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En un mundo atravesado por conflictos regionales y tensiones estratégicas crecientes, el diálogo entre ambas potencias sigue siendo un factor esencial de estabilidad.
Por Beatriz de Majo - beatrizdemajo@gmail.com
Aunque Pekín se esfuerce en asegurar que los temas a tratar en el encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump previsto para fin de mes no tendrán como marco, ni estarán influenciados por la guerra de Israel y Estados Unidos con Irán, cuesta creer cómo una vulnerabilidad tan notoria como la que experimenta China en torno al suministro petrolero pueda estar ausente de la agenda bilateral.
La actual crisis en Medio Oriente plantea un dilema para la política exterior china. Pekín mantiene relaciones económicas y diplomáticas estables con Irán, pero también con otros actores clave de la región, como Arabia Saudita, los Emiratos Arabes Unidos y Qatar. Esa red de vínculos explica la prudencia con la que China ha reaccionado ante la confrontación. La estrategia china consiste en preservar canales abiertos con todos los actores relevantes del sistema internacional.
Esta posición no responde únicamente a un cálculo diplomático. Es también consecuencia directa de sus necesidades energéticas. China es hoy el mayor importador de petróleo del mundo y una parte significativa de ese suministro proviene de Medio Oriente. En ese contexto, alinearse abiertamente con uno de los bandos del conflicto implicaría poner en riesgo relaciones estratégicas que Pekín ha cultivado durante décadas. Su interés central no es la confrontación, sino la estabilidad de las rutas energéticas y del comercio global.
Por ello, más que adoptar una posición militante en favor de Irán, China ha optado por insistir en la contención, el diálogo y el respeto a la soberanía estatal. Esa postura responde a una lógica simple: en una región donde sus intereses energéticos y comerciales están diversificados, una neutralidad relativa es un activo estratégico. Mantener buenas relaciones con todos los actores le permite a Pekín reducir riesgos y preservar su margen de maniobra.
A esta diplomacia de equilibrio se suma un conjunto de políticas de seguridad energética que China ha venido desarrollando en los últimos años precisamente para amortiguar crisis como la actual. Entre ellas destacan la diversificación de proveedores, el fortalecimiento de sus reservas estratégicas de petróleo, la ampliación de los corredores energéticos terrestres con Asia Central y Rusia, y una inversión sostenida en energías renovables. Estas medidas no eliminan la vulnerabilidad de la economía china frente a una interrupción prolongada del suministro, pero sí reducen significativamente su impacto potencial.
El resultado es una estrategia que combina pragmatismo económico y prudencia geopolítica. Pekín sabe que su crecimiento y estabilidad interna dependen de un entorno internacional relativamente previsible. De allí su insistencia en la necesidad de un orden internacional multipolar en el que ninguna potencia pueda imponer unilateralmente sus decisiones sobre el resto.
Ese principio es precisamente uno de los ejes de la política exterior impulsada por Xi Jinping: un sistema internacional en el que varias potencias —incluida China— participen en la definición de las reglas globales.
El encuentro entre Xi y Trump podría, de hecho, representar una oportunidad para algo más ambicioso: explorar las bases de una relación entre las dos mayores economías del planeta que, en lugar de profundizar la rivalidad, busque mecanismos de coexistencia y cooperación. En un mundo atravesado por conflictos regionales y tensiones estratégicas crecientes, el diálogo entre ambas potencias sigue siendo un factor esencial de estabilidad.
Más que convertir la guerra en Medio Oriente en un nuevo campo de disputa, el desafío consiste en evitar que esa crisis se transforme en otro episodio de polarización global. Si la reunión logra avanzar en esa dirección, su impacto podría trascender con mucho el conflicto que hoy sacude a Irán.