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La primera semana

El Congreso no fue concebido para ser una oficina de aplausos ni una trinchera permanente.

hace 2 horas
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Termina mi primera semana como senadora de la República y hay algo que llama poderosamente mi atención. Para algunos, el papel del Congreso parece depender exclusivamente de quién ocupe la Presidencia. Si gobierna la izquierda, exigen firmeza, vigilancia y oposición. Si gobierna la derecha, esperan camaradería, silencio y disciplina. Esa manera de entender la política no solo es equivocada; es nociva para una democracia constitucional.

El Congreso no fue concebido para ser una oficina de aplausos ni una trinchera permanente. Su función no cambia con los resultados de una elección. Está llamado a deliberar, controlar, advertir, corregir y, cuando corresponda, apoyar. Esa es la esencia del equilibrio institucional. La democracia no consiste únicamente en elegir un gobierno; consiste, sobre todo, en impedir que cualquier gobierno deje de encontrar límites. El Congreso no pertenece al Ejecutivo, tampoco a la oposición. Pertenece a la República.

Con frecuencia se confunde la lealtad política con obediencia. Son cosas distintas. La lealtad verdadera no consiste en justificar cada decisión de quienes piensan como nosotros, sino en ayudarles a gobernar mejor. Señalar un error no es traición; muchas veces es el acto más auténtico de responsabilidad política. Del mismo modo, respaldar una buena iniciativa de un adversario no significa renunciar a las propias convicciones. Significa comprender que el interés nacional está por encima de cualquier cálculo partidista.

He escuchado con sorpresa que algunos consideran casi una obligación cerrar filas incondicionalmente cuando el gobierno pertenece a la misma corriente ideológica. Me pregunto entonces quién ejerce el control que la Constitución quiso garantizar. Si el Congreso renuncia a examinar críticamente al Ejecutivo porque comparte sus ideas, deja de cumplir la tarea para la cual fue elegido. El control político no es un instrumento de la oposición. Es un deber de todos los congresistas y una garantía para todos los ciudadanos.

Las grandes democracias han entendido que las instituciones funcionan porque nadie queda exento del escrutinio. Los controles no fueron diseñados para gobiernos que nos generan desconfianza. Fueron creados para aquellos en los que confiamos, porque es allí donde aparece la tentación de justificar lo injustificable. La fortaleza de un sistema constitucional no se mide por la dureza con que enfrenta a los adversarios, sino por la independencia con la que examina a los propios. Quien solo controla al contradictor hace política; quien también controla a los suyos fortalece la República. Aspiro a ejercer esa responsabilidad con serenidad y carácter. Apoyaré iniciativas que considere convenientes para Colombia, sin importar de dónde provengan. Cuestionaré las que crea equivocadas, aunque sean promovidas por quienes comparten mis principios. No vine al Senado a defender gobiernos. Vine a defender instituciones, libertades y una idea de República donde el poder siempre encuentre límites.

Parafraseando a Groucho Marx, pareciera que algunos entienden la política así: “Estos son mis principios; pero si el gobierno es de los míos, tengo otros.” La democracia exige lo contrario: principios que permanezcan inalterables sin importar quién ocupe el poder. Si alguna enseñanza me deja esta primera semana es que la independencia comienza cuando se entiende que el compromiso no es con la comodidad de una bancada ni con la popularidad de un gobierno, sino con la Constitución, los ciudadanos que nos eligieron y con la obligación de hacer del Congreso el primer defensor de los límites del poder.

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