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Una consulta que evita el choque interno para preservar la unidad aplaza deliberación democrática.
Por Alberto Sierra - @albertosierrave
El domingo 25 de enero, con transmisión conjunta de CityTv, El Tiempo, Noticias RCN y La FM, se realizó el Debate de la Gente, primer encuentro televisado de la campaña presidencial de 2026. Participaron solo los precandidatos de la coalición La Gran Consulta por Colombia. La promesa era contraste, participación ciudadana y preguntas sin filtros. En la práctica, fue un evento diseñado para que nada esencial quedara en disputa.
Los candidatos, con trayectorias y visiones distintas, parecían sincronizados: apenas se distinguían en palabras y tono. Los ejes temáticos —seguridad, economía y salud— ofrecían terreno para la confrontación, pero fueron tratados con cautela extrema. Se habló de bajar impuestos sin explicar cómo reemplazar los ingresos; se prometió desmontar el 4x1000 hacia 2030 sin discutir impacto fiscal; se mencionó la inteligencia artificial como solución a la justicia sin detalles sobre implementación ni límites. Mucha consigna, poca fricción.
El formato “ciudadano” terminó siendo coartada. Las preguntas digitales fueron respondidas sin repregunta, sin confrontar ideas. Nadie tuvo que defender cifras incómodas ni asumir el costo de posiciones impopulares. La agenda sin filtros derivó en un diálogo sin conflicto.
Aquí surge el problema de fondo. Una consulta que evita el choque interno para preservar la unidad aplaza la deliberación democrática. La Gran Consulta se presentó como mecanismo para que la ciudadanía eligiera, pero ¿qué puede elegir un votante cuando todos dicen lo mismo? ¿Un proyecto de país o un equilibrio interno cuidadosamente administrado?
Algunos celebrarán el tono moderado como madurez política. Pero bajar el tono no es lo mismo que vaciar el contenido. Lo que vimos no fue responsabilidad prudente, sino aversión al riesgo. Una oposición que, en su primer acto público, decide no confrontarse a sí misma difícilmente enfrentará al poder.
Los moderadores cumplieron un rol administrativo, no periodístico. Gestionaron tiempos, no tensiones. Evitaron repreguntas y exigencias de cifras que obligaran a definirse. Su función fue garantizar que ningún candidato saliera herido. El resultado fue un evento políticamente inofensivo y democráticamente pobre. Nadie perdió porque nadie arriesgó; nadie ganó porque nadie defendió nada. Y eso debería alarmar, no tranquilizar.
Este era el inicio de la campaña: momento de marcar diferencias y asumir costos. La Gran Consulta eligió otra ruta: cautela colectiva, consenso vacío y simulacro de debate. La democracia no se debilita solo cuando el poder abusa. También se vacía cuando quienes aspiran a reemplazarlo convierten la competencia en ritual sin conflicto. Sin debate no hay elección real. Y sin elección real, lo que queda no es participación ciudadana: es un montaje para la foto.