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La erosión de la comunidad

hace 41 minutos
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  • La erosión de la comunidad
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Por Aldo Civico - @acivico

En las catacumbas romanas, los primeros cristianos grababan en las paredes el símbolo del pez. Era una contraseña, una señal de reconocimiento entre quienes compartían una historia que el Imperio no comprendía ni toleraba. Esa pequeña marca era suficiente para saber que aquí hay alguien que conoce el mismo relato que yo. Aquí hay alguien a quien pertenezco. Hoy llevamos en el bolsillo dispositivos capaces de conectarnos con la mitad del planeta y, sin embargo, muchos no encontrarían en ninguna pared una señal que les dijera: aquí hay alguien que comparte tu historia, tu mundo.

Vivimos una época peculiar. La incertidumbre se ha instalado como telón de fondo emocional de nuestros días. A la derecha y a la izquierda, el miedo adopta formas distintas, pero produce el mismo efecto: la polarización. La política ha dejado de articular visiones de lo común para convertirse en la gestión de emociones desbordantes. La indignación moviliza más que la esperanza. La complejidad no vende. La ansiedad, en cambio, sí. Pero quizás la polarización no sea la enfermedad, sino simplemente un síntoma. Byung-Chul Han lo formula con precisión quirúrgica al afirmar que vivimos una crisis de narración. Hemos perdido las historias compartidas que daban forma y sentido a la experiencia humana y construían comunidad. Durante siglos, las religiones, las ideologías, las tradiciones y los grandes relatos colectivos ofrecían respuestas a las preguntas que más importan: quiénes somos, hacia dónde vamos, qué significa el sufrimiento. Daban sentido a nuestra existencia. Hoy esos marcos se han erosionado y, en su lugar, tenemos mucha información y datos. Sin embargo, la información, por sí sola, no produce sentido.

Alessandro Baricco, en The Game, describe el surgimiento del mundo digital no como un avance tecnológico, sino como una mutación cultural profunda. Internet no fue solo una herramienta nueva, sino la base de un ecosistema humano distinto: construido sobre la velocidad, la conectividad permanente, la accesibilidad ilimitada y el intercambio incesante de datos. Los beneficios fueron reales porque se democratizó el acceso al conocimiento. Se rompieron barreras que parecían infranqueables y se ampliaron las posibilidades de comunicación de maneras que ninguna generación anterior había imaginado. Y sin embargo, a medida que las conexiones se multiplicaban, comenzó a debilitarse la capacidad para construir comunidad. Porque una comunidad nace de una historia compartida.

Hoy estamos conectados con miles de personas y, sin embargo, la soledad se siente cada vez más intensa. Tenemos más información que cualquier generación anterior y, aun así, nos falta claridad sobre quiénes somos. Pertenecemos a redes vastas, pero con frecuencia carecemos de un sentido profundo de pertenencia. La erosión de la narrativa colectiva nos deja expuestos a un aislamiento que no hace más que confirmar nuestra fragilidad constitutiva. Quizás por eso el miedo ha adquirido tanta fuerza. Cuando las historias que ordenan el mundo desaparecen, la incertidumbre ocupa su lugar. De esta manera prosperan el pánico, el tribalismo, la búsqueda desesperada de un enemigo que dé coherencia al caos. Por ende, la gran tarea de nuestra época es recuperar las narrativas capaces de reconstruir la comunidad y recordarnos quiénes somos.

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