorar: la derecha pudo ganar en primera vuelta y lo dejó escapar por su fragmentación. Aquí, el libreto se repite con peligrosamente similares ingredientes: indecisión, ambición personal y falta de estrategia colectiva.

Hoy, la oposición enfrenta un riesgo que no proviene del Pacto Histórico, sino de sí misma. La última encuesta de CNC/Telenomina muestra que Iván Cepeda lidera con 20%, consolidando la izquierda alrededor de un liderazgo claro y movilizable. Detrás, De La Espriella alcanza 14%, como la opción más competitiva de la derecha. Los moderados y centro —Fajardo 7%, Claudia López 5%, Galán 3%, Vicky Dávila 3%— se desvanecen bajo la polarización, y figuras de la vieja guardia no logran tracción: Barreras 0,3%, María Fernanda Cabal y Pinzón sin presencia significativa.

En reuniones de partido, se percibe la misma ansiedad: microcandidatos se aferran a sus cuotas, convencidos de que “ya en segunda vuelta nos unimos”. La historia reciente —2010, 2014, 2022— demuestra que esta dispersión no es un accidente, sino un patrón estructural que favorece al progresismo disciplinado.

La polarización devora al centro y deja un escenario de bloques claros: un oficialismo cohesionado frente a una derecha fragmentada. Cuando se observa la experiencia chilena, donde las nuevas derechas capturaron casi el 38% del electorado pero la unidad del Frente Amplio les aseguró la victoria, la lección es evidente: dividirse es regalar no solo la primera vuelta, sino la narrativa y la movilización social.

En cafés, plazas y redes, los ciudadanos perciben la fragilidad de la oposición. Preguntan: “¿van a aprender la lección o repetirán los errores de siempre?”. La pregunta es urgente y no admite aplazamientos.

Las elecciones de 2026 no se ganan con 15 precandidatos de 1%, ni con cálculos personales disfrazados de pluralidad. Se ganan con proyecto claro, liderazgo competitivo y disciplina táctica. La responsabilidad histórica está por encima de la vanidad electoral, y el país entero lo pagará si no se actúa.

Decirlo sin rodeos es duro, pero necesario: si la oposición no aprende la lección de Chile y de sus propias elecciones pasadas, el 2026 podría reflejar un espejo doloroso: la victoria de la izquierda consolidada frente a una derecha incapaz de unirse. Esta vez, el costo no lo pagarán los candidatos; lo pagaremos todos los colombianos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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