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Las ciudades también viven de historias

La voluntad de encontrarse y reconocerse es la verdadera batalla cultural porque las ciudades cambian cuando suficientes ciudadanos dejan de aceptar como inevitable aquello que simplemente se volvió habitual.

hace 33 minutos
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  • Las ciudades también viven de historias
  • Las ciudades también viven de historias

Por Aldo Civico - @acivico

Tenía 22 años cuando llegué a Palermo, sur de Italia. La ciudad atravesaba un profundo proceso de transformación cultural. En mi adolescencia había visto por televisión al alcalde Leoluca Orlando hablar de una ciudad distinta, en un momento en que aún era conocida en el mundo como capital de la mafia. El alcalde no hablaba solo de aquello contra lo que luchaba, sino, sobre todo, de aquello en lo que Palermo podía convertirse. Lo que pasaba en la ciudad me impresionó tanto que hice maleta y me fui a trabajar con Orlando.

Con los años entendí que una de las intuiciones más profundas de Leoluca Orlando fue comprender que no bastaba con combatir de frente a la mafia. Había que transformar la cultura que lo hacía posible. La mafia no era solo una organización criminal, también una forma de pensar. Una actitud. Frases como “las cosas siempre han sido así”, “no se puede hacer nada”, “mejor no meterse” habían logrado instalar en los palermitanos una narrativa de resignación, lo que había llevado a la inercia y a vivir sin esperanza.

Las ciudades viven dentro de historias y algunas de estas terminan convirtiéndose en cárceles. Fosforilan emociones compartidas, convicciones, conductas. Una ciudad empieza a transformarse cuando modifica la historia que relata sobre sí misma. Palermo tuvo que dejar de ser vista como la capital ineludible de la mafia para empezar a percibirse como capaz de levantarse contra ella. La nueva narrativa anticipó la nueva realidad. John Paul Lederach describe esta habilidad para generar una nueva narrativa como “imaginación moral”. Creo que esta experiencia puede inspirar a Medellín en un momento en que siente la necesidad de superar fragmentaciones sociales y territoriales que se han asentado a lo largo de la historia. El proyecto Diálogo Social Medellín, por ejemplo, propone comprender la ciudad como “narración viva, escrita a muchas manos, voces y experiencias” y señala la escucha, el encuentro y la construcción de confianza como herramientas para la construcción de futuros comunes.

Palermo nos enseñó que la esperanza no es optimismo, sino práctica política. La indignación puede denunciar lo intolerable, pero no necesariamente transforma. Para hacerlo, necesita convertirse en posibilidad y la posibilidad a su vez en participación. Eso se dio durante la llamada Primavera de Palermo, cuando católicos, comunistas, ambientalistas, empresarios, intelectuales, estudiantes, artistas y ciudadanos descubrieron algo que valoraban más que sus diferencias: la ciudad. Ese aprendizaje resulta urgente en tiempos de polarización. Construir lo común no significa pensar igual, sino ser capaces de construir juntos sin necesidad de pensar de la misma manera. Para eso hay que encontrarse.

La voluntad de encontrarse y reconocerse es la verdadera batalla cultural porque las ciudades cambian cuando suficientes ciudadanos dejan de aceptar como inevitable aquello que se volvió habitual. Tal vez la pregunta no sea quién va a arreglar Medellín, sino ¿qué Medellín estamos produciendo cada día con nuestra manera de hablar, escuchar, relacionarnos y encontrarnos?

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