Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Por Aldo Civico - @acivico
Disfruto quedarme en Medellín en esta época del año, cuando muchos se van de vacaciones. La ciudad adquiere otro ritmo, más amable; menos congestión, menos ruido, menos apuro. De este modo, mi vida también entra en otra cadencia, una que permite retirarse del frenesí cotidiano, del correr, del producir, del cumplir. Se abre entonces un espacio para dos dimensiones fundamentales del bienestar existencial que la hiperactividad de la vida moderna suele hacernos olvidar: la soledad y el silencio.
La soledad requiere retirarse, por un tiempo, de todos los vínculos que nos atan al mundo. No solo de las personas que nos rodean, sino también de las múltiples formas de compulsión que moldean nuestra cotidianidad: las redes sociales, los mensajes constantes, las reuniones presenciales y virtuales. La soledad es quedarse con uno mismo. No tenemos muchas oportunidades —y quizá tampoco la voluntad— de practicarla, tal vez porque nos asusta encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras dudas, incertidumbres, miedos, ansiedades y adicciones. En la soledad todo emerge con fuerza y claridad.
No es casualidad que, para los Padres del Desierto de los siglos IV y V, retirarse de la ciudad fuera considerado una alternativa al martirio, una vez que cesaron las persecuciones contra los cristianos. Nada resulta más incómodo que encontrarse a solas con uno mismo. Cuando San Antonio, hijo de campesinos nacido en Egipto, se retiró al desierto —donde vivió durante veinte años—, atravesó inicialmente una profunda crisis existencial. El frágil escudo de sus seguridades se resquebrajó antes de que pudiera emerger su verdadero yo. La soledad, escribe Henri J. M. Nouwen en su libro sobre la espiritualidad de los padres y madres del desierto, es el horno de la transformación. En ella uno se encuentra y lucha con su falso yo, pero también descubre su yo auténtico. Nada resulta más eficaz que la soledad para el desarrollo humano y espiritual. Aproveché, entonces, una Medellín más vacía para crear espacios de soledad y transformarlos en espacios de reflexión e introspección.
Por otro lado, la soledad —aunque sea por breves instantes durante el día— favorece el silencio. Es allí cuando la soledad se convierte en experiencia. Es entonces cuando tomamos conciencia del ruido en el que vive sumergida nuestra existencia. No me refiero solo a la verbosidad, en gran parte vacía, que nos rodea, sino también a la que habita en nuestra mente. Duele —pero también ilumina— reconocer la cantidad de pensamientos negativos, juicios, resentimientos, envidias y miedos que conforman nuestro diálogo interior. Y cómo estos pensamientos moldean nuestras emociones: la frustración, la desesperanza, la ansiedad. A su vez, la calidad de nuestros pensamientos y emociones revela una existencia secuestrada por compulsiones sociales. Poco a poco, la desesperanza, la rabia y la ansiedad terminan convirtiéndose en identidad.
Pero es en el silencio donde también se abre la posibilidad de soltar el agarre del ego, de reencontrarnos con nuestro ser auténtico, de abrirnos a pensamientos y emociones más expansivos y, finalmente, de encarnar una nueva identidad. ¿Y si para el 2026 nos comprometiéramos a buscar más soledad y a escuchar más el silencio?