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Memento mori

Una de las últimas enseñanzas de mi tío fue esta: vivir plenamente significa amar profundamente la vida sin pretender poseerla.

hace 43 minutos
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  • Memento mori
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Por Aldo Civico - @acivico

Recuerda que tienes que morir, advertían los estoicos. No era una frase pesimista sino la invitación a vivir plenamente, con conciencia e intención. La muerte de alguien querido tiene a veces el poder de cambiar nuestra perspectiva. De repente, muchas cosas que parecían importantes dejan de serlo. Recordamos que la vida es efímera y que todo aquello que acumulamos, defendemos o perseguimos terminará por desaparecer. Me ha pasado recientemente con la muerte de mi tío, Erich Saurwein, un extraordinario sacerdote de Austria.

Nos cuesta hablar de la muerte. Preferimos vivir como si no fuera con nosotros. Sin embargo, los grandes maestros espirituales enseñaron algo diferente. San Francisco la llamaba “hermana muerte” y San Benito recomendaba mantenerla cada día ante los ojos. En realidad, no hay nada macabro en ello. Tener presente la muerte puede ser una extraordinaria escuela de libertad y es lo que aprendí de mi tío.

Durante los últimos tres años, cada vez que viajaba a Europa procuraba pasar unos días con él en Innsbruck. Su salud se deterioraba progresivamente. Primero caminábamos por la ciudad. Después dejamos de hacerlo y cocinábamos juntos en su apartamento. Hablábamos de iglesia, política, historia, música y recuerdos familiares. Pero había otra razón por la cual me gustaba estar con él: observar cómo se preparaba para morir. Vi cómo aceptaba, con creciente docilidad, las limitaciones que le imponían la edad y la enfermedad. Docilidad, sin embargo, nunca significó pasividad sino más bien vivir plenamente aquello que todavía era posible vivir. Podía ser escuchar una sinfonía de Bruckner, leer una novela de Andrea Camilleri o Donna Leon, mirar fútbol o disfrutar una ópera. Pocos días antes de morir, desde la cama del hospital, quiso ver Carmen, de Bizet, y después un partido.

No recuerdo haberlo escuchado quejarse. Su enfermedad era real, pero nunca permitió que lo definiera. Hasta el final conservó la soberanía sobre el significado que daba a su experiencia. Pero esa libertad interior no se improvisa; se entrena. Mi tío había estudiado en su juventud con los teólogos Hugo y Karl Rahner. Este último escribió profundamente sobre la muerte. Para Rahner, morir no es solamente la experiencia de nuestra máxima impotencia sino que puede convertirse también en un acto supremo de libertad: el momento en que finalmente soltamos todo. Pero no necesitamos esperar el último día para aprender a soltar. La vida nos ofrece pequeñas anticipaciones de la muerte: una pérdida, un fracaso, una separación, una enfermedad, una etapa que termina. Cada una puede convertirse en entrenamiento para el desapego.

Estos días, mientras ayudo a mi mamá a vaciar el apartamento de mi tío, lo comprendo de manera especialmente concreta. Objetos conservados durante décadas, libros, muebles, recuerdos: todo pasa. Y entonces emerge una pregunta incómoda pero necesaria: si sé que voy a morir, ¿qué merece realmente mi vida? Quizás eso sea el memento mori: no una obsesión con la muerte, sino una disciplina para no desperdiciar la vida. Mi tío me dejó muchas enseñanzas. Una de las últimas fue esta: vivir plenamente significa amar profundamente la vida sin pretender poseerla. Prepararse para morir puede ser, paradójicamente, una de las mejores maneras de aprender a vivir.

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